El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Hugo

Esa noche no hablamos de Idris.

No porque lo estuviéramos evitando. Sino porque los dos sentíamos la necesidad de volver al centro, a lo que éramos cuando nadie más ocupaba el espacio entre nosotros.

Después del aftercare de la mañana, el día había transcurrido con una calma casi deliberada.

Mensajes breves desde el hospital y el bufete. Una cena sencilla. Luces bajas.

Ahora estábamos en el dormitorio. Solo la lámpara de la mesita encendida, proyectando una luz cálida y dorada sobre la cama.

Alexandra se había duchado. Olió a su jabón de siempre, a crema de almendras y a piel limpia.

Llevaba una de mis camisetas viejas, la gris que le quedaba grande, y nada más debajo.

Cuando se metió entre las sábanas, el colchón se hundió ligeramente a su lado y el calor de su cuerpo empezó a llegar hasta el mío.

Me giré hacia ella. Ella me imitó. Nos quedamos mirándonos en silencio unos segundos, lo bastante cerca como para sentir el aliento del otro.

—Hola —susurró ella.

—Hola.

Le aparté un mechón de pelo de la frente con los dedos.

La piel de su sien estaba tibia. Dejé la mano ahí, acariciando con el pulgar el arco de su ceja, el pómulo, el borde de su oreja.

Ella cerró los ojos y se inclinó hacia el contacto, como un animal que reconoce una caricia segura.

El gesto me apretó el pecho con una ternura casi dolorosa.

Me acerqué y la besé. Fue un beso lento, sin prisa.

Labios suaves, apenas abiertos. El sabor de su boca era limpio, familiar, ligeramente dulce por la infusión que había tomado después de cenar.

Besé el labio superior, después el inferior, después la comisura.

Ella respondió con la misma lentitud, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Mis dedos bajaron por su cuello. Sentí el latido bajo la piel, tranquilo.

La camiseta se había subido un poco, dejando al descubierto la curva de su cadera.

Deslicé la mano por debajo de la tela y recorrí la línea de su cintura, la suavidad del vientre, el borde inferior de sus pechos.

No había urgencia. Solo exploración. Como si estuviera reaprendiendo el mapa de su cuerpo después de haberlo visto, aunque solo fuera a través de sus palabras, bajo las manos de otro.

Alexandra soltó un suspiro pequeño cuando mis dedos rozaron el costado de su pecho.

Se acercó más. Su pierna se enganchó con la mía.

El calor de su muslo desnudo contra el mío me produjo un escalofrío lento que subió por la espalda.

Me estaba poniendo duro, pero de una forma distinta: no la erección tensa y casi dolorosa de las noches cargadas de relato, sino algo más caliente, más espeso, más paciente.

Le quité la camiseta con cuidado. La levanté por encima de su cabeza y la dejé a un lado.

Se quedó desnuda sobre las sábanas claras.

La luz dorada le dibujaba el contorno de los hombros, el volumen de los pechos, el pequeño pliegue del vientre cuando se movía.

Me detuve a mirarla. Ella no apartó la vista. Me dejó mirar.

—Eres tan hermosa —dije en voz baja, y la frase salió cargada de una sinceridad que me sorprendió a mí mismo.

Sonrió, pequeña, y me atrajo hacia ella.

Me quité la camiseta. Después el pantalón.

Nos quedamos desnudos, frente a frente, con las piernas entrelazadas.

El contacto de piel contra piel fue un alivio físico casi inmediato.

El calor de ella se filtró en mí. Olió a almendra y a su cuello y a la sábana limpia.

Empecé a besarla despacio. La frente. Los párpados.

La punta de la nariz. La mandíbula. El hueco detrás de la oreja, donde el olor de su piel era más intenso.

Bajé por el cuello, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mis labios.

Cuando llegué a la clavícula, ella arqueó un poco la espalda.

Continué. El valle entre sus pechos. La curva inferior de cada uno.

Tomé un pezón en la boca con suavidad, apenas succionando, y sentí cómo se endurecía contra mi lengua.

Alexandra soltó un sonido bajo, contento, y me acarició el pelo con dedos lentos.

Pasé mucho rato ahí. Alternando entre un pecho y el otro.

Escuchando los cambios en su respiración.

Aprendiendo de nuevo qué presión le arrancaba un suspiro y cuál le hacía apretar un poco los dedos en mi nuca.

Su piel sabía limpia. Ligeramente salada en el centro del pecho. Más dulce cerca de la axila.

Cuando bajé por su vientre, ella abrió las piernas con una naturalidad que me llegó muy hondo.

No había performance. Solo confianza. Besé el interior de sus muslos, primero uno, después el otro.

La piel era más fina allí, más sensible.

Sentí el temblor que le recorrió la pierna cuando mis labios se acercaron al centro.

Olió a ella: un aroma cálido, íntimo, ligeramente ácido y dulce a la vez.

La lamié con lentitud, sin buscar un orgasmo inmediato.

Solo para saborearla. Para estar ahí. Alexandra respiraba con la boca abierta, una mano en mi pelo, la otra agarrando la sábana.

—Hugo… —susurró.

Subí otra vez. Me coloqué entre sus piernas.

Ella me guió con una mano. Entré en ella despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me recibía.

Estaba húmeda, caliente, familiar. Cuando llegué al fondo, nos quedamos quietos.

Frentes apoyadas. Respiraciones mezcladas.

El placer de estar dentro de ella sin movimiento era casi tan intenso como el movimiento mismo.

Empezamos a movernos juntos. Rítmicos. Lentos.

Cada embestida era profunda y contenida.

El roce de su pecho contra el mío. El sonido suave de la piel.

El calor que crecía entre nosotros sin necesidad de prisa.

La miré a los ojos todo el tiempo. Ella me devolvió la mirada.

En ese silencio cargado de cariño había más verdad que en muchas de las conversaciones intensas de las últimas semanas.

Cuando se corrió, fue con un temblor largo y silencioso.

Se apretó alrededor de mí y escondió la cara en mi cuello, soltando un gemido bajo contra mi piel.

La sostuve. Seguí moviéndome dentro de ella con la misma lentitud hasta que el orgasmo me alcanzó también: una oleada cálida, profunda, que me dejó derramándome dentro de ella mientras la abrazaba con fuerza.

No me retiré de inmediato. Me quedé dentro, sintiendo los pequeños espasmos residuales de su cuerpo y los míos. Le acariciaba la espalda con la yema de los dedos, arriba y abajo, una y otra vez. Ella me besaba el hombro, la clavícula, el lateral del cuello, con labios suaves y dispersos.

—Te quiero —dijo contra mi piel.

—Te quiero —respondí.

Después nos separamos con cuidado. Me eché a su lado y la atraje hacia mí.

Ella apoyó la cabeza en mi pecho. Le cubrí las piernas con la sábana.

El olor a sexo era suave, íntimo, solo nuestro.

Fuera, la ciudad murmuraba a lo lejos. Dentro de la habitación solo se oía nuestra respiración sincronizándose poco a poco.

Me quedé despierto un rato más, acariciándole el pelo, sintiendo el peso confiado de su cuerpo contra el mío.

No había fantasías en mi cabeza. No había imágenes de nadie más.

Solo el calor de su piel, el olor de su cabello y la certeza tranquila de que, pase lo que pasara en las semanas siguientes, este lugar existía.

Este cuidado.

Este cariño.

Este cuerpo que conocía el mío de memoria y que seguía eligiéndolo.

Besé la coronilla de su cabeza y cerré los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, el sueño llegó sin peso.