CAPÍTULO SETENTA Y CINCO
Reilly envió de inmediato dos equipos: uno a la casa de Devlin, el otro a la de Min, pero llegamos demasiado tarde.
Los agentes informaron de que ambos lugares parecían abandonados a toda prisa: cajones vacíos en los dormitorios y artículos de aseo desaparecidos.
Los dos tenían despachos en casa, y daba la impresión de que habían revuelto todo lo que había en sus escritorios, dejándolo todo patas arriba.
Los agentes dijeron que sabrían más tras un registro exhaustivo.
—Parece que vuestra primera visita a la clínica los puso en alerta —dijo Reilly.
Estábamos en el despacho de Devlin. Yo había querido registrarlo personalmente, y así lo hice. Kang se había encargado de registrar el de Min.
—Está claro. ¿Cómo íbamos a saberlo?
—No podíais. Pero hemos descubierto algo gordo. Qué es exactamente, no lo sé —dijo, con las manos en la cintura.
Justo entonces crepitó la radio de Reilly y se oyó una voz.
—Hemos encontrado una puerta cerrada con llave. Es distinta a las demás puertas de las oficinas. Está reforzada.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Será la puerta que conecta con el túnel?
Envié un mensaje a Kang para que se reuniera con nosotros donde tenían retenidos a los empleados. Cuando llegó, le pedí a Claudette que nos llevara hasta la puerta cerrada.
—¿Conoces esta habitación? —le pregunté mientras recorríamos el pasillo a paso rápido.
—Sí. Que yo sepa, solo se usa como almacén. Nadie entra nunca.
Claudette nos condujo a la parte trasera del edificio. La puerta estaba en la primera planta, pintada del mismo blanco roto que las paredes de alrededor, pero bajo la pintura se distinguía claramente la textura del acero cepillado. Llamé con los nudillos. Sonó grave y macizo.
Llegó otro agente con una bolsa de herramientas. Sacó un taladro de batería, le puso una broca y la apoyó contra el ojo de la cerradura. Empezó a taladrar. Cuando terminó, empujó la puerta.
Reilly encontró el interruptor y encendió la luz.
Ante nosotros apareció una habitación con lámparas quirúrgicas en el techo, un sillón-cama de operaciones multifuncional, un monitor de constantes vitales, respiradores, desfibriladores e incluso una máquina de anestesia.
Era una sala de exploración completamente equipada.
Me volví hacia Claudette.
—¿Sabías que habían convertido esto en una sala de exploración?
—No tenía ni idea. Como ya dije, para todos nosotros era solo un viejo almacén. Nadie le hacía caso.
—¿Qué demonios se traen entre manos estos dos? —pregunté al aire.
—Buena pregunta —respondió Reilly.
—Ahí hay una puerta —dijo Kang, y señaló el otro lado de la habitación.
No estaba reforzada, pero tenía un candado. Un corte rápido con la cizalla y ya teníamos acceso. Al otro lado encontramos a dos agentes, sudorosos y agotados.
—Ya era hora —dijo uno de ellos, y ambos cruzaron el umbral.