CAPÍTULO SETENTA Y TRES
—Al menos su puerta trasera secreta está asegurada —dijo Kang.
Aparcamos el todoterreno un poco alejados de la entrada a la propiedad de la clínica. Eran casi las diez de la noche y no habíamos visto ningún movimiento en el aparcamiento. El último empleado se había marchado poco después de las siete.
En cuanto a la orden de registro, las cosas no pintaban muy bien. Reilly había recibido un rechazo inesperado de su supervisor, pero también nos dijo que no se le habían acabado las opciones y que todavía tenía algunas cartas que jugar.
—Uno pensaría que querrían llegar al fondo de lo que sea esto —dije.
—Parece que se ha vuelto político. Un montón de administradores están más preocupados por sus preciosas carreras que por investigar delitos federales —dijo Kang.
—Por eso no quiero ninguno de sus trabajos. Te nubla el juicio y te convierte en un cobarde.
Kang se rio.
—¿Cómo vamos de pizza?
Me estiré hacia el asiento trasero y abrí la caja de pizza.
—Quedan dos porciones.
Le pasé una y cogí la otra para mí.
Mordí la porción fría. El queso se había endurecido y el pepperoni se había secado por los bordes.
—Sigue estando sabrosa —dije con la boca llena.
—Mi estómago siempre tendrá espacio para pizza fría —dijo Kang—. Por cierto, ¿has sabido algo de Archer sobre... cómo se llama, la esposa?
—Connie Shi. No he oído ni una palabra de él desde ese día. Creo que toda la familia está bajo custodia. Le pregunté a Ryan por Colin y me dijo que había dejado de ir a la escuela y al dojo. Lucy dijo que tampoco ha visto a Hailey en la escuela.
—Reunidos y detenidos. Apuesto a que los niños no tenían ni idea.
—Muy probablemente no.
—¿Crees que la esposa lo sabía?
Fruncí los labios y los moví de lado a lado mientras pensaba en la pregunta de Kang.
—Creo que sí. Creo que estaba metida en ello. Es imposible que él trabajara solo.
—¿Cómo te sientes al respecto? Quiero decir, parecía que vosotras dos os llevabais muy bien.
—Me enfada. Me siento traicionada. Me abrí a esa mujer, le hablé de mi familia, incluso un poco de mi vida en Hong Kong. Descubrir que solo estaba sacándome información... bueno, no solo me dolió, me hizo sentir un poco tonta.
—¿Por qué?
—Porque me la jugaron. Y a lo grande. Normalmente detecto este tipo de engaños. Algo falló en mi radar interno.
Kang lo descartó con un gesto.
—Eso no es culpa tuya. No estás entrenada en medidas de contravigilancia.
—Lo sé, pero mi instinto no me dio ni una señal. Me engañó por completo.
—Es para lo que esa mujer está entrenada. Su misión era captarte.
El altavoz de la radio crepitó. Había un par de agentes apostados dentro del túnel, al otro lado de la puerta cerrada. Nos comunicábamos con radios bidireccionales UHF de alta potencia.
—Agente Ross al habla. Sigue todo tranquilo por aquí.
—¿Cómo aguantáis? —pregunté.
—Tenemos bocadillos y agua. Sobreviviremos.
—¿Podéis oír algo al otro lado de esa puerta?
—Ni un ruido.
No costó mucho reducir a Nadia. Min le había tapado la cara con el trapo empapado en cloroformo y, unos momentos después, ella se desplomó en sus brazos. Min sacó una bolsa de cuero del bolsillo y la abrió. Dentro había un pequeño vial de propofol y una jeringuilla hipodérmica desechable.
—Preparad el carrito —dijo mientras llenaba la jeringuilla y luego inyectaba a Nadia.
El carrito de servicio tenía un compartimento para bandejas de comida.
Dos puertas magnéticas se encontraban en cada extremo.
Min metió a Nadia por un lado mientras Glen tiraba de ella desde el otro.
Iban muy justos, pero lograron cerrar las puertas.
Poco después del golpe inicial en la puerta, ya estaban empujando el carrito de vuelta por el pasillo hacia el ascensor de servicio.
El ascensor se detuvo en la planta baja y las puertas se abrieron a un pasillo de servicio con la cocina en un extremo y la lavandería en el otro.
La salida al muelle de carga estaba justo enfrente.
Empujaron el carrito a través de las puertas dobles que daban al muelle, donde los esperaba su furgón.
El furgón estaba aparcado marcha atrás junto al muelle de carga.
Min golpeó la puerta enrollable y esta se deslizó hasta la mitad, lo suficiente para que Glen y el carrito pasaran por debajo.
Luego Min ayudó a bajar la puerta antes de subir a la cabina del furgón y marcharse.
De principio a fin, todo el proceso no llevó más de quince minutos, exactamente según lo planeado.
Min condujo hacia el oeste por California, hacia el océano Pacífico. La forma más rápida de volver a la clínica habría sido girar a la izquierda en Masonic Avenue y dirigirse a la 6.ª Avenida con Kirkham, donde la 6.ª Avenida se convertía en Locksley, la calle donde estaba la clínica.
Min golpeó la parte trasera de la cabina. La pequeña ventana corredera se abrió y apareció la cara de Glen.
—¿Qué pasa, jefe?
—¿Cómo está ella?
—Sus constantes vitales están bien y hemos comenzado el proceso.
—Muy bien. Seguid adelante.
La ventana corredera se cerró. Los tres hombres en la parte trasera completarían un registro exhaustivo de Nadia Ulrich.
Esto incluía recoger muestras de cabello, piel, sangre y saliva, y anotar su peso, altura, color de ojos y de cabello, así como cualquier lunar, marca de nacimiento, cicatriz o tatuaje visible.
Min pensó en contactar con Devlin, pero decidió no hacerlo.
Antes le había suplicado a Devlin que reconsiderara asistir a la actuación.
Era demasiado arriesgado. El FBI ya había hablado con él, y parecería más que una coincidencia que asistiera a una gala benéfica donde la artista de la noche desapareciera.
Devlin le había dicho a Min que si hacía bien su trabajo y retenía a Nadia no más de diez horas, no tendrían de qué preocuparse.
Parecería que ella se había marchado por su cuenta.
Min condujo por Irving Street. Enseguida llegaría a la 6. ª Avenida. Desde allí, la clínica quedaba a unos ochocientos metros.