El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE
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CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE

Devlin llegó al Hotel Mark Hopkins justo al comienzo de la gala benéfica.

Fue el primero en registrarse en recepción.

Los eventos de la noche comenzarían con cócteles en el Salón de Baile Peacock, donde también se serviría la cena.

Era una sala opulenta con ventanales del suelo al techo que ofrecían vistas de la ciudad, y elegantes molduras que complementaban las paredes en tonos dorados y marfil.

Devlin no solía beber y solo había acudido a la hora del cóctel con la esperanza de que Nadia asistiera.

Localizó la mesa en la que se sentaría para la cena.

Ya estaban colocadas las tarjetas con los nombres.

El asiento de Devlin quedaba frente al de Nadia.

Echó un vistazo alrededor de la sala y, como nadie parecía prestarle atención, intercambió discretamente su tarjeta con otra para sentarse junto a Nadia.

Una hora entera con Nadia. ¿Qué más podía pedir?

Devlin se puso a imaginar la noche que le esperaba.

Él y Nadia mantendrían una conversación deliciosa mientras disfrutaban de la cena.

Cuando los demás invitados de la mesa osaran hacerle alguna pregunta a Nadia, ella respondería con rapidez, aunque educadamente, antes de volver su atención hacia él.

Mientras fantaseaba, tuvo una erección que presionaba contra los pantalones. Se acercó a las ventanas y se quedó mirándolas de frente para poder seguir disfrutando de la fantasía sin llamar la atención.

Nadia había pasado más tiempo del debido en la terraza y llegaba tarde. Una estilista del hotel ya le había hecho el maquillaje y el peinado, así que solo le quedaba vestirse.

Se puso un vestido palabra de honor y se lo subió hasta el pecho.

Era un modelo bohemio de color lavanda, de encaje y gasa, que complementaba la corona de orquídeas que la peluquera le había puesto.

Se plantó frente al espejo de pie con marco de roble, con una mano en la cadera, y giró a la izquierda y luego a la derecha.

Cogió el móvil y empezó a hacerse selfies.

¿Dónde demonios está Nadia?

Devlin recorrió la sala con la mirada, por encima de un mar de cabezas. No había dejado de girar la cabeza desde que se sentó a cenar.

Ya tendría que haber llegado hace rato. Espero que no le haya pasado nada. Quizá debería ir a ver cómo está. Bah, no seas tonto. Es una mujer. Solo está asegurándose de estar perfecta para la velada. Seguro que aparece por las puertas del salón en cualquier momento.

Devlin cortó el róbalo a la parrilla y dio un pequeño bocado.

Había esperado todo lo posible antes de comer, para no ser un invitado maleducado y empezar sin ella, pero como el resto de la mesa ya había empezado, quedaba raro que él se limitara a estar ahí sentado.

Así que optó por dar bocados pequeños y masticar la comida despacio.

Esto no está saliendo como esperaba.

Devlin se había imaginado a Nadia entrando por las puertas con aire vacilante, sin saber adónde ir. Él la llamaría agitando el brazo. «Nadia, aquí, querida». Ella sonreiría y se le iluminaría la cara. Devlin pensó que daría unos pasos hacia ella para saludarla lejos de la mesa.

Ella luciría una sonrisa radiante cuando él le tendiera la mano, mientras con la otra le daba unas palmaditas en el brazo. Sería profesional, pero transmitiría calidez. Quería que ella supiera que no era un fan loco y obsesivo, sino que estaba interesado. «Soy Sid Devlin. Es un placer conocerte».

Nadia caería rendida ante su generosidad y encanto. «No seas tonto, querido». Ella ignoraría el apretón de manos y le daría un abrazo, seguido de un tironcito juguetón en la barba.

Entonces Devlin le pondría una mano en la parte baja de la espalda y la acompañaría hasta la mesa, donde haría las presentaciones. Él llevaría la voz cantante en la conversación. No iba a permitir que nadie le robara sus preciosos momentos con Nadia.

La cena continuó sin señales de Nadia. Devlin casi había terminado el pescado y había acabado masticando en vacío.

A estas alturas ya deberíamos estar enfrascados en una conversación, riéndonos con las anécdotas del otro.

Por supuesto, los demás de la mesa estarían celosos de la atención que ella me estaría prestando, especialmente el importantísimo político.

¿Y a él qué más le da? Lo único que quiere es el dinero.

Además, no sería culpa mía que Nadia y yo congeniáramos.

Estamos en un país libre. Ella puede hablar con quien quiera.

Le quedaban unos sorbos de vino; la mayoría de los comensales ya había apurado sus copas. El brindis que había planeado no se produciría. Devlin miró el reloj. Habían pasado cuarenta minutos. Los camareros habían empezado a retirar los platos para servir el postre.

No quedaba nada en su plato. Se había comido hasta el último grano de arroz, hasta la última escama de pescado, hasta la última rodaja de zanahoria. Miró al camarero, que había cogido el borde del plato, y asintió. El camarero lo sustituyó por una porción de tarta de crema de plátano.

No pasa nada porque se haya perdido la cena. Todavía puede disfrutar del postre, y aún podemos mantener nuestra conversación especial.

Devlin imaginó a Nadia dando un bocado al postre y quedándose con un poco de crema en el labio superior. Él alargaría la mano con la servilleta. «Tienes un poco... Ya está, listo». Ella se reiría como una colegiala y le agradecería la atención.

Será perfecto. Solo tengo que aguantar.

Devlin hizo una seña al camarero para pedir café.

¿Qué es una tarta sin café? No puedo empezar a comer hasta que tenga una taza para contrarrestar el dulzor.

Una vez servido el café, volvió a mirar hacia la entrada del salón. Estaba vacía. Dejó escapar un suspiro de derrota y empezó a comerse la tarta.

¿Por qué a mí? No me merezco esto. ¿Por qué nada me puede salir bien? He puesto mucho esfuerzo en esta velada. ¿Es que ella no se da cuenta?

—¡Nadia! —gritó una voz, arrancando a Devlin de sus pensamientos.

Levantó la vista y vio que el político ya se había levantado. Devlin se giró y descubrió a Nadia de pie en la entrada, sin saber adónde ir.

Es justo como lo imaginé. Solo que el político me está robando el papel.

El político agitó el brazo y la llamó una vez más mientras caminaba hacia ella.

Hijo de puta. Se suponía que iba a ser yo quien la saludara. A la mierda. Yo también la llamaré. Puede haber más de una persona indicándole dónde sentarse.

Devlin echó la silla hacia atrás para levantarse, pero las patas se clavaron en la alfombra. Con apenas espacio para ponerse de pie, golpeó la mesa al incorporarse y derramó el café. Le dio igual. Tenía que ser él quien saludara primero a Nadia.

Cuando por fin consiguió levantarse de la silla, el político ya estaba abrazando a Nadia.

Ella sonreía ampliamente mientras le susurraba algo al oído.

Él le puso la mano en la parte baja de la espalda, pero en lugar de llevarla de vuelta a la mesa, al asiento junto a Devlin, la guio en otra dirección para presentarle a alguien.