EPÍLOGO — La villa #2
Caminaron juntas por el corredor, con Alexander entre las dos.
La madre señaló dónde se guardaban las mantas, qué puerta daba al patio, qué escalón había que evitar, cuál ventana recibía mejor el sol de la mañana.
Cosas pequeñas. Cosas domésticas. Cosas que ninguna visita necesita saber y que solo se le enseñan a quien quizá va a quedarse.
El padre esperó a que sus voces se alejaran.
Luego hizo un gesto mínimo con la cabeza.
—Ven.
Pietro lo siguió al estudio.
El estudio era exactamente como lo recordaba.
Eso lo desarmó.
Los libros en las mismas paredes. El escritorio pesado junto a la ventana.
El sillón de cuero con los brazos gastados.
El cenicero de bronce. El mapa antiguo de Italia.
El olor específico de papel viejo, tabaco y madera cerrada que no había cambiado en décadas.
Afuera habían caído gobiernos, ejércitos, ciudades, hombres que se creían eternos.
Allí dentro, una grieta en el lomo de un libro seguía en el mismo lugar.
Eso también era Roma.
Que algunas cosas permanecieran sin pedir perdón por permanecer.
El padre cerró la puerta.
No con llave.
Pietro notó eso.
El viejo caminó hacia el escritorio y se quedó de pie detrás de él. No se sentó. Pietro tampoco.
—¿Estás bien? —preguntó.
Era una pregunta demasiado simple.
Pietro pudo haber mentido.
Pudo haber dicho sí, como había dicho tantas veces ante hombres que no merecían la verdad.
Pero aquel era su padre.
—No lo sé —respondió.
El viejo asintió.
Como si esa fuera la única respuesta seria.
—Bien.
Pietro soltó una respiración breve.
Luego empezó.
No desde el principio.
El principio habría sido imposible.
Empezó por Conti.
Le habló de un hombre que su padre no había conocido.
Un hombre elegante sin necesidad de demostrarlo.
Un hombre marcado por una ley que había convertido su vida privada en delito.
Le habló del triángulo rosa, de Sachsenhausen, del reloj, de la manera en que Conti lo había mirado como si supiera más de lo que decía.
No dio detalles inútiles. No convirtió el horror en exhibición.
Dijo lo necesario: quién era, qué le hicieron, qué le dejó.
El padre escuchó sin interrumpir.
Luego Pietro habló del número.
Doscientos treinta y tres.
El viejo Berardi levantó apenas la mirada.
—¿Personas?
Pietro asintió.
—Expedientes. Nombres. Algunos salieron. Algunos llegaron a otra parte. Algunos no sé. No todos. Nunca todos. Nos faltaron.
La frase le raspó la garganta.
—Doscientos treinta y tres es bastante —dijo el padre.
—No cuando conoces los nombres que faltan, padre. No cuando has visto lo que estaban haciendo con la gente.
El viejo no discutió.
Pietro habló de Lucia. De su eficiencia seca.
De su manera de entender más de lo que preguntaba.
De Giulio, joven, entusiasta al principio, luego distinto, como todos.
Dijo que no sabía qué había sido de ellos.
Que había esperado verlos en Suiza, o encontrar alguna noticia en el Tesino, pero nada.
Había preguntado con cuidado. Había escuchado rumores. Ninguno suficiente.
El padre bajó la mirada.
—A veces no saber es una forma de seguir esperando —dijo.
Pietro lo miró.
—Sí.
Luego vinieron los panfletos.
La imprenta oculta.
La máscara.
El Cuervo.
Pietro no lo dijo como una leyenda. Lo dijo casi con pudor, como quien describe una herramienta que fue necesaria y luego quedó manchada por el uso.
El padre escuchó la historia de las postales, las frases, los nombres sembrados entre aristócratas, funcionarios, vecinos, soldados; escuchó cómo un diplomático italiano había terminado moviéndose por Berlín como un fantasma con máscara de médico de la peste.
Cuando Pietro terminó esa parte, el viejo Berardi caminó hasta la ventana.
—Siempre fuiste teatral —dijo.
Pietro no supo si reír o sentirse ofendido.
—No era teatro.
—No he dicho que lo fuera.
El padre se volvió.
—Digo que, incluso de niño, si ibas a romper una regla, necesitabas que la regla supiera que había sido rota.
Pietro bajó la mirada.
Quizá era verdad.
Después habló de Ana.
No de todo.
No todavía.
Dijo que la había amado cuando no debía. Que ella había estado casada con Otto Weiss. Que Otto había sido Gestapo. Que Alexander era suyo. Que habían huido. Que Otto estaba muerto.
El padre no preguntó cómo.
Ese fue su segundo gesto de generosidad.
Pietro continuó, más incómodo ahora que al hablar de Sachsenhausen o de la máscara.
—Hay cosas que regularizar —dijo—. Ana sigue siendo, en Alemania, Ana Weiss.
O viuda de Weiss, si el registro aparece.
No lo sé. Alemania está destruida, padre.
No sé qué registros quedan ni quién podría confirmar nada.
Suiza inscribió a Alexander como Berardi de forma provisional, pero necesitamos respaldo italiano.
Necesitamos que el niño quede protegido de manera definitiva. Y Ana… si vamos a estar aquí…
No terminó.
El padre lo cortó con una mano.
—No te preocupes por eso.
Pietro levantó la vista.
—No será sencillo.
—No he dicho que sea sencillo.
El viejo volvió al escritorio, abrió una carpeta vacía, como si la mera existencia de una carpeta ya empezara a ordenar el problema.
—Primero protegeremos al niño. Eso es lo urgente.
Después regularizaremos lo demás. Si hace falta constancia de viudez, se buscará.
Si hace falta declaración por circunstancias de guerra, se preparará.
Si hace falta un notario, conozco tres. Si hace falta un abogado, conozco uno que me debe favores desde antes de que aprendiera a peinarse.
Y si hace falta un sacerdote con sentido común, también lo encontraremos, aunque esos son más escasos.
Pietro lo miró en silencio.
—Hay tiempo —dijo el padre—. Y hay manera. Eso lo resuelvo yo.
Pietro sintió una fatiga extraña en las piernas.
Como si hubiera estado sosteniendo algo durante meses sin saberlo y alguien, por fin, hubiera puesto las manos debajo.
No dijo gracias.
No hacía falta.
Solo asintió.
El padre abrió entonces un cajón del escritorio.
Sacó una botella más pequeña que la de la comida. Oscura. Sin etiqueta visible. Dos vasos.
—Esto —dijo— lo estaba guardando para una ocasión especial.
—¿Y esta lo es?
El padre lo miró con severidad.
—Mi hijo volvió. Mi nieto está en Italia.
La casa no está vacía. Tu madre ha vuelto a dar órdenes como si el mundo no hubiera terminado.
Y seguimos aquí después del fascismo, de los alemanes, de Mussolini, del rey y de todos los imbéciles que creyeron que Italia era una tarima para sus discursos.
Sí, Pietro. Esta es una ocasión especial.
Sirvió.
Le dio un vaso.
—No entiendo todo lo que hiciste —dijo el viejo—. Tal vez no quiera entenderlo todo. Pero entiendo esto: viste una puerta cerrada y no aceptaste que siguiera cerrada. Eso basta.
Pietro sostuvo el vaso.
El padre alzó el suyo.
—Por los que llegaron.
Pietro tragó saliva.
—Y por los que no.
El viejo asintió.
—También.
Bebieron.
El licor ardió.
No como Berlín.
De otra manera.
Una que daba vida.
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La madre de Pietro les había preparado el cuarto del fondo.
Había abierto las ventanas desde la mañana, cambiado las sábanas, colocado una jarra con agua, flores pequeñas en un vaso y una manta adicional al pie de la cama, como si la cantidad de cuidado pudiera compensar los años en que no había podido cuidar de ellos.
La luz entraba por la ventana con esa familiaridad antigua que Pietro había recordado en Suiza sin saber si la memoria exageraba. No exageraba. La luz de Italia tocaba las cosas de otro modo. No las volvía más limpias ni más inocentes. Solo las hacía presentes.
Ana estaba con la madre y Alexander en algún lugar de la casa.
Pietro cerró la puerta del cuarto.
No con llave.
Notó eso también.
Dejó el maletín sobre la cama.
El cuero estaba gastado en los bordes, marcado por trenes, sótanos, bancos, controles, habitaciones de hotel, estaciones, fugas.
Durante años había sido una extensión de su cuerpo.
A veces había pensado que, si lo abrían, no encontrarían documentos ni dinero ni armas, sino la prueba de que Pietro todavía existía.
Lo abrió.
Sacó primero las cartas de su padre.
Luego el cuaderno.
Luego algunos papeles.
Al fondo, envuelto en tela, estaba el reloj.
Lo sostuvo en la palma.
Como tantas veces.
No para ver la hora.
Nunca para ver la hora.
El metal tenía una temperatura propia, o quizá era su mano la que se la daba.
Ese reloj había pertenecido a Conti. Había seguido marcando algo después de que a Conti le quitaran casi todo: nombre, libertad, cuerpo, futuro.
Pietro no sabía si aún funcionaba bien. No importaba.
Había objetos que no servían por exactitud, sino por peso.
Pensó en él.
En su manera de poner una mano en el hombro sin dramatismo.
En esa frase que había parecido una despedida disfrazada:
Hablamos el año que viene.
Como si el año que viene fuera una habitación a la que bastaba con llegar caminando.
Pensó en Sachsenhausen.
En el triángulo rosa.
En la manera en que Alemania había clasificado incluso el sufrimiento, como si la humillación necesitara colores, formas y categorías para ser más eficiente.
Pensó en Greta.
En Oster.
En Stauffenberg.
En Lucia y Giulio, perdidos en esa zona terrible donde no saber si alguien está vivo impide llorarlo bien.
En los doscientos treinta y tres.
En los que cruzaron.
En los que no.
En los que tal vez llegaron a una mesa como aquella.
En los que murieron antes de saber si el riesgo había servido.
Abrió el cajón de la mesita.
Durante un instante pensó dejar el reloj allí.
Cerrar el cajón.
Guardar la guerra.
Guardar a Conti.
Guardar Berlín.
Permitir que el objeto descansara donde nadie pudiera verlo ni tocarlo ni pedirle cuentas.
La idea duró poco.
Pietro cerró el cajón vacío.
No.
No allí.
No en un cajón.
No en una vitrina.
No en ningún lugar donde el tiempo pudiera convertir la memoria en decoración.
Había que darle uso, mantenerlo vivo.