CAPÍTULO 31 — El tiempo que no tiene nombre #6
—Después de todo lo que ha pasado, lo importante es que estamos vivos. Tú, Alexander y yo. Y que ellos también lo están. Eso ya es más de lo que muchos tuvieron. Lo demás… lo demás se irá acomodando.
Ana sostuvo la carta entre los dedos.
—Hablas como si de verdad hubiera una casa esperándonos.
—La hay.
—¿Y si no encajo ahí?
Pietro la miró con una ternura cansada.
—Nadie encaja en una casa nueva el primer día.
Ana sonrió apenas.
—Eso no suena muy alentador.
—Es lo más honesto que tengo —dijo él—. Pero vas a tener tiempo.
Mi madre te enseñará lo que crea que necesitas saber, aunque no se lo pidas.
Mi padre fingirá que no está emocionado.
Alexander va a romper alguna cosa valiosa antes de que termine la primera semana. Y Roma… Roma hará lo que siempre hace.
—¿Qué cosa?
Pietro miró hacia la ventana.
—Sobrevivirnos.
Ana lo miró.
—¿Crees que bastará?
—Para mi familia, sí.
—¿Y para los demás?
Pietro dobló la carta con cuidado.
—Los demás tendrán tiempo para aprender.
Ana sonrió apenas.
—Eso suena a amenaza.
—No —dijo Pietro—. A frontera.
Alexander entró caminando con pasos inseguros, sujetando un trozo de pan en una mano. Tenía casi dos años y la expresión concentrada de quien acaba de descubrir que el mundo se amplía si uno consigue mantenerse de pie.
Pietro lo miró.
—Además —dijo—, él tiene ventaja.
—¿Cuál?
—Mis padres no van a sobrevivir a ese niño.
Ana miró a Alexander.
Por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no le pareció una falta de prudencia.
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Octubre llegó con una luz distinta.
El Tesino en otoño tenía una belleza que no pedía permiso: las montañas con las primeras nieves arriba, el lago quieto como metal oscuro, los árboles encendidos en colores que Berlín nunca habría permitido en sus últimos años.
El pueblo que al principio les pareció una sala de espera se había vuelto algo más peligroso: un lugar que podían extrañar.
Prepararon la partida sin urgencia.
Esa fue la diferencia.
No hubo maletas hechas en diez minutos. No hubo sangre detrás de una puerta. No hubo documentos escondidos bajo la ropa de un niño. No hubo estaciones tomadas por uniformes ni nombres falsos separándose en andenes.
Hubo listas.
Ropa doblada.
Cuentas pagadas.
Vecinos que se despedían con discreción.
Una mujer de la planta baja que llevó pan y dijo que el niño iba a olvidar el dialecto demasiado pronto. Ana le dio las gracias en italiano. Se equivocó en una palabra. La mujer la corrigió con una sonrisa. Ana no se sintió humillada. Eso también era un avance.
Pietro guardó el maletín.
El mismo.
Más gastado.
Más liviano y más pesado al mismo tiempo.
Dentro ya no llevaba la máscara. La máscara había quedado en Berlín, junto al cuerpo de Otto, como una firma final de una vida que no podía cruzar con ellos. Pero el reloj de Conti seguía allí. También algunos papeles, dinero, cartas de su padre, el cuaderno.
Ana lo vio cerrarlo.
—¿Siempre vas a llevarlo?
Pietro miró el cuero marcado.
—No lo sé.
—Eso significa sí.
Él sonrió apenas.
—Probablemente.
Alexander apareció junto a la puerta, tambaleándose con una seguridad nueva.
Ya no era el bebé que había cruzado Alemania en brazos.
Tenía casi dos años, decía palabras sueltas en una mezcla imposible de sonidos italianos, alemanes y algo que solo él entendía.
Para él, Suiza no era refugio. Era el primer mundo.
Ana miró el apartamento.
La mesa.
La estufa.
La ventana.
El pedazo de lago.
—Aquí fuimos una familia —dijo.
Pietro se quedó quieto.
No respondió enseguida.
—Sí.
Ana tocó el respaldo de una silla.
—A nuestra manera —dijo Ana—. Pero familia.
Pietro dejó el maletín junto a la puerta.
—Eso sí.
La conversación terminó allí porque no necesitaba más.
Cerraron la puerta.
El viaje hacia la frontera fue breve y largo al mismo tiempo.
Esta vez no iban separados.
Pietro Berardi llevaba su pasaporte italiano. Ana Hartmann llevaba sus documentos. Alexander Berardi tenía un acta suiza provisional que decía lo necesario para que el mundo lo aceptara sin preguntar por Otto Weiss.
En el control, un funcionario revisó los papeles.
Sin gritos.
Sin botas golpeando el suelo.
Sin una mano cerca de una pistola.
Pietro respondió preguntas simples. Ana sostuvo a Alexander de la mano. El niño intentó soltarse para mirar por la ventana.
El funcionario selló.
Devolvió los documentos.
—Buon viaggio.
Buen viaje.
Pietro sostuvo los papeles unos segundos más de lo necesario.
Luego salieron.
Italia estaba al otro lado.
No hubo música.
No hubo revelación.
Solo un cambio de luz.
Eso fue lo primero que Pietro notó. La luz italiana no era la de Suiza ni la de Alemania. No tenía la limpieza fría del lago ni el gris aplastado de Berlín. Era una luz más antigua, más corporal, extendida sobre las colinas con una familiaridad que le dolió.
Cipreses.
Muros bajos.
Piedra clara.
Una carretera que bajaba hacia el sur.
Ana miraba en silencio.
Alexander dio dos pasos torpes y Pietro lo tomó de la mano.
El niño se rió.
Pietro cerró los ojos un instante.
No era alegría.
No era alivio.
Era reconocimiento.
La sensación de un hombre que vuelve a un lugar que todavía lo contiene, aunque él ya no sea el mismo.
Luego abrió los ojos.
Y siguió caminando.