El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 28 — La ciudad que muere despacio #2
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CAPÍTULO 28 — La ciudad que muere despacio #2

Pietro los veía y sentía dos cosas al mismo tiempo que no se resolvían entre sí.

Había una satisfacción ahí — la prueba de que algo había prendido, de que las preguntas que había dejado en portales durante dos años habían sembrado algo en el suelo de la ciudad.

Pero también algo que se parecía a la culpa — porque esa gente tomaba riesgos sin la cobertura diplomática que él había tenido, y la Gestapo no iba a tratarlos con la misma precaución.

Porque junto a los que dejaban hojas y grafitis, seguían existiendo los otros.

Los fanáticos o los partidarios, que en 1943 era casi lo mismo, y que encontraban en la denuncia una manera de demostrar lealtad o simplemente de cobrar lo que la Gestapo pagaba por información.

Vecinos delatando vecinos. Compañeros reportando compañeros.

Alemanes contra alemanes en una ciudad que se deshacía por dentro al mismo tiempo que se deshacía por fuera.

Pietro lo veía en el barrio — la manera en que ciertas conversaciones se cortaban cuando él pasaba, no porque sospecharan de él sino porque en Berlín del cuarenta y tres el reflejo de callar era ya casi involuntario.

La señora del cuarto piso que un martes tenía un vecino y el miércoles ya no lo tenía y nadie preguntaba qué había pasado porque preguntar también era sospechoso.

La decadencia no estaba solo en los edificios bombardeados. Estaba en la manera en que la gente se miraba.

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Para Otto, octubre fue el mes de las decepciones.

Había atrapado a cuatro personas en tres semanas — un empleado de correos de Wedding, dos estudiantes de la Universidad Técnica, una maestra de Kreuzberg.

Los cuatro habían dejado hojas con textos que recordaban los panfletos del Cuervo en el tono y la estructura.

Los cuatro habían confesado bajo interrogatorio. Ninguno era el Cuervo.

Otto lo sabía antes de que terminara el primer interrogatorio.

El Cuervo era preciso, metódico, con acceso a información que solo alguien con contactos diplomáticos o de inteligencia podía tener.

Estos eran ciudadanos ordinarios con desesperación ordinaria.

Aficionados que habían tomado prestado un lenguaje que no habían inventado.

Lo cual significaba que el Cuervo los había precedido. Que los panfletos habían funcionado como semilla. Que el hombre que llevaba dos años buscando había sembrado algo que seguía creciendo sin él.

Eso lo irritaba de una manera que no sabía clasificar.

No era solo el fracaso profesional — aunque también era eso, y los jefes empezaban a hacer preguntas sobre el expediente que llevaba abierto desde el cuarenta y uno sin resolución.

Era algo más personal. Otto había construido un perfil durante dos años — metódico, inteligente, con acceso, con idioma que no era del todo alemán en la sintaxis de las preguntas.

Había correlacionado barrios, horarios, tipos de papel.

Había llegado a conclusiones que no podía presentar como evidencia porque eran intuiciones y la Gestapo no procesaba intuiciones.

Y ahora el expediente estaba contaminado por docenas de imitadores que hacían más difícil, no más fácil, encontrar al original.

En casa las cosas tampoco ayudaban.

Ana estaba rara. No de la manera en que una mujer está rara cuando está cansada — de una manera más específica que Otto no sabía nombrar pero que reconocía como algo que había estado ahí antes del niño y que el niño no había resuelto.

Una distancia. Una manera de mirar que no lo incluía completamente.

Otto se decía que era el agotamiento, que un recién nacido en una ciudad bombardeada era razón suficiente para estar fuera de sí.

Pero había noches en que se quedaba mirando el techo y pensaba en Pietro Berardi, en la embajada intervenida, en el nombre que no aparecía en ninguna lista de internados ni de evacuados ni de nada.

Un diplomático italiano que simplemente no estaba.

Otto apagaba la luz y se decía que era una coincidencia.

Se dormía tarde.

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A finales de octubre Pietro fue a buscarla.

Esta vez entró.

La misma puerta de servicio, la misma escalera. Ana abrió con el niño en brazos y esa expresión de los dos mezclada — el alivio y el susto y algo más que se parecía al agotamiento del hueso.

—Entra —dijo—. La cocinera salió. Tenemos diez minutos.

Pietro entró. Se quedó de pie en el vestíbulo. Por primera vez vio al niño de cerca.

Pequeño. Dormido. Con esa manera de los recién nacidos de ocupar el espacio con una presencia que no tiene nada que ver con el tamaño físico.

—Se llama Alexander —dijo Ana, en voz baja.

Pietro asintió y se llenó de orgullo. Luego miró a Ana.

—Ya casi termina octubre. Esperé lo más que pude —dijo.

Ana no respondió de inmediato. Fue al sofá, se sentó con el niño, lo acomodó contra su hombro.

—Lo sé.

—Dijiste octubre.

—Pietro—

—Ana. —Su voz salió más seca de lo que pretendía—. ¿Qué más necesitas ver? Están bombardeando la ciudad y esto solo fue el principio. ¿Qué más necesitas que te diga Berlín para entender que no hay manera de darle la vuelta a esto?

—Tengo un hijo de un mes —dijo Ana—. No puedo simplemente—

—Sí puedes. —Se sentó frente a ella—. Los papeles están listos.

La ruta está pensada. Una familia alemana evacuando hacia el sur es la cosa más normal del mundo ahora mismo — hay miles de familias haciendo exactamente eso.

—Pausa—. Ya no tengo nada, Ana. No tengo cargo, no tengo inmunidad.

Salgo a comprar pan y es un cálculo de riesgo.

Me estoy arriesgando cada vez que vengo aquí, aunque sea solo a verlos por la ventana.

No tengo nada excepto estos papeles y la necesidad de que ustedes estén a salvo.

Y si no es por mí, que sea por él. —Miró al niño—.

No le estamos haciendo ningún favor quedándonos.

Ana lo miraba. En sus ojos había miedo real — el miedo de quien tiene algo que perder.

—Otto está raro —dijo finalmente.

Pietro se quedó quieto.

—¿Qué quieres decir?

—Está paranoico por toda la situación, los disidentes, todo lo que está pasando, la presión.

Me habló de lo sucedido en la embajada italiana después del armisticio, de lo cobardes que dice que son los italianos, de que son una raza débil, de que hubo italianos en la embajada que se dieron a la fuga, entre ellos tú.

—Pausa—. Me preguntó directamente si te había visto últimamente o si había tenido contacto contigo de alguna manera.

—¿Qué le dijiste?

—Que no. Que era imposible que yo hablara contigo, que tenía años sin verte. La última vez que te había visto él estaba presente, en el 41.

Pietro asintió. Pero algo en él se había tensado.

—Pidió esa investigación —dijo Ana, en voz más baja—. Nadie se la asignó. La pidió él.

Pietro no dijo nada.

—Te desprecia —dijo Ana—. No lo dice. Pero yo lo conozco.

Desde aquella noche en el salón de mis padres, desde la pierna, todo lo que no pudo ser entre el y yo en nuestra relación después de eso — te lo carga a ti.

Y ahora tiene una razón profesional para buscarte y eso lo hace más peligroso que si solo fuera personal.

—Ana. —Esperó a que ella lo mirara—. Si Otto está preguntando, el tiempo se acorta. No es ya cuándo nos vamos — es cuánto tenemos antes de que llegue a algo. Necesitamos una fecha.

Ana miró al niño. Luego miró a Pietro.

—Dame hasta enero —dijo—. El niño va a tener cuatro meses. Puedo moverme mejor.

—Ana—

—Enero. —Y había en su voz algo que no era negociación sino límite.

En ese momento sonó algo en la cocina.

Pietro se puso de pie. Ana también, con el niño en brazos.

Se miraron. Pietro puso la mano sobre la cabeza de Alexander un segundo — solo el peso de la mano sobre algo tan pequeño y tan real.

—No puedo seguir así —dijo Pietro.

—Resiste —imploró Ana.

Pietro salió por las escaleras de atrás cuidando no ser visto por nadie, con el alma rota.

Afuera Berlín olía a quemado. Llevaba oliendo a quemado desde agosto y ya nadie lo notaba.

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El dieciocho de noviembre la RAF— la aviación británica — llegó a las ocho y cuarto de la noche.

Pietro estaba en el apartamento cuando empezaron las sirenas. Se puso el abrigo, tomó el maletín con los documentos, bajó las escaleras.

El sótano del edificio de la Weserstraße no estaba hecho para salvar a nadie.

Era un cuarto de piedra húmeda, bajo y mal ventilado, con una bombilla desnuda colgando de un cable negro y dos bancos de madera pegados a las paredes.

Olía a carbón viejo, a ropa mojada, a cal encerrada y a ese miedo agrio que aparece cuando demasiados cuerpos respiran el mismo aire sin decir en voz alta lo que todos están pensando.

En los primeros cinco minutos bajaron doce personas.

La portera con sus dos hijos, todavía en camisón bajo el abrigo, uno de ellos cargando un soldadito de madera en la mano como si hubiera tenido tiempo de elegir una sola cosa del mundo antes de correr.

El hombre del segundo piso con su madre anciana, envuelta en una manta oscura, los pies en pantuflas, la cabeza inclinada hacia adelante con una resignación que parecía más antigua que la guerra.

Una mujer joven se sentó junto a la pared del fondo y empezó a llorar sin sonido, con las manos apretadas sobre el regazo y la mirada fija en un punto del suelo.

Tres hombres de mediana edad ocuparon el banco contrario.

Ninguno se miraba entre sí. Ninguno quería ver en la cara del otro el mismo miedo.

Pietro entró el último.

Cerró la puerta metálica detrás de él y se quedó de pie unos segundos, el abrigo puesto, el maletín contra la pierna, escuchando arriba el sonido de la ciudad que intentaba apagarse: pasos apresurados en la escalera, una ventana que alguien cerraba tarde, una voz de mujer llamando a alguien por un nombre que el sótano no alcanzó a entender.

Luego llegó el primer retumbo.

Lejano.