CAPÍTULO 11 — Lo que no pudo decirse
Los jueves dejaron de ser jueves.
No de golpe. No con una declaración ni con una pelea que pudiera nombrarse y archivarse como los otros malentendidos que habían tenido en dos años.
Simplemente dejaron de ser lo que habían sido: la cita que ninguno de los dos nombraba porque nombrarla habría significado admitir que la necesitaban.
El café del Kranzler que seguía ahí, con sus mesas y su luz tibia y el camarero que los conocía, pero que Pietro pasaba sin entrar porque entrar habría requerido una versión de sí mismo que ya no sabía del todo cómo ser.
Cuatro semanas después de Kristallnacht, Berlín había vuelto a su ritmo de siempre.
Eso era lo que más le costaba a Pietro: que Berlín volviera a su ritmo de siempre.
Que los cristales hubieran sido barridos y los escaparates tapiados o ya sustituidos y la ciudad siguiera funcionando con esa precisión implacable de los sistemas que no se permiten la interrupción.
Como si la noche del nueve de noviembre hubiera sido una tormenta, algo que ocurre y pasa y deja el suelo mojado pero no cambia la forma de las calles.
En la embajada, Pietro hacía su trabajo.
Lo hacía bien, con la misma competencia de siempre, y eso también le costaba: que la competencia fuera automática, que el cuerpo supiera cómo ser diplomático aunque el resto de él estuviera en otro lugar.
Lucia lo observaba con esa atención suya que no preguntaba porque no hacía falta preguntar.
Giulio lo notaba y no sabía qué hacer con lo que notaba.
Malaspina no notaba nada, que era lo habitual.
Con Ana, la distancia se había instalado como se instala el frío de diciembre: gradualmente, sin un momento exacto en que puedas decir aquí empezó, hasta que un día te das cuenta de que llevas semanas con el abrigo puesto dentro de casa y ya no recuerdas cuándo lo dejaste de quitar.
Ella llamó dos veces.
La primera Pietro no estaba. O eso dijo Giulio, que era lo suficientemente leal y lo suficientemente joven para no preguntar si era verdad.
La segunda Pietro estaba y respondió y hablaron con esa cortesía específica de dos personas que se conocen demasiado bien para ser corteses y que usan la cortesía exactamente por eso, como escudo, como la única manera de hablar sin decir lo que todavía no están listos para decir.
—¿Cuándo nos vemos? —preguntó ella.
—Pronto —dijo él.
Pronto era una mentira que los dos aceptaron porque la alternativa era una conversación para la que ninguno tenía todavía el valor suficiente.
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Fue Pietro quien rompió el silencio.
No porque hubiera decidido que era el momento.
Sino porque una tarde de principios de diciembre, con la ciudad decorada para la Navidad y los mercados en las plazas y esa luz específica de las primeras horas de la noche que hace que Berlín parezca casi inocente, Pietro se encontró caminando hacia el café Kranzler sin haber decidido conscientemente hacerlo.
Ana ya estaba ahí.
Eso le dijo algo. Que ella también hubiera ido sin haber sido llamada. Que los dos hubieran llegado al mismo lugar a la misma hora sin coordinación significaba que todavía había algo entre ellos que funcionaba en un nivel que ninguna distancia había podido interrumpir del todo.
Se sentaron.
El camarero trajo los cafés sin que nadie los pidiera.
Durante un momento ninguno habló. Afuera, la nieve había empezado a caer en copos pequeños que la luz de las farolas convertía en algo casi bello. Pietro pensó que en otro momento, en otro diciembre, esa imagen habría sido perfecta. Una de esas tardes que uno guarda.
—Te he echado de menos —dijo Ana.
Lo dijo sin rodeos, con esa franqueza suya que Pietro había amado desde el principio y que esa tarde le llegó como algo que duele exactamente porque es verdad.
—Yo también —dijo él.
Ana lo miró.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo?
La pregunta era simple y era la pregunta correcta y Pietro no tenía una respuesta que fuera honesta y que al mismo tiempo no abriera todo lo que estaba cerrado. Así que dijo lo que pudo.
—Intentando entender qué pasó esa noche.
Ana dejó la taza.
—Ya sé lo que pasó esa noche, Pietro.
—¿Sí?
—Sí. Pasó algo horrible. Y tú decidiste que yo era parte de ese algo horrible.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Pietro la miró. Tenía el cabello recogido con menos cuidado que de costumbre, como si esa tarde hubiera salido deprisa.
Los ojos con esa claridad gris que en dos años no había dejado de sorprenderle.
Y en la expresión, debajo de la franqueza y debajo de la pregunta, algo que Pietro reconoció porque lo había visto la noche de Kristallnacht frente al edificio de su casa: el esfuerzo.
El esfuerzo de alguien que está sosteniendo demasiado.
—Dijiste violencia visible —dijo Pietro, en voz baja.
Ana no respondió de inmediato.
—Estaba asustada.
—Lo sé. Pero eso fue lo que dijiste.
—¿Y eso lo cambia todo? ¿Dos años por tres palabras?
—No son las palabras —dijo Pietro—. Es lo que las palabras dicen sobre cómo ves las cosas.
Ana apretó los labios.
—No puedo cambiar cómo veo las cosas, Pietro. No de la noche a la mañana. No porque una noche te haya parecido suficientemente horrible.
—No te estoy pidiendo que cambies.
—¿Entonces qué me estás pidiendo?
Pietro no respondió.
Porque la respuesta honesta era que no lo sabía.
Que no podía pedirle que viera las cosas como él las veía porque ella tenía razón: era su ciudad, era su país, era su mundo, era el único mundo que había conocido.
Y él no podía pedirle que renegara de eso.
Solo podía, en el mejor de los casos, sentir la distancia entre los dos con más claridad que nunca.
Se fueron sin resolverlo.
Como se van las conversaciones que no tienen resolución disponible: con una cortesía que es en realidad una forma de postergación, con la promesa implícita de que hablarán más tarde, sabiendo los dos que más tarde puede significar muchas cosas y que algunas de ellas no son lo que uno espera.
En la calle, antes de separarse, Ana lo tomó del brazo un momento.
Solo un momento.
Sin decir nada.
Pietro puso su mano sobre la de ella.
Y así estuvieron unos segundos, en la nieve pequeña y en la luz de las farolas, antes de que cada uno se fuera por su lado.
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Fue una semana después, un viernes.
Pietro había salido de la embajada antes de las seis con la intención de hablar con Ana, esta vez de verdad, sin rodeos ni cortesías.
Había pasado los días desde el café Kranzler con esa conversación en la cabeza, revisándola, encontrando lo que no había dicho y que tendría que decir, buscando las palabras que fueran honestas sin ser una sentencia.
No la había llamado antes de ir.
Debería haberlo hecho. Lo sabría después, con esa claridad específica de los errores que solo se entienden cuando ya no se pueden corregir.
Pero esa tarde pensó que presentarse sin aviso era más honesto que construir el momento con anticipación.
Que había algo que se decía mejor sin el peso de las horas previas pensándolo.
La calle de Ana estaba decorada para Navidad. Guirnaldas en los balcones, una corona en alguna puerta, la luz cálida de los interiores filtrándose por las ventanas con esa promesa específica del diciembre europeo que dice que dentro hace calor y hay algo que merezca la pena.
La puerta del edificio la abrió Helga, la empleada de los Hartmann que llevaba en esa casa desde antes de que Ana naciera y que conocía a Pietro desde la primera cena dos años atrás.
—Doctor Berardi —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de calculado—. Pase, pase. La señorita Ana está arriba.
Pietro subió.
Desde el rellano del segundo piso escuchó las voces antes de llegar a la puerta.
La voz del padre de Ana. La de la madre. Y una tercera.
La empujó.
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El salón de los Hartmann lo había visto docenas de veces.
Los muebles de roble, la vitrina con la porcelana de Meissen, el retrato de Bismarck. La mesa con el mantel almidonado. Todo exactamente donde siempre había estado.
Lo que no había estado antes era Otto.
De pie, con el uniforme negro, frente al padre de Ana que lo miraba con la aprobación que nunca había concedido del todo a Pietro en dos años de cenas y conversaciones y respuestas cuidadas.
La madre con las manos en el regazo y esa expresión suya de satisfacción contenida de quien lleva tiempo esperando exactamente esto.
Y Ana.
Ana de pie junto a la ventana, un poco apartada, con esa postura de alguien que está presente en una escena que no ha elegido del todo pero que tampoco ha impedido.
Pietro lo entendió en un segundo.
No necesitó más.
Otto lo vio entrar primero. Su expresión no cambió de manera visible pero algo en la postura se ajustó, esa preparación mínima de los hombres entrenados para anticipar los cambios en una habitación.
El padre giró la cabeza.
La madre también.
Y Ana lo miró con unos ojos que Pietro no supo leer del todo: sorpresa, sí, pero también algo debajo de la sorpresa que podía ser alivio o podía ser terror o podía ser las dos cosas al mismo tiempo.
—Berardi —dijo el padre, con la formalidad de quien necesita ganar un segundo.
Pietro no respondió.
Miró a Otto.
Otto sostuvo esa mirada con la calma de quien está acostumbrado a ser mirado y no necesita hacer nada al respecto.
—Llegaste en mal momento —dijo Otto. No con hostilidad. Con la cortesía de siempre, esa cortesía que era más humillante que cualquier insulto.
—¿Sí? —dijo Pietro.
Dio un paso hacia el centro del salón.
La madre se puso de pie.
—Señor Berardi, quizás sería mejor que...
—Señora Hartmann. —La voz de Pietro salió con una calma que él mismo no reconoció—. Llevo dos años sentándome a su mesa. Comiendo su sopa. Respondiendo sus preguntas sobre Italia y sobre el Duce y sobre mi familia. —Pausa—. Merezco al menos saber qué está pasando en esta habitación.
El padre se puso de pie también.
—Lo que pasa en esta habitación es un asunto de familia —dijo, con ese tono suyo de hombre que considera que su autoridad no requiere justificación.
—Ana es parte de mi vida —dijo Pietro.