CAPÍTULO 6 — Carinhall – El Espejo del Poder #4
Los otros invitados ya estaban distribuidos con esa naturalidad falsa que solo existe donde todo ha sido pensado con antelación.
Dos matrimonios alemanes —uno ligado al aparato del Ministerio del Aire; otro, al acero y al nuevo esfuerzo de rearme— conversaban en voz baja cerca de la chimenea.
Un coronel veterano de la Gran Guerra, ancho de hombros y de mandíbula, sostenía una copa sin beberla, como si incluso el vino debiera esperar su turno.
Una mujer rubia, mayor que Ana y más consciente de sí misma, hablaba sobre una exposición en Múnich con una ligereza estudiada, como quien ha aprendido a moverse entre hombres poderosos sin parecer jamás una intrusa.
Göring cruzó la sala con ellos sin prisa, pero con esa clase de autoridad que no necesita abrir paso porque los demás ya se han movido antes. A un gesto suyo, uno de los asistentes tomó la caja del regalo y la llevó a una mesa auxiliar, donde quedó sola un instante, visible pero todavía cerrada.
Aquello también era parte del ritual.
Pietro lo entendió enseguida: en ciertos lugares, hasta la gratitud debía dosificarse con puesta en escena.
—Espero que no les moleste la intimidad —dijo Göring, aunque era evidente que no preguntaba por cortesía, sino por gusto—. Las reuniones numerosas sirven para exhibir. Las pequeñas… permiten saber con quién se está comiendo.
Su voz no era estruendosa. Tenía algo peor para quienes no estaban acostumbrados a hombres como él: seguridad sin esfuerzo.
—La intimidad suele ser más instructiva —respondió Pietro.
Göring lo miró de lado, complacido.
—Sí. Y también más peligrosa.
No añadió nada más. Tampoco hacía falta.
Al llegar junto a la chimenea, presentó a Pietro y a Ana con una economía verbal que delataba costumbre. No repitió títulos innecesarios. No adornó. Nombró.
El industrial —un hombre de unos cincuenta años, con la piel algo brillante de buena alimentación y obediencia tranquila— inclinó apenas la cabeza hacia Pietro.
—Un italiano en Carinhall. Eso siempre mejora la mesa.
—Depende del italiano —replicó Pietro, con una sonrisa medida.
La esposa del hombre, vestida en un verde oscuro que hacía juego con las vetas del salón, desvió la atención hacia Ana.
—Y una berlinesa que sabe elegir compañía. Eso mejora aún más la conversación.
Ana sonrió con el tipo de calma que nacía menos del aplomo que del hábito.
—O la complica.
La mujer soltó una risa baja. El coronel retirado, en cambio, se limitó a registrar la respuesta con un movimiento apenas perceptible de las cejas, como si le agradara más la franqueza cuando venía envuelta en modales.
Göring intervino antes de que la escena se desgastara en cumplidos.
—La señorita Hartmann ya había demostrado tener mejor pulso que varios hombres presentes en la última recepción. Hoy espero que mantenga el estándar.
—Haré lo posible por no decepcionar a Alemania —dijo Ana.
La frase pudo haber sonado ligera en otra boca. En la suya, sostenida por una serenidad casi limpia, tuvo algo más. Pietro lo notó. No era una proclama. Era una pertenencia dicha sin teatralidad. Y acaso por eso resultaba más reveladora.
Göring también lo notó. Sonrió apenas, como quien reconoce un idioma bien pronunciado.
—Eso siempre ayuda —dijo.
Uno de los asistentes se acercó para anunciar que la mesa estaba lista.
Göring ocupó la cabecera sin ceremonia. No hacía falta ninguna.
Los demás tomaron sus lugares como si obedecieran una costumbre antigua, y Pietro advirtió, con ese instinto que en los salones diplomáticos equivale a supervivencia, que su sitio quedaba más cerca del anfitrión de lo que habría dictado la prudencia.
Ana, a su derecha. La mujer del vestido verde, al lado de Ana.
Del otro lado de Göring, el industrial y luego el coronel.
La disposición no era azarosa: tampoco brutal. Era precisa.
Se sentaron.
La primera impresión fue el silencio.
No un silencio incómodo. Uno útil. El breve vacío que permite que una mesa encuentre su ritmo, que cada uno mida el tono de los demás, que el anfitrión decida la temperatura del encuentro antes de servir la primera palabra junto con el primer plato.
Göring fue el primero en romperlo.
—Doctor Berardi —dijo, tomando la servilleta con movimientos lentos—, me debe una explicación.
Pietro levantó apenas la mirada.
—¿Sobre qué, exactamente?
Göring señaló con dos dedos la caja aún cerrada al otro extremo del salón.
—Sobre eso. Un regalo bien elegido despierta gratitud. Uno mal elegido, curiosidad. Y la curiosidad, en mi caso, no siempre es indulgente.
Hubo una sonrisa discreta alrededor de la mesa. Nadie rio en exceso. Aquel era un círculo donde incluso el humor parecía sometido a protocolo.
Pietro dejó que transcurriera un segundo antes de responder.
—Entonces espero haber despertado el sentimiento correcto.
—Eso depende de si ha entendido al hombre o solo a su rango.
La mujer del vestido verde dejó escapar una exhalación divertida.
—Hermann, no atormentes al invitado antes de la sopa.
—No lo atormento —dijo Göring sin mirarla—. Lo calibro.
Pietro sostuvo la mirada del Reichsmarschall sin desafiarla.
—En ese caso, agradeceré saber si el instrumento es fiable.
Ahora sí hubo una risa más franca. Incluso el coronel retirado permitió que una comisura de la boca se le moviera apenas. Göring apoyó una mano sobre la mesa, satisfecho.
—Eso me gusta —dijo—. La mayoría de los hombres se apresuran a complacer. Usted, en cambio, parece preferir comprender primero.
—No siempre se puede una cosa sin la otra.
—Depende del salón —respondió Göring.
Llegó el primer plato. Una sopa clara, casi austera, servida con exactitud impecable. Pietro la probó sin bajar del todo la guardia. A su lado, Ana parecía más cómoda de lo que había estado en el automóvil. No del todo relajada; sí, en cambio, en registro. El lugar la tensaba menos de lo que a él.
Eso también le dijo algo.
Mientras la mesa se acomodaba al ritmo del servicio, Göring volvió al asunto del regalo, aunque sin nombrarlo ya.
—Siempre me ha intrigado la relación de los italianos con la historia —dijo, como si retomara una conversación anterior—.
Conviven con ella de una manera casi indecente.
En Alemania todavía tenemos que construir parte de la nuestra.
Ustedes, en cambio, tropiezan con columnas cuando salen a comprar pan.
—A veces eso tiene menos ventajas de las que parece —respondió Pietro.
—¿Sí?
—La familiaridad también vuelve ciegos a los hombres.
Göring giró la cuchara entre los dedos antes de dejarla en el plato.
—Y, sin embargo, ustedes conservan la conciencia de grandeza.
—No siempre —dijo Pietro—. A veces conservamos solo la nostalgia.
—La nostalgia —intervino el industrial— es un lujo para los pueblos que ya fueron grandes. Los demás tenemos que conformarnos con la voluntad.
—O con la disciplina —añadió el coronel retirado.
Ana, que hasta entonces había escuchado más que hablado, levantó la vista hacia Pietro.
—A veces la voluntad también es una forma de memoria.
No lo dijo para lucirse. Lo dijo como quien reconoce una verdad simple. Y en la mesa el comentario cayó bien. No por brillante, sino por afinado. Porque venía de dentro.
Pietro la miró un instante más de lo necesario antes de volver la vista al plato.
Göring, por su parte, hizo un leve gesto aprobatorio con la cabeza.
—Exactamente. La memoria sin voluntad es solo museo.
Esa palabra —museo— pareció dejar un eco particular en la sala. Pietro no estaba seguro de si lo había provocado la presencia constante del arte a su alrededor o el modo en que Göring la había pronunciado: no como homenaje, sino casi como reproche.
La mujer del vestido verde cambió con habilidad hacia un tema menos cargado.
—En cualquier caso —dijo—, espero que esta casa no parezca un museo, doctor Berardi.
Pietro apoyó la cuchara con suavidad.
—No. En absoluto.
—¿No? —preguntó ella, divertida.
Pietro recorrió la sala con la mirada. Las vigas oscuras. La escultura colocada en el punto exacto donde la luz la acariciaba sin exponerla demasiado. Los cuadros. La caza convertida en símbolo. El bosque al fondo, encuadrado como si también fuera parte de la colección.
—Los museos conservan —dijo al fin—. Aquí todo parece… afirmarse.
Hubo una pequeña pausa.
Una buena pausa.
De esas que ningún anfitrión interrumpe si sabe reconocer un cumplido hecho a su medida.
Göring inclinó apenas la cabeza.
—Eso sí ha sido bien dicho.
Por primera vez desde que se había sentado, Pietro sintió que la mesa dejaba de probarlo a distancia. No aceptación, todavía. Pero sí una forma de apertura.
El servicio continuó con la misma precisión muda con la que había empezado. Retiraron los platos sin rozar una copa, sin interrumpir una frase. Afuera, el bosque se mantenía inmóvil detrás de los ventanales, como si todo lo vivo hubiera entendido que allí dentro regía otra clase de tiempo.
Göring se secó los labios con la servilleta y, antes de que llegara el siguiente plato, hizo por fin una señal hacia la caja.
Un asistente se acercó y la llevó hasta él.
La abrió sin precipitación. Primero retiró la tela. Luego la tapa. La pieza romana apareció entre las manos del Reichsmarschall con una gravedad casi ceremonial.
Nadie habló durante unos segundos.
Eso, en una mesa como aquella, valía más que el elogio rápido.
Göring observó la pieza con una atención genuina.
La giró apenas, buscando el corte de la luz sobre la superficie.
No estaba fingiendo interés. Ese fue, quizá, el detalle más inquietante para Pietro: que un hombre capaz de instrumentalizar casi todo pudiera todavía detenerse con autenticidad ante un objeto antiguo.
—No es ostentosa —dijo Göring finalmente.
—No.
—Eso la hace más difícil.
Pietro no respondió.
Göring levantó la vista hacia él.
—Ha entendido algo importante, doctor Berardi. Los regalos demasiado evidentes no halagan: sobornan. Este… en cambio… presupone interlocución.
La palabra quedó en el aire con un peso discreto.