El corazon verde EPÍLOGO El mirador del cielo
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EPÍLOGO El mirador del cielo

Tres años después...

El sonido que gobernaba el sector norte ya no era el estruendo de las excavadoras, sino un pulso rítmico, aerodinámico y casi musical. Un sutil clac-clac que se repetía cada tarde a las seis en punto, cuando el tren eléctrico de carga de la corporación cruzaba el valle.

Abajo, las raíces de robles y sauces seguían bebiendo del acuífero subterráneo, totalmente ajenas a la tecnología que se deslizaba por encima de ellas.

A un kilómetro de distancia, sobre una pequeña elevación donde terminaba la red de irrigación del sector norte, un todoterreno blanco descansaba con el motor apagado.

Ethan Carter estaba apoyado sobre el capó.

Su pierna izquierda ya no mostraba rastro de la vieja cojera gracias a los meses de rehabilitación y a las largas caminatas que ahora disfrutaba por el campo.

Vestía una camisa de lino azul con las mangas remangadas y unas botas cubiertas por el polvo de Oakhaven.

En su mano derecha ya no sostenía planos ni memorias portátiles.

Sostenía un termo de café de acero inoxidable.

A su lado, sentada sobre el capó con las piernas colgando y un bloc de dibujo apoyado sobre las rodillas, Amelia Ross trazaba líneas rápidas con un lápiz de grafito. Llevaba el cabello recogido con un pincel de madera a modo de pasador y una vieja chaqueta de mezclilla.

—¿Métrica o perspectiva? —preguntó Ethan, dándole un sorbo al café mientras observaba el tren terminar de cruzar el viaducto.

—Ambas —respondió ella sin levantar la vista—. Tu puente de hormigón le da la perspectiva perfecta al lienzo. Es como si el tren fuera la aguja que cose la ingeniería con la tierra.

Ethan sonrió y se inclinó para observar el dibujo.

En el bloc de Amelia, la Zona 4 no era solo un mapa topográfico ni una pintura abstracta.

Era exactamente aquello que habían creado juntos aquella madrugada en la sala de juntas: el viaducto suspendido protegiendo la inmensa e imborrable silueta en forma de corazón que se extendía bajo él.

—La junta aprobó hoy el balance del segundo trimestre —comentó Ethan, rodeando la cintura de Amelia con el brazo izquierdo—.

La planta de biocombustible alcanzó su máxima capacidad operativa.

El viaducto redujo los tiempos de transporte en un dieciocho por ciento.

El director ejecutivo firmó los bonos de inversión sin siquiera mirar los gráficos.

Amelia dejó el lápiz sobre el bloc y se volvió hacia él con esos ojos azules que seguían teniendo el mismo brillo que cuando volaban a setecientos pies de altura en la vieja Cessna.

—¿Y qué dice el Capitán Simetría al respecto? —preguntó con una sonrisa, recorriendo con un dedo la línea de la mandíbula de Ethan.

—Dice que los números son correctos, pero que el informe financiero olvidó el dato más importante de la ecuación.

Ethan le sostuvo suavemente la barbilla.

—Olvidó mencionar que la eficiencia no sirve de nada si no tienes con quién compartir el paisaje al final del día.

Amelia dejó escapar una pequeña risa y se inclinó hacia él. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a café, a viento de la tarde y a una promesa que había tardado ocho años en cumplirse.

A sus espaldas, el sol comenzó a ocultarse detrás de la cordillera occidental, tiñendo el cielo del valle con una mezcla de púrpuras, dorados y violetas que ningún monitor de ingeniería habría sido capaz de calibrar jamás.

El tren eléctrico desapareció en el horizonte, dejando tras de sí un silencio limpio y sereno.

Las líneas rectas de Ethan seguían cruzando la tierra con precisión milimétrica.

Y la arboleda de Amelia continuaba creciendo libre y salvaje en el centro del mapa.

Dos mundos que una vez chocaron en las alturas caminaban ahora juntos, con los pies firmes sobre la tierra, demostrando que algunas cosas en la vida no fueron hechas para ser controladas.

Simplemente estaban destinadas a ser encontradas.

FIN