El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Rykan
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Rykan

El mundo había quedado en silencio, pero no era un silencio de paz.

Era el silencio de algo exhausto, de una tierra que ya no tenía más que ofrecer después de haber sido abierta, golpeada y fundida hasta volverse irreconocible.

La cordillera viva que alguna vez respiró entre fuego y piedra era ahora una extensión de cráteres, placas fracturadas y columnas de roca derretida que aún exhalaban humo por sus grietas.

El calor seguía allí, atrapado entre el polvo y la ceniza, como un animal herido que se niega a morir.

Respiraba con dificultad. Cada inhalación le raspaba por dentro como si el aire se hubiera llenado de vidrio molido.

El pecho le subía y bajaba con violencia, no por esfuerzo solamente, sino porque su propio cuerpo parecía estar luchando contra él, intentando expulsar de su interior aquello en lo que se estaba convirtiendo.

Frente a él estaba el Errante.

Inmenso. Negro. Erguido.

No parecía una criatura viva, sino una negación del mundo.

Su silueta no se adaptaba al paisaje devastado; lo corregía, lo anulaba.

No sangraba. No jadeaba. No mostraba desgaste.

Permanecía allí, delgado y descomunal, con ese yelmo sin rostro vuelto hacia ninguna parte y hacia todas al mismo tiempo, como si el tiempo no tuviera jurisdicción sobre él.

Rykan apretó los dientes.

Había lanzado todo. Había incendiado montañas. Había reventado laderas enteras. Había hecho temblar el cielo con una furia que, en cualquier otra guerra, habría bastado para borrar ejércitos completos. Y aun así, el Caído seguía ahí.

Entonces el vínculo dentro de él vibró una última vez.

Fue apenas un espasmo, un latido roto.

Y después se quebró.

No se debilitó poco a poco. No se apagó como una llama que se queda sin aire. Se partió. Un corte seco. Un vacío instantáneo.

Ignelion se había ido.

Sin despedida. Sin advertencia. Sin una última palabra que amortiguara el golpe.

Rykan no se giró. No gritó su nombre. Ni siquiera levantó la cabeza al cielo. Cerró los ojos un instante, apenas el tiempo suficiente para que la ausencia terminara de clavársele en el pecho, y cuando abrió la boca, la palabra salió baja, áspera, casi sin voz.

—Cobarde.

No había sorpresa en ella. Solo confirmación. Una verdad que llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de él.

El calor volvió a subirle por el cuerpo.

Pero algo era distinto.

El fuego no respondía como antes. Ya no obedecía.

Ya no subía desde él como una extensión de su voluntad.

Ahora emergía por cuenta propia, como si hubiera dejado de reconocerlo como dueño y lo usara solo como recipiente.

Líneas incandescentes comenzaron a abrirse bajo su piel: grietas de luz que le recorrieron los brazos, el cuello, el pecho, la mandíbula.

No parecían heridas, porque no sangraban.

Parecían fisuras en una estatua al rojo vivo, una forma humana resquebrajándose desde dentro por algo demasiado grande para contenerse.

El aire alrededor de Rykan se deformó. Se puso de pie con dificultad.

Bajo sus pies, la roca comenzó a ablandarse. Lentamente. Como si la tierra sintiera miedo de sostenerlo.

El Errante no se movió.

Rykan avanzó.

El primer paso dejó una huella de piedra derretida. El segundo abrió una grieta que lanzó humo por sus bordes. Para cuando dio el tercero, el fuego ya no era solo un resplandor pegado a su cuerpo, sino una presión visible, un calor tan denso que parecía empujar el mundo lejos de él.

Entonces atacó.

El golpe estalló contra el torso del Errante con la violencia de un cataclismo.

No fue un puñetazo: fue una detonación concentrada, una columna de fuego comprimido que explotó al contacto y se abrió en todas direcciones.

La onda expansiva partió el terreno. El aire rugió. La ceniza salió disparada a kilómetros.

Durante un segundo solo hubo luz.

Cuando la llamarada se disipó, Rykan vio algo que no había visto en toda la batalla.

Una grieta.

Pequeña. Irregular. Oscura.

Pero real.

El pecho del Errante ya no estaba intacto.

Rykan inhaló con violencia. Dolió, pero no importó. Había logrado herirlo.

El fuego respondió a esa certeza creciendo todavía más. Se volvió más pesado, más denso, más difícil de sostener. Su visión tembló. El mundo vibró en los bordes.

El Errante seguía inmóvil.

Pero su pecho cambió.

La grieta empezó a extenderse lentamente, ramificándose como una fractura imposible sobre una superficie que no debía quebrarse jamás.

Fragmentos negros comenzaron a desprenderse de su torso y cayeron al suelo con un sonido seco, como ceniza convertida en piedra.

No era una armadura partiéndose. No era roca. Era algo peor.

El pecho del Caído comenzó a abrirse.

No como máquina.

No como estatua.

Como carne prohibida.

Como una herida viva en una cosa que nunca debió tener cuerpo.

Y dentro no había luz.

No había profundidad.

No había forma.

Había ausencia.

Un hueco tan total que la mirada no podía entrar en él sin sentir que algo dentro se le iba detrás.

Rykan no lo entendió.

Ya no necesitaba entender.

Lo único que vio fue que podía destruirlo.

Su respiración se desordenó todavía más.

Los músculos comenzaron a fallarle. Los dedos se le cerraron en espasmos involuntarios.

Las piernas le temblaron como si estuvieran cargando un peso que ya no podían soportar.

El corazón le golpeó el pecho con una violencia irregular, desacompasada, feroz.

Su poder se lo estaba comiendo vivo. Lo sintió con una claridad brutal.

Sintió órganos sobrecalentados, sangre al borde de hervir, huesos resistiendo apenas.

Su cuerpo no sobreviviría a eso.

Lo supo.

Y, aun así, dio otro paso.

El suelo se fundió bajo su pie.

Luego otro.

El fuego dejó de parecer aura. Ahora era erupción.

Columnas incandescentes se alzaron alrededor de él, deformando el aire, quebrando la tierra, arrojando sombras anaranjadas sobre los cráteres y las montañas rotas.

Su piel ya no parecía piel. Era magma contenido a la fuerza dentro de una forma humana que empezaba a perder el derecho a llamarse así.

El Errante seguía esperando.

No con paciencia.

Con certeza.

Como si supiera que todo lo que Rykan estaba haciendo solo podía terminar de una forma.

Rykan apretó los puños y sintió el fuego converger hacia sus manos.

Más brillante. Más espeso. Más feroz que en cualquier otro momento de su vida.

No era una llama humana. No era el fuego entrenado de un portador.

Era una concentración brutal, vieja, salvaje, la clase de calor que no ilumina: consume.

La oscuridad dentro del pecho abierto del Caído lo aguardaba.

Rykan abrió la boca y gritó.

No fue un grito de rabia. No exactamente.

Tampoco de odio.

Fue un grito de decisión.

La clase de sonido que solo emite alguien que ya ha dejado de pertenecer al mañana.

El rugido le salió desde el fondo del pecho y atravesó el campo de batalla, el humo, las montañas rotas, el aire enfermo. No pedía ayuda. No reclamaba justicia. No maldecía a Ignelion ni al mundo. Solo afirmaba una sola cosa:

todavía estaba avanzando.

Se inclinó hacia adelante.

Su cuerpo adoptó la última postura posible: la de un hombre que ya no conserva nada, salvo la voluntad de seguir avanzando una vez más.

Las llamas se cerraron sobre sus brazos y sus manos hasta volverlos dos núcleos insoportablemente brillantes.

Su visión se volvió borrosa en los bordes.

Las rodillas le temblaron. La sangre le supo a hierro y ceniza.

Pero avanzó. El fuego lo envolvió por completo. No tenía buena visibilidad, pero no le importo. Su objetivo estaba ahí arriba. Frente a él.

Su visión volvió a fallar. Sacudió su cabeza con violencia para obligarse a seguir.

El pecho del Errante siguió abriéndose, como si lo invitara.

Rykan dio el último paso.

Se proyecto impulsándose con una llamada incandescente en sus pies, con todo lo que aún le quedaba de cuerpo, de odio, de fuego y de vida.

Directo al corazón del Caído.

Y el mundo no estaba preparado para lo que vendría después.