El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Última munición
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Última munición

—Fue el último.

La voz de Caldren salió ronca, sin solemnidad ni fuerza ceremonial.

No era una frase heroica, solo un dato. Las ametralladoras de la nave terminaron de enfriarse con un chasquido metálico, y el humo que escapaba de los cañones se mezcló con el olor a cables quemados, sangre y metal recalentado. La pantalla frontal parpadeó en rojo:

Dentro de la cabina, el aire era espeso.

Maeryn tenía el labio partido y una línea de sangre descendía hasta su mentón.

Caldren sangraba por la ceja; el corte no era profundo, pero sí lo bastante feo para nublarle un poco un ojo.

Lira sentía la sien latir con violencia donde se había golpeado contra el panel minutos antes.

Ninguno se quejó. Seguían vivos, y en ese punto de la guerra eso ya era más de lo que podía prometerse.

Maeryn respiró hondo, sin apartar las manos de los controles.

—Ya estamos dentro. Bajamos y buscamos a todos los sobrevivientes posibles.

Caldren asintió con un solo movimiento. Tomó su arma larga, ajustó el escudo al antebrazo y comprobó el seguro por puro reflejo.

Lira colgó el arco en posición de combate y revisó las flechas que le quedaban.

La nave crujía alrededor de ellos como un animal herido.

Más allá de sus placas, el edificio entero temblaba: explosiones lejanas, chispas cayendo del techo, un zumbido profundo naciendo desde el núcleo de Nyxarion y subiendo por los muros como si la torre respirara con dificultad.

Entonces sonó el primer golpe.

CLANG.

Seco. Cercano. En la compuerta trasera.

Los tres se quedaron inmóviles.

El segundo llegó más agudo, más largo, como si alguien estuviera raspando el metal desde afuera con una lámina de vidrio endurecido. Caldren levantó una mano, ordenando silencio sin necesidad de palabras. Nadie respiró de más.

Y entonces apareció la línea azul.

Fina. Perfecta. Vertical.

Atravesó la compuerta de arriba abajo como si alguien hubiera dibujado una herida con luz.

No hubo resistencia. No hubo esfuerzo. El metal simplemente se abrió.

La puerta se separó en dos y cayó hacia adentro con un golpe seco, lanzando polvo, chispas y un viento caliente que venía cargado del caos exterior.

Detrás no había un pasillo. Había ruina: cables colgando, fuego lejano, sombras partidas por destellos de emergencia.

Y en medio de esas sombras, inmóviles por una fracción de segundo que no tuvo nada de humana, brillaron dos pares de ojos azules.

No hubo diálogo. No hubo amenaza. No hubo un solo instante de cortesía.

Los dos rayos blancos entraron a la nave al mismo tiempo.

Las Sombras Blancas no corrían como soldados; atravesaban el espacio como ecuaciones resueltas antes de formularse. Las katanas, encendidas con electricidad azul reptando por el filo, bajaron directas a la garganta.

Caldren ya estaba en medio.

No pensó. No gritó. No advirtió. Su cuerpo se interpuso por puro instinto, escudo arriba y arma horizontal, ocupando todo el espacio que podía ocupar un hombre entre la muerte y su familia.

El primer impacto fue brutal.

CLANG.

La katana chocó contra el arma y levantó una tormenta de chispas.

La vibración le recorrió el brazo hasta el hombro, como si le hubieran golpeado el hueso con un martillo de forja.

El filo no penetró. No porque fuera débil, sino porque Caldren presentó el arma de lado, forzando el ángulo, obligando a la hoja a resbalar en vez de hundirse.

La segunda katana vino desde abajo, buscando el abdomen.

Caldren giró la cadera lo justo y el corte falló por centímetros, abriendo en cambio el suelo de la cabina con una línea tan limpia que el metal pareció abrirse por voluntad propia.

No había espacio. No había aire. No había margen.

—¡Atrás! —gruñó.

Pero ni Maeryn ni Lira podían disparar. Caldren ocupaba todo el campo de tiro. Un error y lo atravesaban a él. Así que hicieron lo único posible: esperar el hueco exacto, la fracción mínima, el segundo que la perfección de esas máquinas dejara libre.

Las Sombras Blancas empezaron entonces a cortar otra cosa.

La nave.

Paneles, asientos, costillas del casco, conductos internos, soportes de carga.

Cada tajo abría el interior un poco más.

El metal chillaba como un animal despellejado, y la cabina comenzó a desmontarse a su alrededor en tiras de aleación y haces de cables chisporroteando.

Caldren retrocedía paso a paso, bloqueando, desviando, absorbiendo cada impacto con los brazos ya entumecidos.

Golpe. Desvío. Chispas. Golpe. Giro. Chispas. Golpe. Resbalón. Dolor.

Y entonces el casco cedió.

Una sección completa de la pared lateral cayó hacia afuera con estrépito, arrancada de su sitio por una sucesión de cortes demasiado precisos. La nave quedó abierta como un cadáver sobre la mesa. El interior se expuso al vacío entre pisos, al humo exterior, al vértigo de la torre dañada.

Los robots se detuvieron una fracción de segundo.

No por duda. Por cálculo.

Habían cambiado los ángulos. Había más espacio. Había nuevas trayectorias posibles.

—¡Ahora! —gritó Caldren.

Maeryn reaccionó primero. Disparó una ráfaga de tierra comprimida que no buscó matar, sino romper el ritmo.

El impacto golpeó a una de las máquinas en pleno reposicionamiento y la obligó a retroceder con un salto elástico, casi bello de no ser tan antinatural.

Rebotó contra el borde de la nave y aterrizó ya lista para entrar otra vez.

Lira tensó sin pensarlo. Soltó.

La flecha impactó el hombro del segundo robot y, en el mismo instante del contacto, raíces verdes brotaron como una contracción de vida furiosa. Se enroscaron alrededor del brazo, del cuello y de medio torso, apretando con una violencia vegetal que ralentizó el movimiento apenas un segundo.

Caldren usó ese segundo.

Embistió.

Esta vez no bloqueó. No desvió. Atacó.

La culata del arma chocó contra el pecho de la máquina con un sonido denso, como golpear una lápida.

El robot salió despedido contra la pared interior del piso, agrietó concreto y cayó entre polvo y fragmentos.

Se levantó al instante. Impecable. Frío.

Sin emoción. Pero ya no estaba donde quería estar.

La pelea empezó de verdad en ese momento.

Ya no era un hombre conteniendo un embudo de acero. Era una danza de tres contra dos, brutal y cerrada, donde la única ventaja humana era la coordinación.

Cuando Maeryn disparaba, Caldren cubría el ángulo muerto. Cuando Caldren avanzaba, Lira distraía con flechas y raíces. Cuando uno perdía línea, otro ocupaba el vacío.

No necesitaban hablar. No necesitaban dar órdenes. Eran familia, y la guerra les había enseñado un idioma de movimientos más rápido que cualquier palabra.

Las katanas seguían siendo mortales. Cada roce dejaba cortes limpios en la estructura de la nave, y un par alcanzaron también carne: un rasguño largo en el hombro de Caldren, una abertura superficial en el costado del chaleco de Maeryn, un tajo que arrancó mechones de cabello y piel a centímetros del rostro de Lira. Nada definitivo. Todavía.

La nave, mientras tanto, terminaba de abrirse como un animal diseccionado. Paneles cayendo. Soportes partidos. El suelo cubierto de chatarra viva, de fragmentos que seguían chisporroteando después de tocar el metal.

Pero las Sombras Blancas ya no podían entrar en línea recta. Tenían que flanquear, girar, reajustar. Y cada reajuste les costaba tiempo.

Y en guerra, el tiempo no es tiempo.

Es vida.

Las chispas llenaban el aire. Los disparos de Maeryn estallaban contra paredes y costillas metálicas.

Las flechas de Lira dejaban brotes fugaces que se quebraban bajo las patas de las máquinas.

Caldren absorbía impactos, golpeaba, empujaba, obligando a los robots a pelear cerca, donde su velocidad seguía siendo monstruosa, pero ya no absoluta.

Nadie caía.

Nadie ganaba.

Y sin embargo, la violencia no hacía más que escalar. Los movimientos eran cada vez más rápidos, más cerrados, más brutales. Afuera, el edificio seguía temblando sin descanso, como si toda Nyxarion estuviera a punto de partirse desde los cimientos.

Ninguno de los tres lo sabía todavía, pero muy abajo, en el corazón herido de la torre, Kael y Thoren seguían librando su propia guerra.

Y cada segundo que los Fayne resistían allí arriba… todavía les pertenecía.