El prisionero del cielo
El zumbido no cesaba.
No era ruido.
Era vibración.
Constante.
Metida en los huesos.
Como si todo el piso respirara.
Como si el edificio tuviera pulso.
Azul.
Azul.
Azul.
El destello del cilindro se reflejaba en el polvo, en los cristales rotos, en la sangre seca de sus ropas.
Kael cayo de rodillas.
Una mano apoyada en el suelo.
La otra apretándose las costillas.
Cada respiración era un cuchillo.
Thoren se sentó contra una columna torcida.
Escupió rojo.
Se limpió la boca con el dorso del brazo.
—…mierda… —murmuró.
Ninguno apartaba la vista del tubo.
Del fénix.
De Stromar.
Ahí.
Vivo.
Encadenado.
Respirando.
Durante unos segundos ninguno habló.
Porque no había nada que decir.
Solo mirar.
Procesar.
Aceptar algo que no tenía sentido.
Las alas eléctricas chocaron otra vez contra el cristal.
El vidrio se iluminó.
Las bobinas succionaron la energía.
Un latigazo azul recorrió los cables.
Arriba, muy lejos, algo en la ciudad rugió al activarse.
Todo conectado.
Todo robado.
—Entonces… —Thoren apretó los dientes— …nunca escapó.
El silencio que siguió fue peor que cualquier explosión.
Porque la respuesta era obvia.
Obvia y horrible.
Metal raspó detrás de ellos.
Lento.
Controlado.
No desesperado.
Vaeron ya se había liberado.
Su silueta emergió azulada por la luz del reactor.
Manchado.
Golpeado.
Pero erguido.
Siempre erguido.
—Correcto —dijo.
Su voz no fue fuerte.
No lo necesitaba.
El lugar entero parecía amplificarla.
—Nunca escapó.
Kael cerró los ojos un segundo.
Algo dentro de él se rompió.
—Pero la tormenta…
—La tormenta fue real —interrumpió Vaeron con calma—. Extremadamente útil.
Avanzó unos pasos.
Sin prisa.
Sin postura de combate.
Como si estuviera dando una clase.
—Los fenómenos atmosféricos son excelentes cortinas de humo.
Miró el cilindro.
—Y las criaturas desesperadas… hacen exactamente lo que uno predice.
Thoren levantó la vista.
—¿Qué hiciste…?
—Nada extraordinario.
Se encogió de hombros.
—Solo cerramos el cielo.
Kael lo miró.
—¿Cómo que… cerrar…?
—Naves drenadoras en formación de malla. Interferencia de presión. Desviación de corrientes. —Un domo invisible.
Sus ojos grises brillaron levemente.
—Él creyó que ascendía. —En realidad… giraba.
Un gesto mínimo con los dedos.
—Como un insecto atrapado en un vaso.
El estómago de Kael se hundió.
—Le hiciste creer que escapaba…
—Vieron lo que necesitábamos que vieran.
Sin emoción.
Sin orgullo.
Solo hecho.
—La idea de un escape es más valiosa que la realidad de una captura.
El zumbido del reactor aumentó.
Como si Stromar escuchara.
Como si entendiera.
Thoren escupió otra vez.
—Eres más que un maldito monstruo.
Vaeron lo miró.
No ofendido.
No molesto.
Solo… curioso.
—Monstruo es una palabra emocional.
—Yo prefiero eficiente.
Kael apoyó la mano en el suelo y se levantó con dificultad.
Temblando.
Pero de pie.
—¿Qué eres…?
Vaeron ladeó la cabeza.
—Ya me lo preguntaste antes.
—No te pregunto quién eres.
La voz le raspó la garganta.
—Te pregunto qué carajos eres.
Silencio.
La luz azul parpadeó.
Vaeron los observó.
A ambos.
Heridos.
Sangrando.
Apenas de pie.
Y aun así desafiándolo.
—Soy el único aquí que entiende el costo de la guerra —dijo al fin.
—Soy el único que planifica más allá de una generación.
—El único que no se deja gobernar por miedo o rabia.
Pausa.
—Soy el único que puede terminar esto.
Thoren rio.
Seco.
—¿Encadenando titanes?
—¿Mandando cápsulas al pasado?
—¿Jugando con nuestros recuerdos?
—¿Eso es tu paz?
Vaeron no respondió de inmediato.
Miró a Stromar otra vez.
La luz del titán iluminaba su rostro desde abajo.
Sombras duras.
Frías.
—Es energía —dijo simplemente—.
—Nada más.
Kael apretó los puños.
—Nos trataste como errores en una hoja de cálculo.
—Porque lo son.
Lo dijo sin énfasis.
Sin crueldad.
Peor.
Como una verdad matemática.
Silencio.
El reactor latió.
Una vez.
Otra.
Vaeron dio un paso atrás.
No huía.
Solo… tomando distancia.
—No era necesario que todo esto ocurriera.
Miró a ambos.
—Podían haber cooperado.
—Eran… piezas valiosas.
Thoren gruñó.
—¿Piezas?
Vaeron sostuvo la mirada.
—Ustedes dos… juntos… eran un cálculo útil.
La luz azul parpadeó otra vez.
Más fuerte.
Más inestable.
Como si algo estuviera a punto de romperse.
Kael sintió un escalofrío.
No por miedo.
Por certeza.
Algo peor venía.
Mucho peor.
Y Vaeron… aún no había dicho lo esencial.
Lo que realmente pensaba.
Lo que realmente quería.
Y eso…
eso era lo que más aterraba.