Donde el bosque dejó de existir #2
Giraba. Sanaba. Saltaba. Esquivaba corrientes de muerte que podrían haberlo pulverizado. Sus astas, esas ramas vivas cargadas de memoria vegetal, se movían como látigos buscando siempre la grieta exacta del enemigo.
Y cuando Veylith volvió a materializarse, justo encima de Valgor, listo para descargar otro martillazo de presión…
Lume embistió.
No fue por fuerza. No podía competir ahí. Fue por precisión.
Sus astas se clavaron en el torso gaseoso del cuervo, y de ellas brotaron raíces. No raíces normales: vida desesperada. Brotes violentos, tallos que nacían sabiendo que iban a morir, plantas sin futuro que solo existían para sujetar al viento por un segundo imposible.
Y por un instante…
Lo logró.
El huracán quedó atrapado.
Valgor no dudó.
Su pata descendió.
Una columna de roca viva cayendo con la violencia de una era. El impacto partió el mundo. Una grieta monstruosa abrió el valle de extremo a extremo, y el suelo tembló a tal distancia que montañas lejanas respondieron con derrumbes propios.
Samvarg saltó a través de esa grieta.
A través del caos.
A través del dolor.
Sus colmillos encontraron el cuello de Veylith —ese punto donde la corriente se hacía más densa, donde el viento se enroscaba como una vena expuesta— y el hielo brotó.
No nieve.
No escarcha.
Hielo primordial.
El frío que existió antes que el fuego, antes que la tierra, antes que el aire mismo. Creció desde sus fauces y envolvió la forma de Veylith, atrapando corrientes, solidificando vapor, construyendo una prisión de cero absoluto alrededor del corazón del cuervo.
Veylith quedó suspendido.
Una estatua de hielo y raíces.
Un titán congelado en el instante exacto de su furia.
Duró un segundo.
Tal vez dos.
Luego explotó.
El hielo se pulverizó. Las raíces no se desgarraron: se desintegraron. Una onda de presión pura, sin dirección ni elegancia, estalló desde el centro de aquella prisión y lanzó a los tres titanes como muñecos arrojados por una mano monstruosa.
Samvarg salió despedido cientos de metros, rompiendo el suelo en cada impacto y dejando un surco de sangre roja y hielo blanco a su paso. Cuando por fin se detuvo, no consiguió levantarse de inmediato.
Valgor perdió el equilibrio. Cincuenta mil kilos de montaña viva cayendo de costado, sacudiendo la tierra cuando impactó. Esta vez el temblor no nacía de él; nacía de su caída.
Lume salió expulsado como una hoja.
Su pequeño cuerpo giró en el aire. La luz roja parpadeó.
Una vez.
Dos.
Como un corazón fallando.
Tres.
La oscuridad ganó un instante.
Luego regresó.
No porque quisiera.
Porque tenía que hacerlo.
Sus patas buscaron el suelo. Lo encontraron. Lo empujaron. Se incorporó tambaleándose, con la luz más débil que nunca, más pequeña que nunca, más terca que nunca.
Y aun así, volvió a extenderla.
Alcanzó a Samvarg, que ya comenzaba a moverse.
Alcanzó a Valgor, que luchaba por recuperar el peso sobre sus patas.
Sanó lo que pudo.
Era poco.
Pero era todo.
Veylith volvió a formarse.
Y ahora ya no tenía nada de elegante.
Sus alas eran violencia pura. Corrientes chocando entre sí, creando turbulencias que desgarraban el cielo.
Su forma fluctuaba, inestable, como si incluso él hubiera llegado a un punto donde el control se volvía un lujo.
El firmamento se oscureció, no por nubes —ya casi no quedaban—, sino por el polvo elevado a kilómetros, por la presión distorsionada.
El cuervo gritó.
Y esta vez el sonido fue tormenta completa.
El aire desapareció del valle.
Todo él.
De golpe.
Durante un segundo imposible, los titanes lucharon dentro de un vacío absoluto. Sin oxígeno. Sin viento. Sin nada. Sus cuerpos, hechos para respirar, para sentir, para existir, conocieron por un instante lo que sería la muerte del mundo.
Luego el aire regresó.
Como si el planeta hubiera inhalado y exhalado al mismo tiempo. La presión fue tal que los tres titanes fueron arrastrados hacia atrás, decenas de metros, sus cuerpos empujados por un viento que ya no era viento sino castigo.
El suelo fue arrancado de raíz.
El paisaje terminó de morir.
Todo lo que aún resistía —piedras, raíces muertas, troncos partidos— fue barrido, pulverizado, borrado.
Cuando el polvo por fin empezó a bajar, ninguno estaba ileso.
Samvarg sangraba por el hocico, por el ojo destruido, por las grietas abiertas en su pelaje. Su sangre no era solo líquido: era hielo rojo, fragmentos helados que caían al suelo y tintineaban como cuentas de cristal roto.
Valgor había perdido otro pedazo de cuerno. Ahora el muñón humeante era casi todo lo que quedaba. Su lomo expulsaba vapor por las grietas y el magma en su interior brillaba cada vez más débil. Una de sus patas traseras ya no soportaba bien el peso.
Lume apenas podía sostenerse.
Su luz roja era ahora un parpadeo. Una brasa al borde de apagarse. Sus patas temblaban sin control, su cabeza colgaba, su pecho apenas subía y bajaba.
Pero aún respiraba.
Aún estaba.
Y frente a ellos…
Veylith tampoco era el mismo.
Ya no parecía orgulloso.
No parecía victorioso.
Parecía harto.
Furioso.
Agotado.
Como un depredador que no logra matar. Como una tormenta que no consigue derribar lo último que sigue en pie. Su forma fluctuaba más que nunca, sus alas perdiendo coherencia por momentos, sus ojos blancos ardiendo con una rabia que ya no era fría, sino desesperada.
Tres seres.
Tres seres sangrando.
Tres seres rotos.
Que no dejaban de levantarse.
Que no dejaban de morder.
Que no dejaban de existir.
El mundo alrededor era un cementerio de tierra. En cientos de kilómetros ya no quedaba bosque, ni sendero, ni forma reconocible. Solo polvo, cráteres y el eco inmenso de una batalla que parecía llevar horas, siglos o una eternidad.
Y la pelea…
aún no terminaba.
Porque en el centro de aquel infierno, cuatro titanes seguían respirando.
Y mientras uno solo siguiera respirando…
la guerra seguiría.