El regreso quebrado del cielo
Las naves se alejaban de Aerothis como sombras heridas, apenas sostenidas por encima de los raíles electromagnéticos que rodeaban la ciudad.
La noche ya no tenía la misma quietud de antes.
Había perdido su pureza. Detrás de ellos quedaba el resplandor dorado del palacio, los ventanales perfectos, la mentira blanca de Aerothis; delante, solo un corredor oscuro de viento helado y tensión acumulada.
Dentro de la cabina, el silencio duró poco.
—¡Fue una maldita trampa! —rugió uno de los hombres de la Alianza, golpeando un panel con el puño.
Las luces interiores parpadearon. El casco vibró. Enderil dio un respingo y se encogió en su asiento como si el golpe hubiera sido contra su propio pecho.
—¡No! ¡No lo fue! ¡Yo no… yo jamás…!
Raeghan cruzó la nave en dos zancadas. Lo tomó del abrigo y lo estampó contra la pared metálica con un golpe seco que hizo rechinar los remaches.
—¿Entonces por qué estaban capturados sin resistencia? —escupió, con el rostro a centímetros del suyo—. ¿Por qué estaban enteros? ¿Por qué los tenían listos para el intercambio? ¡Explícate, Enderil!
—¡No lo sé! ¡No lo sé! —gritó el sabio, con la respiración rota—. ¡Yo cumplí mi parte! ¡Yo solo quería ayudarlos!
Maeryn intervino antes de que Raeghan lo golpeara. Le sujetó el brazo con firmeza.
—¡Basta!
Su voz no fue alta, pero sí lo bastante dura para cortar el aire dentro de la cabina.
Raeghan no lo soltó enseguida. Tardó un segundo más. Uno largo, espeso, lleno de rabia. Al final lo dejó caer de nuevo contra el respaldo.
—No fue él —continuó Maeryn, con los ojos aún húmedos, pero la voz firme—. No sabe cómo ocurrió… pero no fue él.
Caldren, desde el fondo, mantenía los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. No miraba a nadie. Miraba la oscuridad del parabrisas, como si todavía intentara ver, al otro lado de esa noche, la silueta imposible de Kael y Thoren alejándose.
—Lo importante no es cómo cayó la trampa —dijo al fin—. Lo importante es que ya se cerró.
Nadie respondió. El zumbido constante de los motores ocupó ese espacio. Los presentes sabían que tenía razón, y precisamente por eso dolía más.
La nave siguió avanzando. Afuera, Aerothis todavía dominaba el horizonte como una herida luminosa suspendida en el vacío.
Sus torres blancas y doradas parecían tranquilas desde lejos, intocables, casi serenas.
Pero todos dentro de la cabina sabían ya lo que latía bajo esa perfección: laboratorios, jaulas, máquinas, obediencia.
Y ahora, dos portadores en manos del enemigo.
Raeghan volvió la vista hacia la ciudad flotante. Tenía la mandíbula tensa y la respiración demasiado rápida.
—Vamos a buscarlos —dijo de pronto, sin apartar la mirada del horizonte—. Si experimentan con Kael y Thoren… si logran copiar el hielo y la tierra…
La frase quedó incompleta, pero no hacía falta terminarla. Todos la entendieron.
Uno de los soldados de la Alianza, con el rostro tiznado y la armadura todavía marcada por el combate, asintió con violencia.
—Tiene razón. Si drenan ese poder o lo replican… se acabó todo.
—Entrar ahora sería suicidio —replicó Maeryn.
—¿Y dejarlos allá es mejor? —disparó Raeghan, girándose al fin hacia ella.
La nave se llenó otra vez de esa electricidad humana que no necesita rayos para herir. No era una discusión. Era un forcejeo entre el dolor y la razón.
Entonces ocurrió.
Un sonido metálico, profundo y monstruoso, sacudió la noche alrededor de las naves.
CHK-CHK-KLOK.
No vino de dentro. Vino de fuera. De algo enorme poniéndose en posición.
Las tres naves se estremecieron casi al mismo tiempo.
—¿Qué fue eso? —preguntó alguien, y su voz salió demasiado alta.
Raeghan giró hacia el cristal frontal. Lo que vio le vació el rostro.
En las azoteas y terrazas externas de los edificios cercanos, paneles metálicos comenzaron a desplegarse con movimientos limpios, perfectos, silenciosos.
Salían de la arquitectura como si siempre hubieran formado parte de ella.
Se abrían como pétalos de acero, uno tras otro, revelando baterías de artillería ocultas en el cuerpo mismo de la ciudad.
Cañones largos, blancos y dorados, con anillos azules cargándose desde el centro, fueron elevándose hasta apuntar directo a las naves que huían.
No eran defensas improvisadas. Eran colmillos.
—Eso… —susurró Maeryn, incapaz de apartar la vista—. ¿De dónde salieron?
Raeghan apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
—Artillería de rastreo —dijo—. Nos están dejando claro que pueden volarnos cuando quieran.
Nadie hizo otra pregunta. No había nada útil que decir.
Caldren reaccionó primero.
—¡Pilotos! ¡Avancen de inmediato! ¡Ahora!
Las naves respondieron al instante. Los motores rugieron con más fuerza. El casco vibró. Las alarmas internas empezaron a sonar, denunciando sobrecarga y tensión estructural mientras los cristales del velo oscilaban al límite.
Enderil había terminado sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las manos temblando sobre las rodillas.
—¡Lo juro… yo no sabía de esto! ¡Se los juro…!
Nadie lo miró. Ya no quedaba espacio para culpas individuales. El miedo se había vuelto demasiado grande, demasiado práctico.
Las naves descendieron con brusquedad, rozando corredores de viento, dejando atrás las líneas altas de Aerothis y buscando el borde del campo electromagnético.
Durante unos segundos interminables, las baterías de rastreo los siguieron como ojos abiertos en la noche.
Los anillos azules de carga brillaron una vez más. Luego otra. Pero no dispararon.
No necesitaban hacerlo.
La amenaza bastaba.
Cuando por fin cruzaron el límite del campo, el cambio fue inmediato.
El zumbido artificial de Aerothis quedó atrás.
La presión en el aire cedió. La luz blanca y geométrica se rompió y dio paso a la oscuridad real del mundo.
Hasta el sonido pareció volverse más profundo, más orgánico, más vivo.
Era como si los pulmones recordaran de pronto cómo respirar.
Y entonces los vieron.
A la distancia, recortados contra la luna y las nubes bajas, aguardaban los Titanes.
Samvarg estaba erguido sobre una elevación rocosa, inmenso, con el lomo de escarcha opaca reflejando el resplandor nocturno como una cordillera de hielo afilado.
Su pecho subía y bajaba despacio, pero cada exhalación derramaba una niebla azulada que congelaba la hierba a su alrededor.
Su hocico apuntaba hacia las naves con una quietud tan contenida que resultaba más terrible que un ataque.
Valgor permanecía un poco más atrás, plantado sobre la tierra con la estabilidad de una montaña viva.
Las placas de roca de sus hombros y lomo estaban cuarteadas por vetas de calor oscuro; el suelo bajo sus patas se había hundido por puro peso, y cada resoplido le salía del pecho como si una cantera entera rechinara por dentro.
Sus cuernos, macizos, anchos, parecían capaces de arrancarle el cielo a la noche si decidía embestirla.
Lume, entre ambos, brillaba menos que de costumbre. Su luz no era serena, sino quebrada. Las enredaderas de su pelaje temblaban con un pulso inestable, y de su cornamenta caían pequeños destellos verdes como si las hojas mismas estuvieran perdiendo fuerza.
No hicieron falta palabras.
Los Titanes sintieron la verdad en el mismo instante en que vieron regresar las naves… sin ellos.
Samvarg inclinó la cabeza apenas. Luego dejó escapar un sonido bajo, largo, profundo, un aullido que no nació en la garganta sino en algo mucho más antiguo.
Recorrió el valle como una cuchilla helada.
No era solo tristeza. Era pérdida hecha sonido.
Era el llamado de una bestia gigantesca que había sentido cortarse un vínculo en plena noche y aún no aceptaba el vacío.
Valgor respondió clavando sus pezuñas en la tierra.
El impacto hizo temblar el suelo bajo las naves, bajo los árboles, bajo los hombres. Fue un golpe contenido, no de ataque, sino de dolor. La tierra respondió con un estremecimiento largo, viejo, como si las raíces de medio mundo acabaran de enterarse al mismo tiempo.
Lume cerró los ojos un instante y su luz parpadeó con violencia, casi cegadora. Luego se quebró en un destello débil, doloroso, como si una parte de él hubiera sido arrancada desde muy lejos. A su alrededor, las hojas de los árboles se inclinaron y el bosque entero pareció ceder hacia abajo.
Entonces llegó el rugido mental.
No fue una frase. No fue una voz articulada.
Fue furia ancestral, impotencia absoluta, duelo sin lenguaje.
Rompió el pecho de quienes estaban en las naves como si una mano invisible les hubiera apretado el corazón.
No era una rabieta ni un lamento infantil.
Era la reacción de criaturas inmensas, antiguas, inteligentes, obligadas a sentir sin poder actuar.
El dolor de bestias demasiado grandes para llorar como los hombres.
Las manos de Raeghan se tensaron sobre los controles.
—Lo saben… —murmuró, y en su voz ya no quedaba nada de mando, solo cansancio.
Maeryn cerró los ojos.
—Siempre han sabido más que nosotros.
Caldren dio un paso hacia el vidrio frontal, como si quisiera acercarse a ellos aunque fuera inútil. Su voz apenas fue un susurro, pero pesó más que un grito.
—Perdónennos… No pudimos evitarlo.
Los Titanes no respondieron con pensamientos nítidos ni frases comprensibles. No había consuelo allí. No había absolución.
Samvarg se quedó inmóvil, pero la temperatura a su alrededor siguió cayendo hasta cubrir de escarcha las rocas.
Valgor mantuvo los puños enterrados, y nuevas grietas se extendieron en torno a él como venas negras en la corteza del mundo.
Lume bajó la cabeza, y el resplandor de su cuerpo se contrajo hasta parecer apenas el latido herido de un farol a punto de apagarse.
Aquella ausencia dijo más que cualquier palabra.
Dentro de las naves, nadie se atrevió a hablar. Ni los soldados, ni los pilotos, ni los ocelotes. Todos comprendieron lo mismo al mismo tiempo:
la guerra había dejado de ser una amenaza suspendida sobre el horizonte.
Ya no era una posibilidad.
Ya no era una preparación.
Ya no era algo que pudiera evitarse con prudencia, paciencia o ingeniería.
Ahora era inevitable.