Ascenso de sombras
El día envolvía Aerothis con un resplandor blanco y dorado tan limpio que parecía una mentira suspendida sobre el mundo.
Desde la altura, la ciudad flotaba entre nubes como una joya imposible: torres de mármol bruñido, raíles luminosos, plataformas aéreas y cúpulas de cristal que devolvían la luz con una perfección insoportable.
Nada crujía, nada se desbordaba, nada parecía fuera de lugar.
Incluso el cielo, domesticado por corrientes artificiales, tenía la serenidad de una trampa bien diseñada.
Por entre ese silencio impecable avanzaban las naves invisibles de la alianza.
No cortaban el aire; lo herían apenas. Bajo el efecto del velo quetzal, sus cascos no reflejaban luz y sus motores apenas dejaban un murmullo grave, parecido a una respiración contenida. Era como volar dentro de un suspiro.
En la cabina principal, Raeghan mantenía ambas manos sobre los controles sin apartar la vista del frente.
La luz azul de los paneles le endurecía aún más el rostro.
No veía las naves compañeras; solo las intuía en el comunicador, en la vibración del escuadrón manteniendo formación dentro de la oscuridad.
—Aún no hay señal de ellos —informó una voz desde la segunda nave. Era uno de los ocelotes de reconocimiento. Su tono sonó amortiguado, felino, demasiado contenido para ser tranquilidad.
Raeghan respondió sin apartar la vista de la ciudad.
—Mantengan la formación. Si los Fayne siguen vivos, lo sabremos pronto.
Agradecía, más de lo que admitía, que Kael, Thoren y Lira no estuvieran allí arriba. Lo último que deseaba era ver a los tres arrojándose de cabeza a una emboscada construida justo para romper lo que la alianza todavía conservaba entero.
Las naves cruzaron la última capa de nubes, y Aerothis se abrió ante ellos por completo.
Raeghan exhaló por la nariz.
—No puedo creer que esto exista… tan arriba, tan limpio.
Desde otra cabina, uno de los soldados respondió:
—Dicen que aquí nunca cae polvo. Todo se recicla. Hasta el aire.
Nadie encontró consuelo en eso.
Guiados por el mapa y las coordenadas enviadas por Enderil, se desviaron hacia el extremo este de la ciudad.
La estación que buscaban era enorme, pulcra, atravesada por columnas blancas y vitrales geométricos que reflejaban la luz en formas perfectas.
No tenía el aspecto de un punto de encuentro clandestino.
Tenía el aspecto de un lugar demasiado visible para servir de refugio.
Raeghan descendió con suavidad. Las naves se posaron sin ruido sobre una plataforma secundaria, envueltas todavía en el velo de invisibilidad.
—Bajo yo y uno más —ordenó—. Nadie más toca el suelo.
La compuerta se abrió con un suspiro mínimo. Raeghan y un ocelote cayeron al piso con la elasticidad de dos depredadores acostumbrados a moverse sin dejar huella. La estación estaba vacía.
Demasiado vacía.
Eso fue lo primero que le disgustó.
Ni pasajeros. Ni personal. Ni drones de mantenimiento. Ni el mínimo error humano que suele sobrevivir incluso en los lugares mejor ordenados.
El ocelote activó su rastreador y avanzó entre pilares de mármol con el cuerpo inclinado hacia adelante, respirando despacio. Raeghan seguía cada sombra, cada ángulo, cada reflejo en los cristales superiores. Entonces el rastreador vibró.
—Señor… ahí.
Entre dos columnas blancas, casi tragada por la penumbra, estaba la nave de los Fayne.
No destruida. No volcada.
Abandonada.
Raeghan sintió que el estómago se le cerraba.
Se acercaron con las armas listas, revisando la cabina, el fuselaje, el sistema de energía. Todo seguía en su lugar. Los compartimentos no habían sido vaciados. No había marcas de combate en el casco. No había sangre. No había arrastre.
—Encendido mínimo —murmuró el ocelote tras revisar el panel auxiliar—. Pero no detecto movimiento en el interior.
Raeghan pasó la mirada por el asiento del piloto, por el tablero todavía tibio, por la compuerta abierta.
—Aquí no cayó nadie —dijo al fin—. Bajaron. Caminaron por su cuenta… o los hicieron caminar.
El ocelote levantó la mirada.
—¿Qué hacemos?
Raeghan tardó solo un segundo en responder.
—Lo que harían ellos. Seguimos sus pasos.
Volvieron a las naves.
A medida que el escuadrón avanzaba hacia el centro de Aerothis, la incomodidad crecía.
Las calles eran demasiado perfectas, los jardines flotantes demasiado pulcros, los corredores aéreos demasiado silenciosos.
Todo estaba ordenado con una exactitud que no dejaba espacio para el error… ni para la vida.
Fue al acercarse al sector del Instituto Nyxarion cuando la ciudad mostró por fin los que tanto temían.
La torre dominaba el distrito como una aguja clavada en el cielo.
Sus líneas de energía azulada recorrían la superficie con pulsos regulares, como si dentro latiera una tormenta sometida.
A sus pies, sobre la explanada principal, una docena de robots de seguridad aguardaba en perfecta inmovilidad.
No eran Shinrai. Eran los modelos más antiguos, más pesados, más toscos.
Bestias mecánicas de combate con hombros anchos, placas industriales y miembros diseñados no para la elegancia, sino para la supresión directa.
Sus cuerpos blancos estaban recorridos por vetas azules; sus cabezas giraban con la lentitud exacta de máquinas que no necesitan prisa para matar.
—Este debe ser el lugar —murmuró Raeghan.
Las naves invisibles comenzaron a deslizarse por encima del distrito, buscando un punto de observación más alto. Entonces algo cambió.
No fue un ruido claro. Fue una vibración.
Un zumbido bajo recorrió los comunicadores. Las pantallas parpadearon. Los cristales del velo emitieron una pulsación irregular, como si algo en el entorno hubiera aprendido a rozarlos sin verlos del todo.
—Señor… —advirtió el ocelote de la nave sur—. Nuestros visores detectan un barrido electromagnético.
Abajo, los robots al pie de la torre giraron la cabeza al unísono.
Fue un movimiento tan exacto, tan simultáneo, que resultó más inquietante que un grito.
Luego, una luz azul se encendió en cada uno de sus pechos.
Raeghan sintió que la sangre se le enfriaba.
—No…
Las máquinas no podían verlos. El velo seguía intacto a simple vista. Pero los sensores de Aerothis habían detectado otra cosa: una ausencia en el viento, una alteración mínima en el flujo térmico, un vacío donde no debía existir nada.
Y eso bastó.
Tres robots avanzaron al mismo tiempo, levantando los brazos. Sus armas se desplegaron desde los antebrazos con un chasquido metálico, largas y limpias como huesos blancos abriéndose para mostrar cuchillas de luz.
—Nos detectaron sin vernos —dijo alguien por radio, y esta vez la contención en la voz se había resquebrajado por completo.
Raeghan apretó la mandíbula.
Ya no había retorno limpio.
Los robots se activaron por completo. La energía azul corrió por sus extremidades, encendiendo juntas, torsos y visores.
Sus pasos hicieron vibrar el suelo con una pesadez casi animal.
No caminaban como hombres. Caminaban como arietes vivos, como depredadores diseñados para avanzar sin vacilar.
Desde la torre, un segundo barrido sensorial cayó sobre el sector, más amplio, más agresivo. Y entonces empezaron a salir más.
Uno detrás de otro.
Uno detrás de otro.
Desde compuertas ocultas en la base del Nyxarion, desde corredores laterales, desde plataformas retráctiles que se abrieron como costillas mecánicas. Cada unidad que emergía sumaba otra capa de amenaza al paisaje. El distrito entero pareció despertar alrededor de ellos.
Un ocelote lanzó una maldición seca.
—Nos estaban esperando.
Raeghan observó la explanada, la torre, los corredores elevados, la cantidad de unidades desplegadas en cuestión de segundos. Algo no encajaba. Aquello no parecía una reacción improvisada. Parecía una respuesta preparada.
—Algo está mal —murmuró.
El vaho de su respiración vibró frente al visor.
—Nos descubrieron demasiado rápido.
Un segundo de silencio atravesó las cabinas. Luego Raeghan habló con la firmeza de quien entiende que el suspenso ha terminado y la guerra acaba de mostrar el rostro.
—Prepárense para defenderse.
El sonido de armas cargándose llenó los comunicadores.
Los ocelotes ajustaron lanzas de energía y proyectores cortos de pulso.
Los humanos activaron rifles lumínicos y sistemas de contención.
Las naves, todavía ocultas, comenzaron a rotar sobre sus propios ejes, alineando cañones, compuertas y rutas de evasión.
Abajo, una de las unidades levantó la cabeza. Su voz salió sin inflexión, fría, clara, inhumana.
—Irregularidad térmica detectada. Iniciando contención.
No hubo cuenta atrás.
No hubo advertencia.
El primer disparo cruzó la explanada como un relámpago horizontal y estalló a pocos metros de una de las naves invisibles.
El velo se deformó en el impacto, revelando durante una fracción de segundo la silueta espectral del fuselaje antes de volver a cerrarse.
Otro robot alzó el brazo. Otro cañón se encendió. El distrito entero entró en tensión.
Y entonces todo explotó.
No todavía en fuego abierto, no todavía en carnicería total, sino en ese punto exacto donde el mundo contiene el aliento antes del primer choque verdadero: sensores gritando, motores elevando su rugido, metal preparándose para partir metal.
Sobre Aerothis, el cielo blanco dejó de parecer un paraíso.
Ahora era un techo de vidrio a punto de quebrarse.