El rostro del progreso #2
Caldren arrancó una barra metálica de una estructura decorativa caída a medias y la blandió con ambas manos.
El primer Shinrai atacó desde arriba; él bloqueó de lado y el impacto le subió por los hombros como si hubiera detenido una descarga de rayo con el cuerpo desnudo.
Aun así, giró la cadera y devolvió el golpe con brutalidad.
La barra chocó contra el casco liso del autómata y lo agrietó desde la sien hasta la mandíbula.
El sonido fue seco, brutal.
Bajo la carcasa blanca asomó un entramado interno de filamentos luminosos y placas móviles, junto a un núcleo interior que chisporroteó con furia azul. No había carne. No había duda. No había nada que suplicara.
El segundo Shinrai golpeó a Caldren por el costado antes de que pudiera rematar. El impacto lo levantó del suelo y lo arrojó varios metros atrás. Cayó de hombro, rodó, se incorporó de rodillas. El mármol bajo él se agrietó como una placa de hielo sometida a demasiado peso.
Maeryn corrió hacia él, pero el tercer Shinrai apareció en su camino y la sujetó del brazo con una precisión aterradora. No le rompió el hueso. No la desgarró. Solo aplicó la fuerza exacta para inmovilizarla. Esa contención perfecta resultaba más obscena que la violencia abierta.
—¡Caldren!
Él intentó levantarse, pero los otros dos ya estaban sobre él.
Enderil quiso intervenir. Dio dos pasos, alzó una mano hacia un panel lateral, quizá buscando activar algo, quizá solo improvisando.
Nunca llegó a tocarlo. Un golpe blanco lo alcanzó en el costado y lo lanzó contra una columna.
Su cuerpo chocó con un crujido sordo y cayó al pie del mármol, sin aire suficiente para gritar.
Vaeron comenzó a bajar la escalinata.
No deprisa. Nunca deprisa.
Los Shinrai se apartaban apenas a su paso, como una guardia ceremonial que reconociera en él algo más que a un creador. Algo cercano al dueño.
—El progreso no necesita fe —dijo mientras descendía—. La fe es la muleta de quienes no pueden entender la estructura del mundo. El progreso necesita sacrificio. Materia. Obediencia. Dirección. Y ustedes, Fayne… siempre fueron admirables proveedores de las tres primeras. Solo fallaron en la última.
Caldren escupió sangre al mármol y volvió a incorporarse. Esta vez alcanzó a ponerse de pie antes de que los Shinrai lo sujetaran. Dos de ellos lo tomaron por los brazos. La presión fue exacta y brutal. No lo aplastaban. Lo reducían.
Maeryn seguía forcejeando.
—¡¿Qué le hiciste a mi hija?! —rugió Caldren, con una voz tan salvaje que incluso algunos invitados retrocedieron.
Vaeron se detuvo a escasos pasos de él.
Lo miró como se mira una pieza antigua que todavía conserva valor sentimental.
—La perfeccioné —respondió con suavidad—. Le quité la fragilidad que ustedes jamás habrían sabido proteger. Le di propósito. Le di forma. Le di un futuro más allá del miedo y la mediocridad que tanto aman llamar humanidad.
Maeryn dejó de forcejear.
Por un segundo, todo su cuerpo se quedó quieto.
No porque aceptara lo que oía, sino porque una parte de ella había cruzado un umbral del que ya no se regresa siendo la misma.
Vaeron giró hacia la multitud.
—Ciudadanos de Aerothis —declaró—, disculpen esta interrupción. Algunos individuos se resisten todavía a comprender que el sufrimiento no desaparece negándolo. Se transforma, se administra y, finalmente, se optimiza.
Las luces del salón aumentaron de intensidad. Los vitrales devolvieron la escena multiplicada en decenas de reflejos: Caldren de rodillas, Maeryn inmovilizada, Enderil derrumbado, los Shinrai erguidos como espadas blancas, Vaeron en el centro, sereno, impecable.
—Pronto —dijo—, todos volverán a encontrar su lugar.
Los Shinrai apretaron.
Caldren cayó de rodillas con un golpe seco. El sonido del impacto resonó en la sala como una campana funeraria, aunque nadie se atrevió a nombrarlo así. El público seguía mirando. Algunos horrorizados. Otros fascinados. Otros, quizá los peores, tranquilos.
Maeryn lo vio y algo en su mirada cambió.
Ya no era solo rabia.
Era decisión.
Una decisión terrible, quieta y definitiva.
Vaeron levantó apenas el rostro, saboreando el dominio de la escena.
Las luces blancas del salón comenzaron a intensificarse, no de forma natural, sino con el pulso creciente de una sobrecarga controlada.
Los filamentos de las columnas, las líneas del suelo, las vetas en las cúpulas: todo empezó a brillar al mismo tiempo, como si Aerothis estuviera cerrando el puño alrededor de ellos.
Caldren alzó la cabeza a pesar de la presión sobre los hombros.
Maeryn dejó de luchar.
Enderil, medio aturdido junto a la columna, intentó incorporarse y vio lo mismo que ellos: Vaeron no estaba improvisando una humillación pública. Estaba cerrando un experimento.
Las luces subieron un grado más.
El blanco del salón se volvió insoportable.
Y antes de que nadie pudiera comprender qué forma exacta tendría el siguiente golpe, la mentira luminosa de Aerothis mostró por completo su verdadero rostro: no el de una ciudad perfecta, sino el de un laboratorio dispuesto a devorar en público a quienes aún recordaban que el cielo alguna vez tuvo corazón.