El palacio de la luz
La nave avanzaba en silencio por los niveles superiores de Aerothis.
El viento ya no se sentía como viento, sino como una corriente regulada, limpia hasta resultar antinatural.
A través del cristal polarizado, la ciudad se extendía como una sinfonía de luz fría: muros de mármol blanco surcados por vetas doradas, calles suspendidas de cristal reforzado, torres de flujo eléctrico que latían con un pulso azul constante, como si toda la ciudad compartiera un mismo corazón.
No había caos visual.
Solo energía.
—Han cambiado todo —murmuró Maeryn, observando el horizonte sin apartar la mano del costado, donde el arma oculta descansaba bajo la tela del traje.
—O han hecho que lo parezca —respondió Caldren.
Él tampoco soltaba del todo la tensión. Sus dedos rozaban el mango escondido bajo la capa con la naturalidad de quien ha sobrevivido demasiado tiempo como para confiar en un lugar hermoso.
Enderil, sentado frente a ellos, notó el gesto.
—Pueden relajarse —dijo con voz baja—. Nadie sospecha de nosotros.
Caldren no le respondió. La desconfianza no se le iba a borrar por mucho oro que colgara de las torres.
A medida que avanzaban, Aerothis mostraba otra cara de sí misma.
Desde arriba, la ciudad se desplegaba en niveles ordenados, donde ascensores abiertos subían y bajaban sin pausa entre torres de cobre pulido y cristal lechoso.
Plataformas suspendidas rotaban lentamente para redistribuir el tránsito, mientras vehículos compactos se desplazaban en líneas exactas, sin choques ni desvíos.
Todo brillaba.
Todo respiraba con una perfección demasiado exacta.
—Si no supiera lo que ocurre bajo esas torres —dijo Maeryn—, pensaría que esto es hermoso.
—Lo es —respondió Enderil, sin despegar la vista del frente—. Pero no para los de abajo.
Caldren siguió la dirección de su mirada hasta la gran torre que dominaba el centro de la ciudad.
Era más alta que cualquier otra, un coloso de cristal dorado y superficies pulidas que devolvían el sol como si lo licuaran en su piel.
En su base, una red de plataformas alimentaba el edificio con haces de energía azul que ascendían por sus muros como venas brillantes.
El nombre giraba sobre el acceso principal, grabado con elegancia cruel:
Instituto Nyxarion — División Energética Suprema
—El corazón de Aerothis —dijo Enderil—. O al menos eso repiten aquí arriba.
Caldren entrecerró los ojos.
—“Nyxarion”. El lugar de lo imposible.
—El lugar donde hacen pasar el tormento por eficiencia —corrigió Maeryn.
Enderil dejó escapar una exhalación breve.
—Lo llaman progreso. Alimentan la ciudad con energía que no les pertenece y lo presentan como la culminación de nuestra especie.
Maeryn giró hacia él.
—Antes dijiste que usaban la energía de Stromar.
Esta vez Enderil tardó en contestar.
—Eso es lo que se murmura en los niveles altos.
Que durante la última gran ofensiva lograron capturar una parte de su poder.
No al Titán completo… solo una chispa suficiente para reescribir la ciudad a su alrededor.
—Hizo una pausa, como si la frase le pesara—.
Dicen que desde entonces el clima dejó de ser clima y se volvió sistema.
Como si quisiera confirmar sus palabras, una descarga blanquiazul cruzó en la distancia, atrapada dentro de una capa de nubes inmóviles. No sonó como un relámpago real. Fue más seco. Más contenido. Un latido eléctrico obligado a repetirse.
—Ahí está la cúpula de contención atmosférica —señaló Enderil—. Mantiene el aire “estable”.
Caldren soltó una risa sin humor.
—¿Clima domesticado?
—Eso dicen. Armonía de los elementos. —Enderil inclinó apenas la cabeza—. Yo lo llamaría obediencia forzada.
Maeryn observó la bóveda lejana, donde la tormenta parecía inmóvil, contenida como una bestia con el cuello torcido.
—Eso explica el silencio —dijo.
—Y la calma —añadió Enderil—. Aerothis vive su era dorada.
El tono con que lo dijo no era orgulloso, pero tampoco completamente amargo. Había en él algo más peligroso: la costumbre de quien lleva demasiado tiempo viviendo dentro del monstruo.
La nave siguió ascendiendo entre corredores aéreos cada vez más densos.
Bajo ellos, los distritos superiores se desplegaban con una simetría casi ofensiva.
Casas suspendidas sobre columnas lumínicas.
Plazas sin basura, sin hollín, sin improvisación.
Fuentes donde no corría agua, sino filamentos líquidos de luz.
Los ciudadanos avanzaban con una cadencia uniforme, como si una partitura invisible les dictara la velocidad exacta de cada paso.
Todo estaba demasiado limpio para ser inocente.
—Nunca la habíamos visto así —murmuró Maeryn.
—Siempre desde abajo —dijo Caldren—. Desde túneles, drenajes, muros rotos y humo.
Enderil apoyó los dedos sobre la consola y, sin girarse, habló con una serenidad que erizaba la piel.
—Por cada torre que ven, hay gente debajo sosteniéndola. Por cada sonrisa en estas pasarelas, hay una voluntad vaciada en los laboratorios del Nyxarion. Por cada día perfecto… alguien se está consumiendo para que el resto no vea el precio.
Caldren lo miró de reojo.
—Y aun así sigues aquí.
—Sí —respondió Enderil—. Porque alguien tiene que abrirles una puerta desde dentro.
La frase quedó suspendida unos segundos. Luego Caldren cambió de ángulo.
—Antes hablaste de señales. De alguien que podría estar filtrando información de la Alianza. ¿Qué sabes realmente?
Enderil tensó apenas la mandíbula. La nave corrigió el rumbo con una elegancia automática mientras él medía la respuesta.
—No tengo un nombre.
—Eso ya lo dijiste.
—Porque sigue siendo verdad. —Sus dedos se deslizaron por el panel con una precisión casi excesiva—.
Solo veo patrones. Movimientos que Aerothis anticipa demasiado pronto.
Rutas que dejan de ser seguras antes de que debieran haber sido conocidas.
Decisiones que aquí arriba parecen esperar antes de que ustedes las tomen abajo.
Maeryn se inclinó un poco hacia delante.
—Las señales no aparecen solas.
—Lo sé.
—Entonces alguien está hablando.
Enderil exhaló lentamente.
—O alguien está siendo escuchado sin saberlo.
Caldren apoyó una mano en el respaldo del asiento.
—Si sabes algo más, dilo ahora.
Enderil guardó silencio un segundo, quizá dos.
—Sé que el colapso se acerca —dijo al fin—. Aerothis parece más perfecta que nunca, y justamente por eso está más frágil. Cuando un sistema elimina todas sus dudas, cualquier grieta lo hace sangrar de golpe.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No —admitió él—. Pero es la verdad más útil que puedo ofrecerles hoy.
Maeryn no apartó la vista de él.
—Nos estás pidiendo confianza.
—Les estoy pidiendo tiempo —corrigió Enderil—. Aquí arriba, acusar demasiado pronto puede matarnos antes de que encontremos a quien de verdad busca enterrarlos.
Nadie respondió. El motor mantuvo su zumbido bajo, constante. La ciudad siguió desplegándose bajo ellos, intacta, resplandeciente, enferma.
Poco después, la nave cruzó una última línea de torres y el distrito noble apareció ante ellos.
El palacio surgió en el centro del horizonte como una pieza arrancada de una fantasía ajena.
Columnas de mármol blanco, cúpulas de bronce pulido, balcones de cristal dorado y fuentes donde la luz líquida caía en hilos perfectos.
El edificio no parecía construido; parecía exhibido.
A lo largo de la explanada ondeaban estandartes claros con el emblema geométrico de Aerothis: círculos concéntricos y un núcleo dorado, símbolo de orden absoluto, pureza y equilibrio inquebrantable.
En las plataformas de acceso ya descendían otras naves, cada una más ornamentada que la anterior.
Los pasajeros caminaban hacia la entrada principal con máscaras de gala, telas traslúcidas, joyas discretas y sonrisas medidas.
La música de cuerdas automáticas flotaba en el aire, limpia, calculada, sin una sola nota fuera de lugar.
Y patrullando entre ellos estaban los guardianes.
Autómatas altos, pulidos, de un blanco impecable.
Sus cuerpos carecían de desgaste, como si jamás hubieran conocido el combate.
Detalles dorados recorrían sus articulaciones con una simetría quirúrgica.
Donde deberían haber tenido ojos, llevaban líneas azules que pulsaban con exactitud glacial.
No vigilaban con rabia, ni con miedo, ni con orgullo. Solo ejecutaban.
Maeryn los contempló en silencio.
—Ni una arruga. Ni una marca. Ni un fallo visible.
—Ni una vida dentro —dijo Caldren.
La nave descendió por fin sobre una plataforma lateral, elegante y silenciosa. Enderil manipuló los controles de atraque y luego se volvió hacia ellos.
—A partir de aquí, sonrían lo justo y hablen menos todavía.
Metió la mano en un compartimento y extrajo las máscaras. Eran ligeras, refinadas, hermosas en el peor sentido posible. Caldren y Maeryn se las colocaron mientras ajustaban la caída de sus capas y la posición de sus hombros.
Enderil dudó antes de añadir lo siguiente.
—Con todo respeto… deben dejar las armas aquí. Las revisiones de acceso son discretas, pero exhaustivas.
Caldren no se movió.
—¿Y si esto es una trampa?
—Entonces las armas no cambiarán nada —respondió Enderil—. Todos los que entran ahí dentro cargan algo más peligroso que el acero.
Maeryn sostuvo la mirada de su esposo. No hacía falta discutirlo. Sabían que tenía razón. Caldren abrió el compartimento lateral y dejó dentro su arma. Maeryn hizo lo mismo. El gesto les costó más que las horas de vuelo.
Enderil terminó de ajustar su propia máscara y se incorporó.
—Recuerden —dijo—: aquí las sonrisas valen más que la verdad.
La compuerta se abrió con un suspiro suave. El aire perfumado de Aerothis los envolvió de inmediato: ozono, fragancias minerales, flores sin tierra y esa limpieza casi clínica que convertía la respiración en una ofensa.
Descendieron uno tras otro.
Los recibió la luz dorada del palacio, la música perfecta, el vaivén elegante de la multitud y el rumor preciso de una ciudad que había aprendido a ocultar su podredumbre bajo mármol, cristal y relámpagos robados.
Aerothis sonreía.
Y ellos acababan de entrar en su mentira.