Entre cielos y vidrio
El vuelo transcurrió en un silencio denso, sostenido por el murmullo grave de los motores.
La nave cortaba las nubes con una suavidad antinatural, como una hoja fina deslizándose sobre seda mojada.
En el tablero, pequeñas luces azules, ámbar y verde pálido latían con un pulso regular, iluminando los rostros de sus dos ocupantes.
Cada símbolo grabado en el metal parecía respirar; cada línea de energía vibraba con esa mezcla inquietante de ingeniería y voluntad viva que el valle había perfeccionado a escondidas.
Llevaban ya horas ascendiendo.
Caldren pilotaba con las manos firmes sobre los mandos, aunque el leve temblor de sus nudillos lo delataba. A su lado, Maeryn observaba el horizonte sin parpadear demasiado, como si temiera que, al cerrar los ojos, la ciudad reapareciera en su memoria con la violencia exacta de la última vez.
Volvían a Aerothis.
No como prisioneros. No como exiliados.
Como intrusos.
Maeryn fue la primera en romper el silencio.
—¿Recuerdas la última vez que subimos?
Caldren no apartó la vista del frente.
—Recuerdo el frío —dijo—. Y recuerdo que juramos no volver.
La voz de Maeryn se curvó apenas en una media sonrisa cansada.
—Y aun así…
—Aquí estamos.
El silencio regresó, pero ya no era vacío. Afuera, la bruma se espesaba en capas blancas y compactas, como si volaran dentro de un pensamiento demasiado antiguo.
Maeryn giró apenas la cabeza hacia él.
—¿Tienes miedo?
Caldren soltó aire por la nariz, sin risa.
—Siempre. —Entonces la miró un instante—. Prefiero eso al olvido.
Ella asintió despacio. Había ternura en su expresión, pero también algo más duro, más afilado.
—Entonces no olvides quién eres cuando estemos arriba.
—No podría hacerlo si tú estás conmigo.
Sus manos se rozaron sobre el borde del asiento. Solo un instante. Suficiente.
Poco después, los indicadores de altitud comenzaron a titilar con un patrón distinto.
El aire se volvió más fino, más frío; la presión cambió dentro de la cabina como si el cielo estuviera cerrando los dedos alrededor de ellos.
Lor Vynn había sido claro: cuando las ramas dejaran de proyectar sombra sobre el casco, sería el momento.
Caldren respiró hondo.
—Ahora.
Maeryn asintió. Los dos extendieron las manos hacia el centro del tablero, donde un cristal pequeño flotaba suspendido entre dos anillos metálicos. El núcleo vibraba con un zumbido bajo, casi tímido, como el corazón de un animal que sabe que está a punto de desaparecer.
Se miraron una vez más.
Luego presionaron juntos.
El zumbido cesó.
Durante un segundo exacto, todo pareció detenerse.
No fue una sacudida ni una explosión, sino una contracción silenciosa: el aire colapsó alrededor del casco, se adhirió a la nave, y luego se expandió en una onda tan sutil que apenas alteró la luz dentro de la cabina.
Las líneas exteriores se apagaron. El reflejo del fuselaje desapareció de los paneles laterales.
Caldren apretó la mandíbula.
—¿Funciona?
Maeryn miró por la ventanilla.
El cielo seguía allí: nubes, claridad, reflejos de sol. Pero la sombra de la nave ya no estaba.
—No lo sé —murmuró—. Pero si no podemos vernos, es una buena señal.
No sonrieron de verdad, aunque ambos estuvieron cerca. La invisibilidad había respondido. El mundo acababa de perder su rastro.
Siguieron ascendiendo.
Unas horas después, las nubes comenzaron a abrirse de golpe, rasgadas por corredores de luz. La blancura se partió en grandes láminas flotantes y, entre ellas, apareció Aerothis.
La ciudad de los cielos se alzó ante ellos como una joya suspendida en el vacío.
No era la VeyLun que habían conocido. No era siquiera la ciudad decadente que recordaban haber dejado atrás.
Aquello era otra cosa: una versión corregida, blanqueada, perfeccionada hasta volverse irreconocible.
Las torres se elevaban lisas y luminosas, bañadas en tonos de blanco y oro frío.
Los raíles flotaban sin esfuerzo visible, y los trenes se deslizaban sobre ellos con una elegancia matemática, sin humo, sin rugido, sin alma.
Los globos aerostáticos seguían presentes, pero ya no ardían desde dentro; flotaban sostenidos por una energía azul constante, limpia, pulida hasta lo inhumano.
Todo estaba en orden.
Demasiado en orden.
Desde arriba, las calles parecían trazadas con regla y obediencia.
Los jardines verticales descendían por los muros en patrones idénticos, podados con una precisión que los hacía parecer falsos.
Las fuentes lanzaban agua en secuencias exactas.
Las pasarelas de cristal reforzado reflejaban un cielo tan puro que daba la impresión de haber sido lavado.
Las naves cruzaban el aire en trayectorias perfectas, como constelaciones disciplinadas.
Era hermosa.
Y por eso mismo resultaba monstruosa.
Maeryn sintió que se le cerraba la garganta.
—Es… perfecta.
Caldren entrecerró los ojos, sin permitirse el asombro.
—Sí. Demasiado.
En el centro de la ciudad se alzaba una torre más alta que todas las demás.
Su superficie devolvía la luz con la fluidez del metal líquido.
No parecía construida: parecía impuesta.
En su base, un emblema giraba lentamente sobre una plataforma suspendida, grabado con una tipografía antigua, elegante, diseñada para parecer eterna.
Instituto Nyxarion — División Energética Suprema.
Maeryn leyó el nombre en voz baja, como si temiera despertarlo.
—Así que este es el nuevo rostro.
—El nuevo nombre —corrigió Caldren—. El deseo inhumano sigue siendo el mismo.
Ella no apartó la vista del edificio.
—O peor.
Mantuvieron el rumbo bordeando las principales rutas aéreas.
El tráfico aumentaba a medida que penetraban en los distritos más altos: dirigibles elegantes, vehículos personales impulsados por impulsos de luz, plataformas móviles que se deslizaban con un silencio irritante.
Hasta el viento parecía obedecer un diseño previo.
Nada flotaba por accidente. Nada vibraba fuera de tiempo.
Conforme avanzaban hacia la periferia, los colores se suavizaron.
Los sectores exteriores estaban compuestos por estructuras esféricas suspendidas, habitáculos cristalinos y plataformas más nuevas, levantadas con una limpieza casi clínica.
Aerothis ya no parecía una ciudad habitada por hombres.
Parecía una máquina gigantesca que se hubiese convencido de que los humanos eran un accesorio prescindible.
Caldren ajustó la altitud.
—Las coordenadas están más allá del distrito principal.
Maeryn revisó el mapa tridimensional que flotaba a un lado del tablero.
—Justo en el borde del tránsito viejo. Antes era una zona de carga. Ahora…
No terminó la frase. No hacía falta. Ya lo estaban viendo.
Debajo de ellos, la estación de Borealis se desplegó con toda su escala absurda: una cúpula inmensa de cristal pulido, raíles dorados suspendidos a distintas alturas y locomotoras silenciosas desplazándose con una exactitud ofensiva.
En los muros exteriores se conservaban todavía relieves del antiguo Pacto de los Cielos, restaurados con un cuidado tan perfecto que daban ganas de destruirlos con las manos.
Eran escenas de unión convertidas en ornamento. Mentiras hermosas.
—Nunca la habíamos visto así —dijo Maeryn, con una mezcla de asombro y repulsión.
—Ni tan limpia —respondió Caldren.
Ella clavó la vista en una de las plataformas vacías, demasiado pulida, demasiado quieta.
—Ni tan muerta.
Sobrevolaron la estación y siguieron unos minutos más.
Más allá del núcleo de tránsito, la ciudad perdía algo de su resplandor central, pero ganaba en silencio.
Allí comenzaban las zonas donde el progreso dejaba de exhibirse y simplemente vigilaba.
El punto acordado estaba cerca de lo que una vez había sido un mercado de carga.
Ahora apenas quedaban cimientos antiguos rodeados por estructuras nuevas, lisas, cerradas, sin un rasgo inútil.
Caldren redujo velocidad.
La nave descendió con lentitud entre polvo fino y remolinos de hojas secas atrapadas entre los edificios. Invisible, sin dejar sombra, sin disparar alarmas. El casco apenas susurró al rozar el aire más denso de los niveles bajos.
Ni un dron apareció.
Ni una torreta giró.
Ni una voz exigió identificación.
Solo el murmullo del viento atrapado entre las construcciones, deslizándose por corredores de vidrio y metal como un animal al que hubiesen enseñado a no aullar.
—Hemos llegado —dijo Caldren.
Maeryn asintió, pero no hizo ademán de abrir la compuerta. Se quedó observando el entorno: la entrada lejana de la estación, las pasarelas vacías, la geometría impecable del abandono administrado.
Esperaron.
Nadie salía. Nadie cruzaba. Nada parecía moverse salvo los reflejos mínimos del sol sobre el cristal y la sombra de las nubes deslizándose, muy arriba, donde el cielo seguía fingiendo inocencia.
Caldren dejó una mano sobre el seguro de apertura.
Maeryn mantuvo la mirada fija en la distancia.
Iban a esperar a Enderil.
O a cualquier otra cosa que decidiera encontrarlos primero.