La brasa y la bestia
La ciudad había vuelto a manos de la maleza.
Las pasarelas de madera se arqueaban bajo el peso de las enredaderas, y los puentes que alguna vez unieron terrazas, huertos elevados y corredores de vigilancia eran ahora costillas vencidas, cubiertas de musgo y hongos pálidos.
Un estanque antiguo retenía agua inmóvil que olía a hoja cocida y barro dormido.
Entre los troncos se adivinaban cabañas de techo inclinado, con paredes de barro cuarteado y marcos de puertas devorados por líquenes.
La naturaleza no había arrasado aquel lugar.
Había hecho algo peor y más paciente: lo había recuperado.
En medio de ese teatro verde y podrido, Rykan se movía solo.
Las ropas que había encontrado en una de las pocas cabañas aún enteras no se parecían en nada a las que habría usado un portador del fuego.
Eran prendas de fibra vegetal, cosidas con hilo resistente: una túnica corta, vendas apretadas en antebrazos y empeines, un pantalón ceñido con refuerzos en rodillas y caderas.
A simple vista parecía un guerrero de la tribu de la naturaleza, no un hombre que cargaba fuego en las venas.
El contraste no lo incomodaba. Eran ligeras, no ardían con facilidad y le permitían moverse sin estorbo. Eso bastaba.
Había escogido un claro delimitado por raíces gruesas, elevadas como columnas torcidas.
Allí dispuso sus herramientas de práctica: dos troncos colgados con cuerdas vegetales, un poste de golpeo hecho con discos de corteza endurecida, un armazón de ramas cruzadas y varias piedras colocadas a distintas alturas.
Nada pulcro. Nada simbólico. Todo servía para ser golpeado, roto o derribado.
Se plantó en el centro del claro y cerró los ojos.
Inspiró.
Contó cuatro al entrar.
Contó cuatro al salir.
La mandíbula se aflojó. El abdomen se tensó. El peso se repartió en la planta del pie. Cuando abrió los ojos, ya no era un hombre contemplando objetos. Era una bestia conteniéndose a sí misma.
El primer paso fue corto. Luego giró la cadera. Hombro. Muñeca.
El golpe contra el poste sonó seco, duro, imperfecto.
Corrigió el ángulo sin detenerse. Codo. Rodilla.
Tibia. El cuerpo dibujó un círculo invisible que siempre volvía al centro, como si cada movimiento naciera de un mismo núcleo enterrado en el pecho.
Las manos entraban y salían como resortes.
El aire le silbaba entre los dientes. El aliento marcaba la cadencia.
El fuego apareció cuando él lo permitió: un hilo rojo en los nudillos, otro en el empeine, una línea viva subiendo por el antebrazo como una vena abierta.
Lo dejó existir apenas un latido y lo apagó con la misma naturalidad con la que alguien cierra la mano.
Siguió. Bajo. Medio. Alto. El tronco vibró.
El armazón de ramas crujió y se inclinó sin romperse.
Rykan giró sobre el pie de apoyo y soltó una patada con la tibia. No hubo espectáculo. No hubo llamarada. Hubo exactitud. La madera respondió con un golpe hueco, casi animal.
Entonces pasó al armazón.
Encendió apenas la planta del pie, lo suficiente para marcar la superficie sin convertirla en ceniza.
Subió y bajó las piernas en ráfagas medidas, cambió de guardia, esquivó el balanceo de uno de los troncos colgantes con una inclinación mínima de cuello.
Hundió el hombro. Levantó el codo. Exhaló por la nariz.
El claro se llenó de golpes, fricciones y respiración, como si una tormenta hubiera aprendido a pelear en silencio.
Esta vez sí dejó vivir la llama un poco más.
Ardió en sus puños como un corazón breve, contenido, feroz, sin voluntad de devorar, solo de afilar.
El poste de discos fue el primero en ceder.
No explotó en astillas ni se partió de forma aparatosa.
Se abrió en una línea casi perfecta, como si el fuego hubiera decidido con paciencia por dónde quebrarlo. Cayó sobre las hojas con un suspiro.
—Otra vez —murmuró, más para el cuerpo que para sí mismo.
Tres combinaciones más, y el armazón se vino abajo pieza a pieza, como una tienda desmontada con manos brutales pero exactas.
Las piedras marcadas con carbón se resquebrajaron en los bordes donde él había apuntado.
Cuando terminó, el claro era un desorden útil: fragmentos de corteza, cuerdas vencidas, ramas rotas, polvo y olor a calor reciente. El fuego se apagó solo, obediente.
Rykan se quedó inmóvil, con los puños a la altura del mentón.
El pecho subía y bajaba con lentitud controlada.
El sudor le corría por las sienes en hilos breves.
No había rabia en su respiración. Había trabajo.
Evaluó el terreno con una sola mirada, como un depredador inspeccionando una cacería terminada.
Nada de lo que había dispuesto le serviría ya. Lo había llevado hasta el límite.
Cruzó el claro, recogió la túnica que había dejado sobre una raíz y se la echó encima. Se ajustó el cinturón tejido. No tomó nada más. Echó a andar hacia la calle principal de la aldea devorada.
Las casas arruinadas lo observaron pasar con sus puertas abiertas como bocas viejas.
A un lado vio un cuenco de arcilla lleno de semillas petrificadas; más allá, una viga caída con marcas de uñas; luego, un banco cubierto de hojas secas, como si alguien acabara de levantarse después de dormir cien años.
El sol se filtraba entre las copas en manchas irregulares y cobrizas.
Fue entonces cuando oyó el ruido.
No fue un crujido claro. Más bien una fricción leve entre ramas y hojarasca. Se detuvo en seco y giró de perfil. La guardia le nació sola: los dedos relajados, el centro del cuerpo endurecido, la respiración más corta.
—Sal.
Nada.
Esperó.
Entonces la nada tomó forma de zorro.
No era un animal hermoso, ni mucho menos una ruina.
Era algo intermedio, un sobreviviente. El pelaje mostraba remiendos de color: naranja apagado, gris sucio, mechones largos donde no debían y zonas cortas como arrancadas a dentelladas.
Una oreja terminaba en una punta desgarrada.
Sus ojos, en cambio, eran extraños: uno de un ámbar profundo; el otro, azul lavado, casi blanco, como agua vieja atrapada bajo hielo delgado.
Caminó bajo, olfateando el suelo, con la prudencia seca de quien conoce demasiado bien los dientes del mundo.
Rykan bajó apenas la guardia.
El zorro avanzó un paso.
Se miraron.
—No tengo comida —dijo Rykan al fin, y siguió caminando.
El zorro lo siguió a tres pasos de distancia.
Rykan no miró atrás.
—Ni hambre de compañía.
El animal mantuvo exactamente la misma separación, como si hubiera entendido la línea, pero no estuviera dispuesto a respetar el sentido de la frase.
Cruzaron un puente de tablas hundidas. Bajaron un terraplén invadido por raíces gruesas. Avanzaron por un sendero donde las piedras sueltas parecían huesos enterrados. El zorro no lo estorbó. No gimió. No pidió. Acompañó.
Rykan se detuvo junto a un anillo de piedras donde alguna vez hubo una fogata. La ceniza seguía húmeda. El zorro se quedó enfrente, atento, con el hocico apenas alzado.
—No debo —murmuró Rykan, más para sí mismo que para él. Luego resopló—. Qué más da.
Se internó unos pasos entre la hierba alta, apartó hojas con la punta del pie, removió una raíz, tiró de otra. Volvió con un puñado de raíces finas, un bulbo blando y dos vainas secas como pergamino. Lo dejó todo sobre una piedra plana.
Acercó la mano. Una brasa del tamaño de una uña apareció entre los dedos y pasó a la superficie.
No hubo llama alta ni gesto teatral. Solo calor.
El aroma subió enseguida: terroso, amargo, con una dulzura mínima al fondo.
Peló una raíz con el pulgar, la giró sobre la piedra caliente y la dejó tostar.
La vaina crujió. El bulbo comenzó a sudar un jugo claro que se volvió oscuro en segundos.
Cuando estuvo listo, empujó la comida con el dorso de la mano hasta el límite entre ambos.
—Es esto o seguir buscándote la vida. No tengo más.
El zorro olió primero. Probó después. Retrocedió medio paso. Probó otra vez. Al tercer mordisco empezó a comer con urgencia, aunque sin apartar del todo la vista de Rykan. Cuando terminó, lamió la piedra con movimientos precisos, como si quisiera borrar su propia necesidad.
Levantó luego el hocico y esperó.
—No hay segunda ronda —dijo Rykan, poniéndose de pie—. Aquí nadie da banquetes.
El zorro lo miró con ese ojo azul blanqueado por la luz.
Él negó con la cabeza.
—Vete.
El animal retrocedió dos pasos.
Rykan giró y se alejó por el sendero.
Detrás, el zorro dudó apenas el tiempo de un parpadeo largo. Luego volvió a seguirlo.
—Eres terco —gruñó Rykan, sin detenerse—. Y no te conviene.
El zorro ladeó la cabeza y aceleró medio paso.
Rykan soltó aire por la nariz.
—No me gusta hablar solo —admitió—, pero contigo es casi lo mismo.
Atravesaron un corredor de árboles curvados que formaban un arco natural. A ambos lados, macetas rotas habían terminado llenas de helechos. Un guijarro se soltó bajo la sandalia de Rykan y rodó cuesta abajo. El zorro lo persiguió dos metros por puro instinto y volvió enseguida, con la cola baja.
El camino empezó a subir. Desde lo alto de la loma se veía la aldea invadida: techos tragados por hojas, un puente vencido, una torre de observación rota donde ahora anidaban ramas y sombra. El viento trajo un olor a lluvia que aún no existía.
Rykan se detuvo.
—No te vas a quedar —dijo, sin mirarlo directamente—. No conmigo.
El zorro se sentó.
Movió la cola una sola vez.
Parpadeó.
Nada más.
Rykan volvió a caminar.
Esta vez no repitió la orden.
El zorro tampoco pidió permiso.
Siguieron así durante un buen trecho: uno delante, el otro a distancia prudente, lo bastante cerca para que su presencia pesara, lo bastante lejos para fingir que no iban juntos.
Cuando el sol empezó a hundirse y el bosque se llenó de sombras largas, Rykan se detuvo junto a un tronco caído.
Recogió agua en una hoja cóncava y bebió.
El zorro, más abajo, lamió una piedra húmeda.
Luego el animal se acercó un poco más y olfateó el rastro de sus sandalias.
Rykan dejó escapar una media sonrisa que apenas llegó a existir.
—No soy buena guarida.
El zorro siguió husmeando.
—Pero hoy no te he quemado.
Dejó que un hilo de calor trepara por sus nudillos y lo apagó de inmediato. El gesto fue mínimo, casi invisible, pero bastó para recordarle quién era y quién estaba intentando no ser del todo. Alzó la vista. Entre las copas, un triángulo de cielo se había vuelto color cobre oscuro.
Echó a andar de nuevo.
El zorro lo siguió, un paso atrás.
El fuego avanzó.
La vida lo siguió.
Y ninguno de los dos preguntó por qué.