El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El renacer en la niebla
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El renacer en la niebla

La niebla no tenía forma ni borde. No era un velo: era un lugar.

Espesa, húmeda, pegada a la piel como una segunda capa, borraba distancias y volvía todo cercano y ajeno al mismo tiempo.

Los troncos caídos emergían de ella como huesos olvidados, y el agua estancada apenas devolvía reflejos rotos de algo que podía ser cielo… o no.

Rykan avanzaba sin prisa.

El barro cedía bajo sus botas con un sonido blando, constante.

Cada paso dejaba una huella que se llenaba de agua al instante, como si el lugar no permitiera marcas duraderas.

Su cuerpo seguía herido, pero ya no de la forma urgente de antes.

Las costras tiraban de la piel, algunas abiertas, otras cerrándose a la fuerza.

El dolor no lo detenía. Solo estaba ahí, acompañándolo.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.

Aquí el tiempo no servía de mucho.

Un gruñido bajo, casi contenido, le hizo alzar apenas la mirada.

A unos metros, junto a un lago oscuro que parecía no tener fondo, varias criaturas bebían agua.

Delgadas, de patas largas, con astas finas que se abrían como ramas secas hacia los lados.

Sus cuerpos eran huesudos, marcados, de pelaje opaco y colores apagados, como si el mundo les hubiera drenado la vida sin llegar a quitársela del todo.

Lo vieron.

No huyeron.

Una levantó la cabeza, el agua goteándole del hocico. Otra dio medio paso atrás. El resto se quedó inmóvil, observándolo con una atención tranquila, sin urgencia.

Rykan se detuvo también.

Se midieron a la distancia.

Luego, como si ya hubieran decidido que no valía la pena, las criaturas volvieron a beber. Una giró el cuerpo con calma. Otra simplemente dejó de prestarle atención.

Siguieron con lo suyo.

Rykan exhaló por la nariz y continuó avanzando.

No era amenaza.

Pero tampoco era bienvenido.

Solo… estaba.

Un movimiento entre los troncos caídos llamó su atención.

De entre la madera húmeda y cubierta de musgo salió un cachorro. Pequeño, torpe, de patas largas que aún no parecían pertenecerle. Avanzó unos pasos, curioso, olfateando el aire.

Rykan se quedó quieto.

El cachorro lo miró.

Inclinó la cabeza.

Un segundo después, dos sombras más grandes emergieron detrás.

Sus padres.

La hembra se colocó ligeramente delante del pequeño. El macho avanzó medio paso más. Su cuerpo era más ancho, más firme. Las astas más gruesas. El pelaje, aunque igual de apagado, tenía marcas más oscuras, cicatrices viejas.

Mostró los dientes.

Un gruñido bajo, contenido, pero claro.

Rykan no se movió al principio.

Luego, despacio, tensó los brazos. El fuego respondió apenas, una presión leve bajo la piel, una luz tenue que apenas asomó en sus manos.

El macho lo notó.

Gruñó de nuevo.

Más fuerte.

No avanzó.

Rykan tampoco.

Se miraron.

Un pulso tenso, contenido, donde cualquier error podía romperlo todo.

Pero ninguno dio ese paso.

El fuego en las manos de Rykan titiló… y se apagó.

El macho sostuvo la mirada un instante más.

Luego giró la cabeza.

La hembra ya se había movido. El cachorro dudó, mirando una vez más a Rykan, como si no terminara de entender qué era.

Después corrió tras ellos.

Los tres se perdieron entre la niebla.

El bosque volvió a su ritmo.

Rykan siguió caminando.

Más adelante, encontró un charco claro entre el lodo oscuro. No grande, pero lo suficiente para reflejar algo más que sombras deformes.

Se agachó.

Metió las manos.

El agua estaba fría. Real.

Se lavó la cara. La sangre seca se diluyó en hilos rojizos que se perdieron en el barro. Se quedó así unos segundos, respirando.

Luego miró su reflejo.

Un rostro endurecido. Cortes. Moretones. Piel abierta en algunos puntos, cerrándose en otros. Ojos cansados… pero despiertos.

Las imágenes llegaron solas.

Rápidas. Incompletas.

Fragmentos.

Voces. Fuego. Rostros. Caídas.

No se detuvo a entenderlas.

Frunció el ceño.

Y con un movimiento brusco de la mano rompió la superficie del agua. El reflejo se deshizo en ondas.

—Ya basta.

Se incorporó.

No volvió a mirar abajo.

Continuó.

El pantano se extendía sin cambios claros, pero no estaba vacío. Más criaturas aparecían entre la niebla: algunas arrastrándose, otras quietas, otras moviéndose con lentitud. Todas con esa misma sensación de desgaste, de algo que seguía existiendo sin razón clara.

Depredadores.

Presas.

Algunos gruñían a la distancia. Otros lo observaban desde el agua, apenas visibles.

Ninguno atacaba.

Lo reconocían… sin aceptarlo del todo.

Más adelante, la niebla se abrió lo suficiente para mostrar siluetas mayores.

No completas.

Solo fragmentos.

Altas. Difusas a la distancia. Entre la neblina.

Grandes como troncos en movimiento. Algunas caminaban despacio entre los márgenes del agua; otras permanecían quietas, observando desde lejos.

Musgo, barro, miembros largos, contornos deformes por la bruma.

No avanzaban hacia él, pero tampoco se apartaban.

No tenían hambre. No eran guardianes. Eran testigos.

Rykan las vio.

No se detuvo.

No se acercó.

Siguió caminando.

La niebla volvió a cerrarse.

El mundo se redujo otra vez a unos cuantos metros alrededor.

Barro.

Agua.

Respiración.

Paso.

Otro paso.

Y otro.

No salió de ese lugar.

No buscó salida.

Siguió avanzando dentro de él.

Como si, de alguna manera, ese sitio roto, húmedo, olvidado…

fuera el único que no intentaba cambiarlo.