El sacrificio de los Titanes #2
Las ruedas metálicas no respondían. Era como si alguien las hubiera soldado desde dentro.
—¡No responden!
La máquina rugió otra vez. Esta vez no como una herramienta, sino como un monstruo despertando en cadena.
Las luces parpadearon con violencia. Las cápsulas se expandieron.
Los conductos empezaron a hincharse. Los ocelotes retrocedieron, cubriéndose de la corriente de aire que empezaba a girar sobre la plataforma.
El zumbido se convirtió en un chillido insoportable.
Raeghan trepó por uno de los costados del armazón.
—¡Detengan la secuencia! ¡Vamos a fundir los sellos!
Pero el artefacto ya no obedecía a nadie.
Se movía solo.
Sus palancas temblaban, sus ejes giraban con una violencia que no estaba prevista, sus líneas internas se retroalimentaban en un ciclo autónomo.
En el horizonte, Valgor levantó la cabeza, gruñendo con una rabia pesada, tectónica.
Samvarg trató de arrancarse del campo, enterrando las garras y desgarrando la tierra congelada a su alrededor.
El esfuerzo lo volvió más bestia todavía: costillas marcadas por la tensión, tendones saltados, ojos convertidos en dos abismos glaciares atravesados por luz.
Lume, desesperado, lanzó un destello que iluminó el valle completo.
Las runas primordiales en sus cuerpos empezaron a brillar demasiado.
No los estaban drenando.
Los estaban arrancando.
Valgor se abalanzó hacia atrás con toda la masa de su cuerpo, pero sus patas delanteras siguieron ancladas por aquel magnetismo invisible.
El bisonte rugió, y el sonido fue tan brutal que hizo caer hojas de árboles enteros.
Samvarg soltó un aullido más agudo, casi insoportable, un sonido de dolor y furia que hizo que incluso los más valientes bajaran la cabeza.
Lume cayó sobre una rodilla, la luz de su pecho temblando, errática.
La tierra se abrió bajo ellos.
—¡Todos fuera! —alcanzó a ordenar Caldren.
No terminó la frase.
El núcleo estalló.
No en fuego. No en aire. En energía pura.
Fue una mezcla de luz, sonido y presión tan brutal que el suelo mismo pareció curvarse para huir. La onda expansiva reventó hacia afuera y lanzó cuerpos por los aires como si el valle hubiera decidido vomitar a todos los vivos que lo ocupaban.
Raeghan fue el primero en caer, arrojado contra una viga lateral con un chasquido seco antes de desplomarse inconsciente.
Lor Vynn apenas pudo cubrirse el rostro; salió despedido varios metros y su cuaderno de corteza se deshizo en fragmentos encendidos.
Maerlos intentó proteger una de las cápsulas de energía, pero la descarga lo lanzó de espaldas y le quebró el brazo contra una arista metálica.
Caldren rodó entre chispas y escombros, su capa desgarrada, el pecho ardiéndole como si respirara vidrio.
Thoren ni siquiera pensó.
Giró sobre sí mismo, atrapó a Lira y a Maeryn al mismo tiempo y las cubrió con el cuerpo cuando el suelo se abrió bajo ellos.
La onda los envolvió entre polvo, calor, metralla y luz.
A su alrededor, miembros de la alianza y de la tribu salían volando, golpeando tierra, raíces, costados de máquinas, troncos.
El cielo se volvió un lienzo líquido de energía.
Y entonces, entre el caos, la sombra de un hombre apareció desde el bosque.
Kael.
Había sentido el desastre antes de verlo.
Cuando alcanzó el borde del claro, el viento le azotó el rostro con tanta fuerza que tuvo que cubrirse los ojos por un instante.
Pero aun así avanzó. El aire estaba saturado de electricidad.
Los fragmentos de roca flotaban y caían.
El frío y el calor se peleaban sobre su piel.
Entonces lo vio.
Samvarg.
Su titán, su hermano de invierno, estaba atrapado en aquella estructura, el cuerpo convulsionado por los tirones del flujo.
El pelaje del lobo chisporroteaba; algunas secciones se habían oscurecido por quemaduras de energía.
Gruñía, no como animal acorralado, sino como depredador que quiere arrancarle la garganta al mundo.
Kael apretó los dientes y siguió avanzando.
Cada paso era una lucha. El viento lo empujaba hacia atrás. La escarcha se formaba y reventaba sobre su piel. Creó una capa de hielo a su alrededor, un escudo improvisado que nacía con cada respiración.
—Aguanta, Samvarg…
Lo gritó, pero su voz se perdió en el estruendo.
Caldren lo vio y trató de detenerlo, pero Kael ya no estaba escuchando a nadie. Lira lo vio también. Thoren, herido, intentó incorporarse.
—¡Kael, no!
No bastó.
Kael llegó a la base de la plataforma que sostenía el canal de energía de Samvarg. Se arrodilló. Apoyó ambas manos sobre el metal al rojo.
El contacto le quemó las palmas de inmediato.
No se apartó.
De su cuerpo brotó hielo.
No una ráfaga. No una técnica medida. Un torrente. Un río azul y blanco que se extendió por el conducto como una raíz glacial buscando el corazón de la máquina. El hielo trepó, creció, se ramificó, se incrustó en las juntas. Cada centímetro ganado era un dolor nuevo.
Samvarg lo sintió.
Abrió los ojos por completo y lanzó un aullido que atravesó el valle entero. Entre ambos resplandeció el vínculo: una cadena de energía helada y blanca, pura, antigua, tendida de alma a alma.
Lira gritó su nombre.
—¡Kael! ¡No lo hagas!
Él apenas la oyó.
La energía de la máquina trataba de destrozarlo por dentro, de arrancarle el don, de partirlo desde el núcleo. Kael siguió.
—Si esto es lo que se necesita… que así sea.
El hielo comenzó a envolverlo.
Primero brazos. Luego torso. Después el cuello, el rostro, el cuerpo entero. Se convirtió en una cúpula cristalina, luminosa, con un corazón humano latiendo dentro.
El sonido cambió.
La máquina dejó de rugir como bestia y empezó a vibrar como algo que está a punto de romperse desde adentro.
Y entonces el hielo estalló hacia abajo.
La segunda explosión recorrió el valle.
No fue tan extensa como la primera, pero sí más precisa.
Las plataformas de sujeción se partieron una tras otra y los conductos que mantenían anclados a los Titanes reventaron con descargas de luz blanca.
El flujo se cortó de golpe. La energía acumulada salió disparada hacia el cielo como una llamarada muda.
Todo se volvió luz.
Cuando el resplandor se disipó, el mundo parecía un cadáver todavía caliente.
La máquina seguía en pie, pero ennegrecida, abierta, deformada. Tres cápsulas de energía permanecían intactas. La cuarta había sido reducida a polvo brillante.
Los Titanes seguían vivos.
Samvarg respiraba con dificultad, el pecho cubierto de escarcha fracturada y líneas quemadas. Valgor tenía grietas nuevas en los cuernos y en las placas del cuello. Lume sangraba luz por los ojos.
Caldren se incorporó con dificultad y recorrió el campo con la mirada. Vio a Lira y Maeryn vivas. Vio a Thoren todavía inclinado sobre ambas, el cuerpo cubierto de cortes y quemaduras. Lo miró un segundo y, sin palabras, inclinó la cabeza. Thoren, exhausto, devolvió el gesto.
Más allá, un ocelote gritó que Raeghan seguía con vida. Otros empezaban a moverse. Los quetzales se desplegaban entre los cuerpos con savia y manos rápidas. Nadie yacía inmóvil demasiado tiempo.
Nadie había muerto, pero si estaban muy mal heridos.
Caldren llegó hasta Maerlos, lo volteó con cuidado y comprobó que seguía respirando. Después, Lira apareció a su lado, con el rostro cubierto de lágrimas.
—¿Kael? —susurró—. ¿Dónde está Kael?
Thoren, tambaleante, buscó con la mirada.
Solo vio una gran extensión de hielo sobre el cráter, como una huella detenida en el tiempo, y una runa azul latiendo débilmente en el centro.
Se le cerró el pecho.
Lor Vynn, sangrando por la frente, murmuró con estupor:
—Esto no fue una falla…
Caldren apretó los puños.
El viento arrastró nieve y polvo por la explanada.
Y entonces, debajo del hielo, algo latió.
Fue apenas una vibración. Débil. Irregular.
Thoren la sintió primero.
Se arrodilló y apoyó la mano sobre el suelo congelado.
—Es Kael —dijo.
Caldren giró hacia él.
—¿Qué has dicho?
—Está vivo.
Lira corrió hasta el cráter. Thoren extendió las manos y la tierra bajo el hielo empezó a moverse. Las placas metálicas que rodeaban el núcleo se separaron en círculos lentos. Debajo, apareció una cápsula perfecta de escarcha azulada. Dentro de ella, encorvada, inmóvil, estaba la silueta de Kael.
—No lo toquen —advirtió Maerlos con la voz rota—. Si rompemos el sello…
No terminó.
La cápsula comenzó a agrietarse sola.
Una línea.
Otra.
El sonido del hielo rompiéndose se extendió como un trueno contenido. Después, la prisión cristalina se deshizo en fragmentos brillantes que quedaron suspendidos un instante antes de caer.
Kael cayó de rodillas.
Jadeaba. Estaba cubierto de escarcha, cortes finos y quemaduras superficiales. Su respiración era débil, pero real.
Lira llegó primero y lo sostuvo antes de que se desplomara.
—Kael…
Él alzó la mirada. Sus ojos azules, más profundos que nunca, reflejaban el cielo roto.
Intentó sonreír.
—Supongo que funcionó.
Thoren se acercó y lo miró como si quisiera golpearlo y abrazarlo al mismo tiempo.
—Eres un maldito lunático.
Kael soltó una risa débil, quebrada.
—Si no lo hacía… todos iban a quedar bajo esa cosa.
Caldren se detuvo frente a él. No habló de inmediato. Solo lo observó: cubierto de hielo roto, exhausto, apenas en pie, pero vivo.
Entonces le tendió la mano.
Kael la tomó y se levantó con esfuerzo.
—Lo hiciste —dijo Caldren.
—Hice lo que debía.
Caldren asintió, y en su rostro pasó algo que casi nunca se permitía mostrar.
—Ya lo entendiste.
Lor Vynn, todavía tambaleante, intervino con voz cansada:
—No volveremos a hacer esto. Ni aunque yo mismo logre reconstruirla.
—No hará falta —respondió Caldren, mirando las tres cápsulas intactas—. Con estas bastará. Más sería tentar al destino.
Se dirigieron después hacia los Titanes.
Samvarg alzó la cabeza al sentir aproximarse a Kael. El aire helado giró alrededor de ambos. El lobo dejó escapar un gruñido bajo, cansado, profundo, casi afectuoso. Kael apoyó la mano en uno de sus colmillos.
—Ya pasó. Lo hicimos. Gracias.
La respuesta de Samvarg llegó como una marea glacial en la mente de todos:
«No fue valentía lo que nos sostuvo. Fue tu decisión.»
Valgor inclinó la cabeza. Las placas de roca del cuello chocaron entre sí con un sonido grave, ceremonial.
«La máquina nos sujetó. No con fuerza… con intención. No podíamos apartarnos. No podíamos destruirla sin quebrarnos primero.»
Lume se acercó después. Su luz era débil, pero seguía viva. Del pecho le brotó un pulso suave que recorrió a Kael, a Lira, a Thoren.
Kael cerró los ojos un momento.
—Pude morir.
«Lo sabíamos», respondió Samvarg. «Elegiste cargar con lo que no debía cargar un solo cuerpo, portador del hielo. Y nos liberaste.»
«Eso también es el pacto», añadió Valgor.
A lo lejos, la alianza empezaba a recuperar la respiración. Los ocelotes ayudaban a levantar heridos. Los quetzales desplegaban sus alas sobre los cuerpos más graves. Algunos lloraban. Otros simplemente seguían respirando, sorprendidos de que eso todavía fuera posible.
Thoren se colocó junto a Kael, cruzado de brazos.
—De verdad, casi mueres.
—Casi —dijo Kael—. Pero no tenía intención de dejártelos a ti solos.
Thoren soltó una carcajada breve, rota por el cansancio.
—Idiota.
—Lo sé.
Caldren observó a los tres jóvenes, luego a los Titanes heridos, luego a la máquina destruida y a las cápsulas sobrevivientes.
No era una victoria limpia. No era siquiera una victoria que pudiera celebrarse sin culpa.
Pero estaban vivos. Los Primordiales seguían en pie.
La guerra había querido arrancarles el corazón en pleno refugio… y no lo había conseguido.
El valle olía a metal quemado, savia rota, nieve y humo.
Y en medio de aquel campo destrozado, donde el acero todavía crujía y los Titanes respiraban como montañas heridas, la alianza entendió por fin la verdad de lo que estaba construyendo:
no un arma,
sino una deuda.