El peso del acero
El sol todavía no terminaba de alzarse cuando Kael decidió alejarse del bullicio del campamento.
El valle seguía cubierto por una neblina espesa y blanca que se deslizaba entre los senderos como un sudario tendido sobre la tierra.
Desde la explanada principal llegaban ecos apagados de trabajo: golpes de metal contra metal, el chirrido de poleas, órdenes lanzadas a media voz, el resoplido grave de alguna bestia mecánica al ser obligada a moverse antes de tiempo.
Todo sonaba lejano, amortiguado, como si perteneciera a otro mundo.
A uno del que, por un instante, Kael ya no quisiera formar parte.
No sabía exactamente a dónde iba. Solo necesitaba caminar. Respirar lejos de todos. Estar a solas el tiempo suficiente como para escuchar su propio cansancio sin tener que disimularlo.
El frío era limpio, mordiente, casi amable con él. Se le metía bajo la ropa y le entumecía apenas los dedos, pero en lugar de incomodarlo le recordaba las mañanas de Skarnheim, cuando todavía el dolor no pesaba tanto y el silencio era solo silencio, no una tumba llena de nombres.
Caminó con las manos hundidas en el abrigo, los ojos clavados en el suelo. Evitó cruzarse con nadie. Siguió subiendo hasta que los árboles comenzaron a espaciarse y el terreno se volvió más rocoso. Allí, en una ladera elevada, el valle se abrió bajo sus pies.
Desde esa altura se veía casi todo.
Las estructuras a medio construir de Aurora se levantaban como esqueletos de metal entre la niebla.
Los refugios improvisados, las fogatas, los caminos abiertos por el paso de humanos y bestias.
Más allá, casi inmóviles, los Titanes reposaban como accidentes geográficos que hubieran decidido respirar: Samvarg tendido entre la escarcha y las piedras, con el lomo inmenso cubierto de vaho helado; Valgor más al fondo, recostado como una cordillera viva, sus placas de roca y musgo fundiéndose con la tierra hasta volver difícil distinguir dónde terminaba uno y empezaba la otra.
Kael se sentó sobre una piedra húmeda. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer el peso del cuerpo hacia adelante.
El frío le atravesó las botas. No le molestó.
Durante un momento intentó no pensar en nada concreto, pero la mente no le dio tregua.
Las imágenes seguían viniendo igual que en las noches: fragmentos sueltos, gritos, destellos, el eco de cosas que no podía deshacer.
El crujido de huesos al quebrarse bajo el hielo.
El rugido de Samvarg cuando algo conseguía herirlo.
Los ojos apagados de los ocelotes muertos en la emboscada.
La luz débil de las tumbas recién cubiertas.
Las voces de quienes había dejado atrás. Las de quienes no había podido salvar.
Apretó los puños hasta sentir las uñas clavarse en la piel.
Por un segundo deseó desaparecer.
No morir. No de verdad. Solo irse. Caminar hasta perder el nombre, la misión, la carga, todo. Dejar atrás la guerra y a quienes lo miraban esperando firmeza, respuestas, dirección. Dejar que el mundo siguiera sin él.
El pensamiento fue vergonzoso.
Y, aun así, le dio una paz breve y amarga.
—¿Puedo acompañarte?
Kael giró despacio.
Caldren Fayne estaba a unos pasos, con el abrigo de cuero oscuro empapado por la niebla.
No llevaba armas. Su figura seguía imponiendo respeto incluso quieta, pero esa mañana tenía el peso cansado de los hombres que han dormido demasiado poco durante demasiados años.
En el rostro curtido por cicatrices y viento había una serenidad extraña: no la de quien está en paz, sino la de quien ya no tiene fuerzas para seguir ocultando ciertas grietas.
Kael asintió apenas.
Caldren se acercó y se sentó sobre otra piedra, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Ambos quedaron mirando el valle en silencio.
El viento los envolvía. No hablaban, y no hacía falta.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era denso. Lleno de cosas que los dos sabían, pero que ninguno quería tocar sin necesidad.
Fue Caldren quien rompió la quietud.
—Tienes la mirada de alguien que ya ha peleado demasiadas batallas, hijo —dijo sin mirarlo—. No hablo de las que se ganan o se pierden… hablo de las que uno carga por dentro.
Kael no respondió de inmediato. Mantuvo la vista fija en las columnas de humo que se alzaban desde el taller. Pero la voz del hombre mayor le había atravesado la defensa como una cuchilla precisa.
—No sé si pueda seguir —murmuró al fin.
La frase salió baja, rasposa, gastada antes de nacer.
Caldren no hizo gesto alguno. Solo inclinó apenas la cabeza, invitándolo a continuar sin apurarlo.
Kael respiró hondo. Las palabras comenzaron a salir como si llevaran demasiado tiempo golpeando por dentro.
—Cuando tomé esta misión, pensé que era un propósito. Una forma de honrar a los que perdí. Creí que podía con todo esto. Creí que si seguía avanzando, si reunía a los demás, si hacía lo correcto… entonces al menos el dolor serviría para algo.
Se detuvo. Tragó saliva. Apretó los dientes.
—Pero ahora ya no lo sé.
Clavó los ojos en el valle. En los hombres que trabajaban. En las estructuras que crecían. En todo aquello que dependía, aunque él no quisiera admitirlo, de decisiones que de una forma u otra pasaban también por sus manos.
—No se trata solo de mi vida. Está Samvarg. Está Thoren… mi hermano. Está Lira. Los veo, los oigo, los toco… y solo puedo pensar que los estoy arrastrando a algo que va a matarnos a todos.
Caldren no lo interrumpió.
Kael siguió, la voz más firme en apariencia, aunque las manos le temblaban sobre las rodillas.
—He estado al borde de la muerte más veces de las que puedo contar. Y no fue suerte lo que me salvó. Fueron ellos. Si no fuera por ellos, yo ya estaría muerto. Y aun así sigo fingiendo que puedo guiarlos.
Golpeó con fuerza la roca en la que estaba sentado.
—¡Pero no puedo! —La voz se le quebró sin remedio—.
No puedo protegerlos. Vi morir a los ocelotes ayer y no hice nada.
Vi niños en aquella ciudad, cuerpos usados como piezas, gente rota de una forma que ni siquiera sabía que era posible…
y no pude salvarlos. Cada vez que cierro los ojos veo sus rostros.
La respiración se le volvió áspera.
—Y me pregunto por qué sigo vivo yo.
Caldren bajó la mirada. Sus manos, grandes, endurecidas, se apretaron con una frustración casi imperceptible.
El viento sopló con más fuerza. Arrastró el olor de humedad, metal recalentado y tierra abierta.
—¿Sabes algo, Kael? —dijo al fin—. A veces creo que el liderazgo no es un don. Es una condena.
Kael levantó la vista, sorprendido.
Caldren continuó, todavía sin mirarlo de frente.
—La gente cree que los líderes son fuertes. Que no sienten miedo. Que tienen respuestas para todo. No es cierto. Los verdaderos líderes son los que se despiertan cada día deseando no tener que dar una orden más… y aun así la dan.
Se rio sin alegría.
—Yo también tengo miedo. Cada vez que envío a alguien al frente, sé que tal vez no regresará. Cada palabra mía puede significar la vida o la muerte de alguien. Y aun así todos esperan que inspire, que crea, que sostenga. No soy un héroe, Kael. Soy un hombre que aprendió a fingir que no tiembla.
Kael lo escuchó en silencio. Por primera vez no veía en Caldren al estratega ni al jefe de la alianza. Veía al hombre. Las ojeras mal escondidas. Los surcos de la cara. Las manos que, si uno se fijaba bien, temblaban un poco cuando dejaban de estar ocupadas.
—Ser líder no es tener esperanza —continuó Caldren—. Es saber que vas a perder cosas que no podrás recuperar y aun así dar el paso, porque si tú caes, todos los demás se derrumban contigo. El miedo no se va, Kael. Solo aprendes a cargarlo hasta que se vuelve parte de tu cuerpo.
Kael cerró los ojos.
—Yo no quiero cargarlo.
—Nadie quiere —respondió Caldren sin vacilar—. Pero alguien debe hacerlo.
El silencio volvió, más pesado.
Kael tardó un momento antes de hablar otra vez.
—A veces quisiera huir. Irme lejos. Sin mirar atrás. Solo… dejar que el mundo siga sin mí.
Caldren giró lentamente el rostro hacia él.
—¿Y lo harías?
Kael lo pensó de verdad. No respondió al impulso. Se obligó a buscar la verdad debajo del agotamiento.
—No —admitió al fin.
Caldren asintió una vez.
—Entonces ya lo sabes. No seguimos por fe. Seguimos por obstinación. Porque alguien tiene que hacerlo, y nosotros somos los desgraciados que no supieron decir que no.
La crudeza de la frase arrancó de Kael una exhalación breve, casi una risa rota.
—Creí que al convertirme en portador cambiaría el mundo —murmuró.
—Y lo harás —replicó Caldren—. Pero el mundo no se cambia sin romperse un poco por dentro.
Kael se echó hacia atrás, apoyando las manos en la roca. Miró el cielo, gris y espeso.
—A veces pienso que el Errante es el reflejo de todo esto. Un monstruo nacido de la desesperación, del odio, de todo lo que nadie supo detener a tiempo. Algo que no puede morir… porque todavía hay demasiado alimentándolo.
Caldren lo observó con tristeza.
—Quizá tengas razón. Quizá todos somos versiones menores de ese mismo monstruo.
Guardó silencio. Luego respiró hondo, como si hubiera llegado al borde de algo que no pensaba compartir y, aun así, ya no pudiera detenerse.
—¿Sabes cuáles fueron las últimas veces que tuve miedo de verdad?
Kael negó con la cabeza.
Caldren apretó sus nudillos.
—Fue el día en que el cielo se partió.
Sus ojos se perdieron en la niebla. Ya no veían el valle. Veían otra cosa. Otra época. Otra herida.
—La tormenta llegó sin aviso. Nadie supo de dónde vino. Solo vimos esa nube espesa en la distancia, iluminada por dentro, como si ardiera. Cinco luces en su interior. Cinco. Brillaban y giraban mientras la masa avanzaba, devorándolo todo.
Su voz se volvió más baja.
—Las hojas se volvían negras al tocar el aire. Los animales caían sin sonido. La piel se agrietaba. Yo estaba con Maeryn… y Lira estaba en aquel lugar.
La mandíbula se le tensó.