Proyecto Aurora
El campamento despertó antes del sol.
Primero llegó el repicar de los martillos contra chapa, luego el arrastre de cajones y poleas, y finalmente esa respiración colectiva —humanos, ocelotes y quetzales trabajando al unísono— que convertía el valle en un taller vivo. El aire olía a resina caliente, cuero húmedo y metal recién templado.
Lira abrió los ojos con el corazón todavía encogido.
A través de la tela de la tienda vio sombras cruzando de un lado a otro como cardúmenes.
Cuando salió, la mañana ya se había transformado en un mapa de tareas: Raeghan señalaba rutas a los pilotos de raptors mecánicos; Lor Vynn desplegaba planos sobre una mesa improvisada con tablones y restos de máquinas; Maerlos, con la mandíbula apretada, revisaba una lista de piezas mientras comparaba símbolos grabados en placas de cobre.
Más allá, Kael y Thoren empujaban un generador recuperado, avanzando paso a paso sin quejarse.
—Se movieron temprano —dijo Maeryn al alcanzarla—. ¿Vienes?
Lira negó suavemente.
—No puedo ser parte de… eso —murmuró, mirando las torres de tubos y bobinas que comenzaban a levantarse—. No hoy.
Maeryn sostuvo su mirada sin reproche.
—Entonces ven conmigo. Los quetzales necesitan manos en los estanques. Hay vida que cuidar.
Lume se acercó, irradiando su luz tranquila. Lira asintió y ambas se dirigieron hacia las terrazas verdes.
En el centro del campamento, Lor Vynn golpeó con una llave inglesa el armazón de una estructura que chirrió como un ave metálica.
—Si no se cae, está bien hecho —declaró con satisfacción—. Y si se cae, también. Así sabremos dónde reforzar.
Las risas de algunos aprendices soltaron un poco la tensión acumulada.
Maerlos, en cambio, no sonrió. Dibujaba con carbón sobre una plancha metálica una geometría precisa de círculos y líneas.
—El flujo debe entrar aquí y salir aquí —explicó—. Si se desestabiliza, perdemos más de lo que ganamos.
—Traducción —intervino Raeghan—: si no seguimos esa danza, Aurora nos escupe de vuelta al bosque.
—No “nos escupe” —corrigió Maerlos con seriedad—. Se apaga. Y con ella nuestra última oportunidad.
Kael dejó el generador y se acercó.
—¿Aurora?
Lor Vynn levantó una pequeña placa de bronce recién grabada. En ella se leía: