Los huesos de Aerothis
El grupo ya había regresado cargado de piezas, engranajes oxidados y fragmentos que todavía conservaban energía.
Desde lejos, la explanada podía parecer un mercado improvisado de hierro y ruinas, pero nadie la miraba así.
No había alivio en los rostros ni orgullo en los movimientos.
Solo pasos pesados, manos tensas y un silencio que parecía adherirse a la piel.
Kael había descendió lentamente del saurio mecánico que le habían prestado. No alzó la vista. Caminó unos pasos con la mirada fija en el suelo, como si todavía cargara algo que el resto no podía ver.
Thoren lo observó llegar. Durante un instante, el peso de su propia confesión a Lira volvió a rozarlo, pero lo apartó de inmediato. No era momento para dejarse arrastrar por otra herida. Se acercó a Kael con la firmeza que podía reunir.
—¿Cómo les fue? —preguntó.
Quiso que sonara normal. No lo consiguió del todo.
Kael tardó en responder. Su respiración era más pesada de lo habitual, y sus manos seguían tensas, como si aún sujetaran algo invisible.
—No sé cómo contarlo —dijo al fin.
Thoren guardó silencio y esperó.
Kael se frotó las palmas una contra otra, como si quisiera limpiarse de una suciedad que no salía.
—No pelearon —murmuró—. No se defendieron. Apenas nos miraban… y algunos ni siquiera eso.
Su voz se quebró un poco, pero siguió.
—Solo repetían una cosa. Una y otra vez. “No lo hagan”. Nada más. Sin gritos, sin rabia… solo eso.
Thoren sintió que se le endurecía la mandíbula.
Kael tragó saliva antes de continuar.
—El artefacto que nos dio Lor Vynn… ese maldito artefacto… solo había que activarlo. Y ellos caían. Así de fácil. Como si se apagara una chispa.
Levantó la vista por un instante. En sus ojos no había solo dolor; había repulsión.
—Pero no era un interruptor, Thoren. No se sintió así. Se sintió como si apagáramos algo que todavía quería seguir aquí.
El viento cruzó la explanada y movió apenas algunas telas colgadas en los refugios cercanos. Nadie más se aproximó. Nadie quiso interrumpir.
Kael volvió a hablar, ahora más bajo.
—Había uno que ya no podía moverse. Las raíces le subían por el torso, como si el suelo mismo lo hubiera reclamado antes que nosotros. Pero los ojos… los ojos todavía le brillaban.
Sus manos se cerraron en puños.
—Me miró directo. No suplicó. No agachó la cabeza. Solo dijo que al fin podría descansar.
Thoren sintió una presión sorda en el pecho.
Kael respiró hondo, pero el aire parecía no bastarle.
—Y antes de apagarse… dijo algo más.
Esta vez sí levantó la vista. Había rabia contenida, pero no contra un enemigo visible. Era una rabia más honda, más inútil.
—Dijo que recordaba a “la pequeña que fue luz en la oscuridad”. Que ella había sido esperanza para todos ellos. Y que los Titanes… los Titanes eran el pacto perfecto. Lo único que este mundo todavía no había podrido del todo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Kael cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.
—Lo apagué yo, Thoren —dijo con un hilo de voz—. Yo mismo.
El silencio se hizo más pesado.
—Y no sé qué me dolió más: verlo desaparecer… o saber que descansó gracias a nosotros.
Thoren no respondió enseguida. Dio un paso al frente y lo abrazó con fuerza.
No fue un abrazo suave. Fue seco, duro, casi violento en su necesidad. Un gesto de roca y hierro, de alguien que no sabía consolar con palabras, pero sí sostener el derrumbe ajeno con el cuerpo entero.
Kael no se resistió. Durante un momento dejó que el peso cayera, y algo en él se quebró lo suficiente para que las lágrimas salieran, breves y silenciosas.
Thoren no lloró. Se limitó a sostenerlo.
Cuando al fin se separaron, lo tomó de los hombros y lo miró fijo.
—Esto no lo sabrá Lira —dijo con voz grave—. Jamás.
Kael entendió de inmediato lo que había detrás de esa decisión. No era solo protegerla del dolor. Era impedir que aquella herida la partiera por dentro cuando ya cargaba demasiado.
Respondió con un asentimiento mínimo.
No hacía falta nada más.
El silencio que quedó entre ambos ya no era una pausa, sino una tumba. Una tumba sin piedra ni nombre, levantada en medio de una explanada llena de chatarra arrancada a seres que todavía conservaban algo parecido a la vida.
Alrededor, las piezas metálicas reflejaban la luz del refugio como huesos al sol.
Kael respiró hondo, aunque seguía sintiendo en las manos el eco de aquel gesto. Thoren apretó la mandíbula, sabiendo que ese recuerdo iba a perseguirlos mucho más que cualquier enemigo de carne, acero o sombra.
Permanecieron allí, inmóviles, dos figuras quietas en medio de un botín que no parecía una victoria, sino un cementerio desarmado.