Tras las brasas del festín
El festín había terminado en apariencia, pero no en espíritu.
Las mesas aún conservaban restos de fruta, huesos limpios y copas vacías.
Las hogueras ardían en silencio, reducidas a brasas que crujían de vez en cuando, como si el fuego mismo se negara a apagarse del todo.
El refugio, amplio y luminoso bajo la bóveda de raíces y roca, parecía contener la respiración después de las palabras de Maerlos.
Los quetzales retiraban las vasijas con movimientos tranquilos.
Los ocelotes, por su parte, desaparecían entre los corredores naturales del refugio para retomar sus rondas de vigilancia.
Entre los sobrevivientes quedaban pequeños grupos dispersos que hablaban en voz baja, agradecidos por la comida y el descanso, aunque la inquietud seguía flotando en el aire.
La historia del sabio del Viento había dejado una marca.
Caldren permaneció sentado más tiempo que los demás, la copa inmóvil en la mano.
Observaba cómo las luces de jade incrustadas en la roca se atenuaban lentamente, acompañando el final de la noche.
A su lado, Raeghan terminaba lo poco que quedaba en su plato con una calma demasiado deliberada, como si retrasar el último bocado pudiera aplazar también la conversación que ambos sabían inevitable.
Al final, Caldren dejó la copa sobre la mesa y se puso de pie.
—Hablemos.
No hizo falta nada más. Raeghan asintió en silencio y lo siguió.
Abandonaron la sala principal y caminaron por uno de los pasillos tallados por los ocelotes en la roca viva. Las paredes estaban atravesadas por raíces cristalizadas que brillaban con una luz tenue, como si la tierra respirara lentamente bajo la superficie.
Durante varios pasos ninguno habló.
Cuando llegaron a una antesala vacía, apartada del bullicio, Caldren se detuvo. Una antorcha clavada en la pared iluminaba apenas el espacio, proyectando sombras largas que se movían con el fuego.
Entonces se volvió hacia Raeghan.
—¿Sabes lo que has traído a este lugar?
La voz era baja, pero el filo era evidente.
Raeghan se cruzó de brazos. El gesto no era desafío; era el reflejo de alguien acostumbrado a sostener discusiones en pie de guerra.
—Sobrevivientes —respondió—. Hombres, mujeres y niños que no tenían dónde más ir.
—Y también trajiste a Maerlos.
El nombre cayó en el aire con un peso distinto.
Raeghan apretó la mandíbula.
—Sí. Lo traje. Y volvería a hacerlo.
Caldren lo observó con esa quietud pesada de quien lleva demasiado tiempo tomando decisiones que afectan a otros.
—Este lugar no nos pertenece —dijo finalmente.
Señaló con un gesto breve las paredes de roca, las raíces luminosas, el aire húmedo que llenaba la estancia.
—Es tierra de los ocelotes. De los quetzales. Nosotros estamos aquí porque prometí que nuestra guerra no entraría en su hogar.
Raeghan dejó escapar una risa breve, seca.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Dejarlo morir entre los escombros? He visto suficientes hombres morir solos como para sumar uno más porque su túnica todavía huele a Aerothis.
Caldren avanzó un paso.
—No se trata solo de él. Se trata de lo que representa.
Su voz no subió de tono, pero la tensión se endureció.
—Cada mirada en esa mesa lo decía sin palabras. Este refugio existe porque las tribus han mantenido su mundo lejos de nuestras guerras. Si rompemos esa confianza, no habrá ejército ni Titanes que nos mantengan aquí.
Raeghan no retrocedió. Sus ojos brillaban con la intensidad de quien ha sobrevivido demasiado tiempo como para confiar en decisiones fáciles.
—Los Titanes confían en nosotros.
—Los Titanes saben lo que somos —respondió Caldren—. Pero la tribu no ha vivido siglos resistiendo tormentas humanas para abrir la puerta a la primera que aparezca.
El silencio volvió a extenderse entre ellos.
Caldren respiró hondo y cerró los ojos por un instante. Cuando habló otra vez, el filo seguía presente, pero el cansancio se colaba entre las palabras.
—Yo hice una promesa. Dije que no traería nuestra guerra hasta este valle. Si la traigo… seré yo quien rompa el pacto.
Raeghan lo observó con atención, sin rastro ya de la sonrisa que solía acompañar sus historias.
—Entonces no la traigamos —dijo con calma—. Dale tiempo a Maerlos.
Caldren no respondió de inmediato.
—Si ese hombre quiere quedarse —continuó Raeghan— tendrá que demostrar quién es realmente. Si falla, si nos traiciona… seremos nosotros quienes lo juzguemos. Pero no cargues con la culpa de haber negado a alguien la última oportunidad de cambiar.
Las brasas crepitaron en el silencio.
Caldren lo miró durante varios segundos. Finalmente, la dureza de su expresión se aflojó apenas.
—Sigues siendo igual de terco —murmuró.
Raeghan se encogió de hombros.
—Alguien tiene que serlo.
Caldren exhaló lentamente.
—Si ese hombre nos cuesta este refugio… —dijo al fin— será sobre tu conciencia.
Raeghan sostuvo su mirada sin titubear.
—La llevaré.
El eco de esas palabras quedó suspendido entre ellos como una promesa incómoda.
Ninguno añadió nada más.
Ambos sabían que la decisión no estaba resuelta, que la presencia de Maerlos seguiría siendo una grieta abierta entre la desconfianza y la necesidad. Pero por esa noche el pacto seguía intacto.
La guerra, al menos por ahora, permanecía fuera del valle.