El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El encuentro en la mesa
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El encuentro en la mesa

El festín de aquella noche tenía algo de celebración y algo de tregua prestada.

Las largas mesas de madera se curvaban bajo el peso de frutas enormes, panes dorados cocidos con savia dulce y carnes especiadas que aún humeaban, desprendiendo aromas intensos que se mezclaban con el incienso de las resinas encendidas en braseros de obsidiana.

Guerreros ocelotes servían bebida en cántaros de barro, mientras quetzales jóvenes entonaban cantos suaves que parecían moverse con el aire, como si el propio refugio quisiera recordarles que todavía existía algo parecido a la paz.

Muchos de los sobrevivientes que ya habían probado bocado pasaban junto a la mesa principal con una mezcla de respeto y timidez.

Algunos inclinaban la cabeza hacia los Fayne y se tocaban el pecho con el puño antes de seguir.

Otros levantaban la vista hacia Kael, Thoren y Lira, pero se limitaban a saludarlos desde la distancia, como si todavía no supieran cómo acercarse a quienes caminaban junto a los Titanes.

Lira estaba sentada entre sus padres.

Caldren le servía una copa pequeña de savia fermentada con un cuidado casi torpe, demasiado consciente de cada gesto, mientras Maeryn la observaba con esa mezcla de orgullo y sobreprotección que no había logrado ocultar desde que la había recuperado.

Cerca de ellos, Kael y Thoren permanecían atentos sin parecerlo, conversando a ratos en voz baja y cruzando sonrisas breves al ver a Lira intentar acostumbrarse al bullicio, a la comida caliente y a una calidez que su cuerpo todavía parecía no atreverse a creer del todo.

Fue entonces cuando Raeghan Stormbreaker avanzó entre los comensales.

Su sola figura imponía una especie de silencio instintivo a su alrededor.

Caminaba con esa firmeza áspera de quien ha pasado demasiado tiempo sobreviviendo como para desperdiciar movimiento alguno.

Al llegar a la mesa, saludó primero a Kael y a Thoren, estrechándoles el antebrazo con fuerza, como se reconocen los iguales después de la batalla.

Luego se volvió hacia Lira.

Y, para sorpresa de muchos, inclinó la cabeza ante ella con solemnidad.

—No tuve el honor de conocerte cuando eras una niña —dijo, con la voz grave pero contenida por una emoción extraña en él—.

Pero debes saber algo: tus padres levantaron esta alianza a partir de tu ausencia.

Todo lo que somos empezó a tomar forma el día en que te perdieron.

Y ahora que estás aquí, Lira Fayne, es un honor luchar sabiendo que respiras entre nosotros.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso.

Lira se sonrojó un poco y bajó la mirada. Había en aquellas palabras un peso demasiado grande, una clase de herencia que no había pedido.

—No sé qué decir… —murmuró.

Caldren apoyó una mano sobre la de ella.

—No tienes que decir nada —respondió—. Tu sola presencia basta.

La tensión se alivió apenas. Thoren sonrió, breve pero sincero. Kael asintió en silencio, viendo en Lira algo más fuerte que la fragilidad que su cuerpo todavía arrastraba.

Después de esto, Raeghan tomo lugar al lado de Caldren.

Entonces, entre el ir y venir de la multitud, apareció una figura que parecía hecha de cables, polvo y memoria.

Era un anciano delgado, de barba desordenada y gafas de aumento construidas con cristales reciclados y cobre torcido. Su bata estaba cubierta de parches metálicos, pequeñas placas atadas con remaches y tubos energéticos que chisporroteaban de tanto en tanto, dejando un olor leve a ozono a su paso.

Caldren lo vio y se puso de pie de inmediato.

—¡Por las chispas de la tormenta…! —soltó, atravesando la mesa en dos pasos—. ¡Lor Vynn!

El anciano soltó una risa cascada, ronca, medio atrapada entre la garganta y el pecho, y le devolvió el saludo sujetándole el antebrazo con una fuerza que no parecía propia de su edad.

—Todavía crujes como antes, Fayne —gruñó con afecto—. Creí que la guerra te habría vuelto de piedra de una vez.

Maeryn también se levantó, más sobria, y lo recibió con un abrazo medido.

—Has tardado demasiado en aparecer, viejo amigo.

—Ah, ustedes y su obsesión con el tiempo… —bufó él—. Los jóvenes creen que las guerras se ganan con fuego. Los viejos sabemos que basta una chispa bien puesta para iniciarlas… o para apagarlas.

La frase arrancó sonrisas alrededor de la mesa. Algunos lo miraban con respeto. Otros con la cautela que despiertan siempre los hombres que parecen genios o locos, y a menudo ambas cosas al mismo tiempo.

Caldren, todavía de pie, giró hacia los protagonistas.

—Déjame presentarte a quienes caminan junto a los Titanes. Kael Vorias, Thoren Tavros y…

—Lira Fayne —lo interrumpió Lor Vynn, clavando en ella los ojos agrandados tras los cristales.

Su expresión cambió al instante: asombro primero, luego una ternura vieja, casi desarmada—.

Eres igual a tus padres y, al mismo tiempo, no te pareces a ninguno.

Yo te cargué en brazos cuando apenas aprendías a caminar. ¿Te acuerdas de mí?

El silencio volvió a caer sobre la mesa.

Lira bajó la cabeza con una vergüenza suave, casi infantil.

—No… Lo siento. Era muy pequeña.

El anciano sonrió de inmediato, quitándole peso a la escena con la facilidad de quien ya ha aprendido a leer culpas ajenas antes de que maduren.

—No te preocupes. Que no me recuerdes significa que las arrugas me llegaron tarde.

Hasta Lira terminó sonriendo un poco. Kael y Thoren cruzaron una mirada cómplice: aquel viejo era claramente distinto al resto.

Caldren le hizo un gesto amplio hacia la mesa.

—Siéntate. Come. Descansa. Ya habrá tiempo para hablar de armas, máquinas y otros problemas.

Lor Vynn dejó escapar un resoplido divertido y, antes de tomar asiento, volvió la mirada hacia los Rex-Sonic estacionados a cierta distancia, inmóviles bajo la luz de las antorchas.

—Tiempo, sí… pero no demasiado —murmuró—. Esas bestias rugen bien, pero todavía no respiran. Habrá que enseñarles a hacerlo.

Nadie entendió del todo qué quería decir, aunque eso no pareció preocuparle a nadie.

El anciano siguió avanzando entre los comensales, acariciando distraídamente uno de los tubos de su bata mientras seguía murmurando para sí.

Se perdió entre la multitud con la misma extrañeza luminosa con la que había llegado.

El bullicio regresó poco a poco a la mesa.

Raeghan alzó la copa.

—Brindo por los que aún siguen de pie —dijo—. Y por los que volverán a levantarse con nosotros.

Las copas chocaron. La risa volvió a llenar el aire. La mesa recobró su calor.

Pero, incluso en medio de aquella tregua, todos sabían que los saludos, las presentaciones y los reencuentros no eran solo un respiro. Eran otra cosa.

El comienzo de una nueva etapa.

Una mesa compartida donde antes solo había ruina.

Y, con ella, la certeza de que la lucha que venía ya no pertenecería a un puñado de supervivientes aislados, sino a algo mucho más grande… y mucho más difícil de sostener.