El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El rugido de la tierra
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El rugido de la tierra

Durante semanas, el frío de Skarnheim había sido el único consuelo. El hielo cerraba heridas que la mente no sabía cómo sanar, y el viento arrastraba las pesadillas más allá de las montañas.

Cada mañana, Kael y Thoren entrenaban bajo la mirada severa de los sabios del hielo. Samvarg descansaba en los riscos más altos, siempre vigilante, con la mirada fija en el horizonte blanco que rodeaba la tundra.

La rutina, con el tiempo, había devuelto cierta estabilidad a la tribu. El dolor por los caídos seguía presente, pero ya no dominaba cada respiración. Bajo la escarcha, la vida continuaba.

Aquella tranquilidad se quebró una tarde.

Samvarg lo percibió antes que nadie.

No fue un sonido ni una imagen lo que lo alertó, sino una certeza profunda que recorrió su pecho. Los titanes primordiales compartían un vínculo antiguo, una forma de reconocimiento que no dependía de la distancia ni de las palabras.

Algo se acercaba.

Y no era un enemigo.

El lobo de escarcha alzó la cabeza con calma.

Desde lo alto de los riscos observó la llanura, dejando que su presencia se extendiera sobre Skarnheim como una advertencia silenciosa.

Los animales que comenzaban a agitarse se tranquilizaron, y algunos guerreros sintieron un impulso extraño de esperar en lugar de prepararse para la batalla.

Samvarg no aulló.

Simplemente vigiló.

Fue entonces cuando el suelo comenzó a vibrar.

Al principio fue apenas un murmullo profundo, como el retumbar lejano de un trueno atrapado bajo la tierra. Luego el temblor se volvió más evidente. Las chozas crujieron, los muros de hielo resonaron con un eco grave y algunas antorchas se apagaron con el movimiento.

Los niños se refugiaron detrás de sus madres. Los cazadores miraron al cielo buscando una tormenta que no existía.

El suelo volvió a estremecerse.

En las torres de vigilancia, los vigías alzaron la voz para dar aviso. Pero cuando sus ojos se fijaron en el horizonte, las palabras se quedaron atascadas en la garganta.

Una sombra colosal avanzaba desde las llanuras.

No corría. No atacaba.

Simplemente caminaba.

Cada paso levantaba polvo helado y hacía vibrar el suelo con la lentitud implacable de algo que pertenecía más a la tierra que al mundo de los hombres.

Entonces lo comprendieron.

Era Valgor.

El titán de la tierra.

La figura gigantesca emergió poco a poco de la bruma, como si el propio paisaje hubiera decidido ponerse en movimiento.

Su cuerpo era una amalgama de roca antigua, tierra compacta y musgo petrificado.

En su lomo se alzaban placas de piedra que parecían formaciones naturales del terreno, y entre las grietas brillaban símbolos verdes que recordaban raíces iluminadas bajo la superficie del suelo.

Sus ojos, profundos y ámbar, parecían contener la edad del mundo.

Cada respiración levantaba remolinos de nieve.

Valgor no había venido como enemigo, pero su sola presencia imponía un silencio que parecía aplastar el aire.

Desde las montañas, Samvarg respondió con un aullido poderoso.

El sonido atravesó la tundra y rebotó entre los glaciares.

Valgor se detuvo.

Su cabeza colosal giró lentamente, como una montaña que se desplaza. Luego inclinó la frente con solemnidad hacia las alturas donde se encontraba el lobo de escarcha.

El saludo no fue agresivo.

Fue reconocimiento.

El aullido de Samvarg encontró respuesta en un rugido grave que viajó bajo la tierra, haciendo vibrar los cimientos de Skarnheim como si el propio suelo hubiera hablado.

Los sabios del hielo salieron al círculo central cubiertos con sus mantos.

Nadie se movió.

La mayoría de los habitantes de la tribu nunca había visto al titán de la tierra. Solo lo conocían por relatos antiguos y por los registros guardados en las salas de estudio.

Ahora lo tenían frente a ellos.

Valgor bajó lentamente la cabeza.

Cuando habló, su voz no cruzó el aire como un sonido normal. Resonó directamente en la mente de los portadores, profunda y antigua.

«Saludo, hijos del hielo. Busco al último de mi linaje. Aquel cuya sangre aún recuerda la tierra.»

El sabio mayor tradujo las palabras para el resto del pueblo.

Un murmullo recorrió la aldea.

Todos sabían a quién buscaba.

Thoren.

El joven permanecía inmóvil cerca de Kael, con la mirada fija en la figura colosal que dominaba el valle. Kael percibió el cambio inmediato en su respiración y la tensión que endurecía sus hombros.

Valgor dio un paso más.

El suelo tembló.

Cuando se detuvo frente a la aldea, inclinó la cabeza con respeto.

«He caminado tierras lejanas. Oí el eco de una voz humana, solitaria. La seguí hasta aquí.»

El sabio repitió las palabras con voz temblorosa.

El silencio que siguió fue pesado.

Thoren dio un paso adelante.

—¿Me seguiste?

El sabio tradujo la respuesta del titán.

—Sí. Eres el último de Vorghal.

Thoren no apartó la mirada del coloso.

—¿Y para qué viniste?

El filo en su voz era imposible de ignorar.

—¿A pedirme perdón? ¿A contarme cómo fallaste?

Los murmullos se apagaron.

Kael tensó la mandíbula. Sabía que ese momento llegaría tarde o temprano, pero la violencia contenida en las palabras de su amigo sorprendió incluso a los sabios.

Thoren avanzó otro paso.

—Dijiste que protegerías a mi pueblo. ¡Y lo aplastaste!

Su voz temblaba entre rabia y dolor.

—Mi padre… mi madre… Miko… todos murieron bajo tu sombra.

Las palabras se estrellaron contra el silencio helado de la tundra.

Valgor no respondió de inmediato.

Finalmente, su voz volvió a resonar en las mentes de los portadores.

«Intenté protegerlos.»

Pausa.

«Fallé.»

La palabra cayó como una roca.

—¡Fallaste! —rugió Thoren.

Kael intentó sujetarlo por el hombro, pero el joven lo apartó con brusquedad.

—¡Tu debiste morir! No ellos.

El aire se volvió denso. Incluso los sabios retrocedieron un paso.

Valgor cerró lentamente los ojos.

Su respiración se volvió profunda, pesada.

«No existen palabras capaces de reparar la tierra rota.»

El titán guardó silencio un momento antes de continuar.

«Solo queda esperar que algo nuevo crezca sobre los restos.»

Thoren respiraba con dificultad.

—No quiero tu consuelo.

La respuesta de Valgor fue tranquila.

«No lo ofrezco.»

Luego añadió:

«Solo mi presencia.»

El titán retrocedió un paso.

«Si mi llegada hiere… me marcharé.»

Valgor comenzó a girarse.

En ese instante, un viento poderoso descendió desde las montañas.

Samvarg apareció entre la ventisca, avanzando desde las alturas.

El lobo se detuvo frente a Valgor.

Bloqueó su marcha.

«No puedes irte.»

Valgor lo observó en silencio.

«El último de mi tribu me rechaza.»

Samvarg respondió con calma.

«El hielo no te rechaza. Aquí aún hay tierra que respira… y hombres que están aprendiendo a no repetir el pasado.»

La nieve cayó lentamente entre ambos titanes.

Valgor permaneció largo rato en silencio.

Finalmente inclinó la cabeza.

«Si me lo permiten… descansaré aquí. Sin voz. Sin mandato.»

El sabio tradujo sus palabras.

Un murmullo de aceptación recorrió la tribu.

Valgor avanzó lentamente hasta el borde del valle. Allí se recostó sobre la tierra helada. Su cuerpo gigantesco pareció fundirse con el paisaje, como si siempre hubiera sido parte de aquellas montañas.

El atardecer tiñó el hielo de tonos naranjas.

Las fogatas comenzaron a encenderse.

Los niños observaban la silueta inmensa del titán con una mezcla de temor y asombro.

Kael se acercó a Thoren.

El joven no se había movido.

—Podrías hablar con él —dijo Kael con suavidad.

—No tengo nada que decirle.

El viento sopló entre ambos.

Traía consigo un olor distinto al de la nieve: tierra húmeda.

Viva.

Thoren respiró hondo.

—¿Sabes lo que es verlo otra vez? —murmuró.

—Saber que sigue existiendo… después de todo.

Sus manos temblaron ligeramente.

—Y aun así… no puedo perdonarlo.

Kael inclinó la cabeza.

—Entonces no lo hagas. No todavía.

Thoren lo miró.

—¿Y si nunca puedo hacerlo?

—Entonces que al menos sepa que sigues vivo.

Kael señaló hacia el valle.

—A veces eso basta para empezar de nuevo.

Thoren no respondió.

Se limitó a mirar la figura colosal de Valgor recostada sobre la tundra.

A lo lejos, el titán abrió los ojos.

Exhaló lentamente.

El aliento cálido removió la nieve frente a él, dejando al descubierto la tierra oscura que dormía bajo el hielo.

Entre los cristales helados apareció un pequeño brote verde.

Kael lo vio.

Y sonrió apenas.

La tierra aún sabía cómo levantarse.