El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Susurros del Hielo Antiguo
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El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2)

El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2)

Por Jonathan David Sánchez Pérez

© inepub.com

Susurros del Hielo Antiguo

El viento de la tundra arrastraba un murmullo constante, como si las montañas mismas contaran historias que nadie quería recordar.

En medio de esa inmensidad blanca, la choza de los Vorias ardía con un calor tenue.

El fuego chisporroteaba en el centro, tiñendo las paredes cubiertas de pieles con un resplandor ámbar.

Kael, con las mejillas enrojecidas por el frío, reía mientras forcejeaba con su hermano Darien. Entre empujones torpes y golpes suaves, ambos caían sobre las mantas como lobos jóvenes jugando a morderse sin hacerse daño.

La voz grave de Khaelor, su padre, retumbó desde el fondo de la estancia.

—La fuerza no es empujar más fuerte, Kael… es saber cuándo detenerse.

El muchacho se incorporó jadeando, pero Darien aprovechó el momento para atraparlo por detrás. Ambos rieron con estrépito, rompiendo el silencio habitual de la tundra.

La risa, sin embargo, se apagó pronto. Afuera reinaba una quietud densa, casi inquietante. Más allá del fuego, el mundo se extendía como un desierto congelado, vacío desde las guerras que habían borrado todo rastro de las antiguas ciudades.

A lo lejos, sobre un risco cubierto de escarcha, Samvarg vigilaba a su tribu. El gigantesco lobo de hielo permanecía inmóvil, con el pelaje plateado agitándose suavemente bajo el viento y los ojos brillando como cristales de luna.

Khaelor se acercó al fuego y apoyó una mano pesada sobre el hombro de Kael.

—Tu tiempo llegará, hijo. La nieve puede parecer débil, pero protege la tierra hasta que vuelve a florecer.

Kael bajó la mirada. Sentía que todos lo veían como un muchacho protegido, alguien incapaz de ofrecer más que sueños. Dentro de él hervía el deseo de demostrar que podía ser tan firme como su hermano y tan sabio como su padre.

El frío de afuera parecía llamarlo.

La noche avanzó con el crujir de la leña y el ulular del viento contra las paredes de madera. Kael se recostó junto a Darien, sintiendo cómo el calor del hogar se mezclaba con la helada que se filtraba por las grietas.

Comprendió entonces que el hielo no era solo frío. Era memoria. Un eco de todo lo que había sido destruido… y quizá también una promesa de lo que aún podía surgir.

El silencio fue lo último que escuchó antes de dormir.

El amanecer llegó sin color. Un cielo cubierto de nubes densas apenas dejaba filtrar una luz pálida, como si el sol estuviera enfermo.

Kael salió de la choza junto a Darien. El viento helado cortaba la piel, arrastrando copos que se estrellaban contra el rostro como diminutas cuchillas.

Samvarg estaba erguido sobre el risco.

Observaba la llanura.

Algo había cambiado.

A lo lejos, una hilera de figuras avanzaba tambaleante entre la nieve.

Eran cazadores de la tribu.

Hombres endurecidos por años de frío y hambre, guerreros que rara vez regresaban derrotados. Pero aquel día sus pasos eran torpes, pesados, como si cada pierna cargara el peso de una montaña.

Kael distinguió a uno de ellos: Arveth, un cazador de hombros anchos que solía cargar pieles y carne de alce como si fueran plumas. Ahora avanzaba sostenido por dos compañeros, y donde debía estar su pierna izquierda solo quedaba un vendaje empapado de sangre oscura.

Otro más, Edrik, caminaba solo.

Sus ojos estaban vacíos.

Cuando alguien lo llamó, no respondió.

Parecía haber dejado la voz atrapada en la tormenta.

Un murmullo inquieto se extendió entre quienes aguardaban en la entrada del poblado. El aire se volvió más pesado que el hielo, cargado de miedo.

Khaelor salió de la choza con paso firme.

—¿Qué ocurrió?

Los cazadores se dejaron caer cerca del fuego común. El calor no parecía alcanzarlos.

Uno de ellos habló con la barba cubierta de escarcha.

—No era una bestia… —murmuró—. Tampoco era humano.

Nadie se atrevió a interrumpirlo.

Otro levantó la mirada apenas.

—Cadenas… —susurró—. Cadenas que brillaban en la penumbra.

Kael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El silencio se rompió con un grito ahogado. Una mujer de la tribu se arrodilló junto a Edrik y lo sacudió con desesperación.

El cazador no reaccionó.

Solo temblaba.

Su mirada permanecía fija más allá del campamento, hacia el horizonte donde la ventisca arrastraba sombras deformes.

Khaelor apretó los puños.

—¡Basta! —rugió.

El murmullo murió al instante.

—Hablen claro. ¿Qué vieron?

Arveth levantó la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos, como si intentara recordar algo que su mente se negaba a aceptar.

—Una figura… enorme.

Tragó saliva.

—No se movía como un animal. Caminaba como un hombre… pero más alto que las colinas.

El silencio se volvió absoluto.

—La nieve no tocaba su piel —continuó con voz quebrada—. Y esas cadenas… sonaban incluso cuando el viento gritaba más fuerte.

Un escalofrío recorrió a todos los presentes.

Darien dio un paso adelante.

—¿Qué hicieron?

Arveth cerró los ojos un instante.

—Huir.

La palabra cayó como un cuchillo.

En la tribu del hielo, huir era peor que morir.

Y aun así…

nadie se atrevió a juzgarlo.

El consejo tribal se reunió de inmediato alrededor del fuego mayor.

Ancianos, guerreros, cazadores y madres con niños se apretaron bajo la sombra de las torres de hueso y piedra que marcaban el límite del poblado.

Kael permaneció entre la multitud, arrastrado por Darien, que quería escuchar con sus propios oídos.

Un anciano alzó la voz, más pálido que la escarcha.

—Si ese ser camina hacia nosotros, debemos ocultarnos. La tundra es vasta; hay cuevas donde la tormenta no entra.

Otro le respondió con furia, golpeando el suelo con el bastón.

—¡Ocultarnos es morir de hambre! Si dejamos que esa sombra marche libre, llegará el día en que nos encuentre sin haber alzado un arma.

Las voces crecieron, chocando como placas de hielo bajo presión.

Unos clamaban por levantar trampas y lanzas; otros hablaban de huir hacia el sur, donde los glaciares aún ofrecían refugio.

Kael apretó los puños hasta sentir el cuero crujir bajo sus dedos.

En su mente, el sonido de aquellas cadenas —que él no había visto— se repetía como una campana lenta.

Quiso gritar que pelearía, que no soportaba ver a su gente fracturarse.

Pero al alzar la mirada encontró a Samvarg, inmóvil en el risco, observando el círculo desde lejos.

No había alarma en el lobo: había atención.

Una vigilancia antigua, como si supiera que esa amenaza no se resolvía con un consejo.

Samvarg inclinó apenas la cabeza.

No era un gesto de aprobación. Era una advertencia silenciosa: todavía no.

El debate se estiró hasta que la noche volvió a cubrirlos. Nadie llegó a un acuerdo. Solo quedó el viento recorriendo las chozas, llevando consigo una misma idea que nadie pronunciaba con claridad: si el Errante era real, el hielo no bastaría para detenerlo.

Kael se acostó sin hambre. Con los ojos abiertos, repitió en su mente la frase que lo había perseguido desde el regreso de los cazadores:

Cadenas que brillaban en la penumbra…

Y en ese eco entendió algo simple y cruel: la tundra podía ser inmensa, pero también era un camino.

Pasaron varios días desde que los cazadores regresaron destrozados.

La aldea se movía con la disciplina de siempre —curtir pieles, reforzar puentes de hielo, mantener el fuego vivo—, pero todo se hacía con una cautela nueva, como si cualquiera pudiera escuchar el roce de metal más allá de la ventisca.

Nadie hablaba del Errante en voz alta. No por superstición, sino por instinto: nombrarlo lo hacía más cercano.

Incluso los portadores del hielo, aquellos que solían abandonar la tribu para cumplir el pacto y sanar las heridas de la tierra, detuvieron sus marchas.

Los senderos quedaron vacíos bajo nieve reciente.

No hubo decreto; fue un acuerdo sin palabras.

Mientras esa sombra caminara libre, nadie se alejaría lo suficiente como para quedar solo ante ella.

La sanación podía esperar. La supervivencia no.

Al cuarto día, sabios y guerreros se reunieron en el círculo mayor, bajo el resplandor azul de las llamas alimentadas con resina de hielo. Kael asistió en silencio junto a Darien, oculto entre los hombres que se amontonaban alrededor del fuego central.

Un anciano habló con voz temblorosa, pero firme.

—Si permanecemos ocultos, el Errante terminará encontrándonos. No hay cueva lo bastante profunda para escapar de esas cadenas.

Un guerrero golpeó su lanza contra la nieve endurecida.

—Entonces debemos cazarlo como a una bestia. Con Samvarg a nuestro lado, no habrá titán que resista.

Un murmullo de aprobación recorrió el círculo. El nombre de Samvarg encendía esperanza, aunque fuera una chispa breve. El lobo de escarcha había protegido a Skarnheim durante siglos. Si él marchaba… quizá lo imposible podía volverse terreno.

El anciano mayor —barba blanca como la escarcha— se levantó con dificultad. Esperó a que el murmullo muriera, y alzó la voz.

—Así sea. Partirán los Vorias, con nuestros guerreros más firmes, y Samvarg. Buscarán al Errante y acabarán con su sombra.

La decisión se asentó como hielo recién formado.

Kael lo supo incluso antes de ver a su padre: el aire de la choza había cambiado.

Khaelor Vorias apareció en el umbral ya preparado, con abrigo pesado de pieles, cinturón de armas y marcas tribales brillando con un fulgor tenue, como brasas heladas bajo la piel.

Su calma imponía más que cualquier grito de guerra.

—Padre… —la voz de Kael fue apenas un susurro.

Khaelor se acercó.

—Kael. Mantén el fuego de la casa encendido. Volveremos.

Darien entró detrás de él, armado, la mirada resuelta.

—Estoy listo, padre. Es hora de marcharnos.

A Kael se le cerró el estómago. Quiso protestar, decir que Darien debía quedarse. Pero su hermano se adelantó y sacó algo envuelto entre sus ropas: una capa de lana oscura, remendada en los bordes, con un aroma leve a humo y resina.

—¿La recuerdas? Mamá te la dio cuando eras pequeño. Dijiste que era demasiado grande para ti —sonrió, serio—. Ahora te toca cuidarla.