Capítulo 13
Un empate
Haven Bay — Miércoles por la mañana
El Festival de la Manzana Roja había llenado el parque.
Había puestos por todas partes, los niños corrían entre las mesas y el persistente olor a manzanas y canela parecía haberse adueñado del pueblo entero.
Audrey se había ofrecido como voluntaria en uno de los juegos.
Estaba pintando botellas cuando Morgan apareció junto al puesto.
—¿Crees que necesita más rojo?
Audrey levantó la botella.
—Quizá más azul.
—Eso pensé.
Lo miró.
—No sabía que tuvieras opiniones sobre decoración.
—Tengo muchas opiniones.
—Eso sí lo sabía.
Morgan sonrió.
Audrey volvió a su trabajo.
Un momento después, tropezó con una botella que había dejado en el suelo.
Morgan la sujetó antes de que cayera.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Al otro lado del puesto, Jane lo había visto todo.
Cecilia también.
Morgan soltó a Audrey y se volvió hacia el juego.
—¿Alguna vez has jugado?
—En la escuela.
—Entonces tienes ventaja.
Audrey cogió un aro.
—He leído algunos de tus artículos.
Morgan la miró.
—¿Los premiados?
—No.
Pareció hacerle gracia.
—Los otros.
—Escribes muy bien.
La sonrisa de Morgan desapareció por un momento.
—Gracias.
—No lo digo por cortesía. Me gusta cómo combinas los hechos con lo que significan para los implicados.
Morgan le sostuvo la mirada.
—Eso es bastante más amable de lo que esperaba de ti.
—No te acostumbres.
Audrey lanzó el aro.
Cayó perfecto.
—¿Ves?
Morgan lanzó el suyo.
También acertó.
—Un empate.
—Un empate —confirmó él.
—¿Quieres hacerlo más interesante?
Morgan enarcó una ceja.
—Siempre.
—Con los ojos cerrados.
—Eso no parece muy sensato.
—¿Tienes miedo?
Morgan cogió una venda.
—En absoluto.
Se cubrieron los ojos.
—Tres, dos, uno...
Lanzaron.
Audrey soltó una carcajada.
—Esto es una estafa.
—No aposté nada.
—Eso no significa que no estés haciendo trampa.
Morgan se quitó la venda.
—¿Quieres entrevistarme?
Audrey lo miró.
—Oficialmente, sí.
—Entonces ven a casa conmigo. Podemos preparar algo de comer.
Ella sonrió.
—Tentador, pero tengo que revisar varios números antiguos del periódico.
Morgan pensó un momento.
—Hagamos un trato.
—Te escucho.
—El próximo viernes. Si pierdo, te ayudo a revisar los números antiguos.
Audrey extendió la mano.
—Trato hecho.
Volvieron a sus posiciones frente a las botellas.
—Tres, dos, uno.
Lanzaron.
Audrey acertó.
—¡La tengo!
Morgan miró su botella.
—Empate.
—Otra vez.
—Otra vez.
Clifton apareció detrás de ellos.
—Mejor suerte la próxima vez, hijo.
Morgan lo miró.
—Gracias por el apoyo.
—Siempre.
Audrey sonrió.
—Buen juego.
Clifton se alejó unos metros al sonarle el teléfono.
—¿Dennis?
Su expresión cambió.
Escuchó en silencio.
—Necesito garantías de que no desmantelarán el periódico en cuanto lo compren.
La voz de Dennis se oyó al otro lado de la línea.
—Queremos comprarlo porque creemos en lo que el Beacon representa. Sería la joya de la corona del Harrison Group. Te garantizaría una jubilación cómoda y protegería el futuro de Morgan y del periódico.
Clifton miró a su hijo.
Morgan estaba hablando con Audrey.
—Necesito pensarlo.
—Es todo lo que pido.
Clifton colgó.
Guardó el teléfono.
Cuando Morgan se acercó, su expresión ya había cambiado.
—¿Quién era?
Clifton no vaciló.
—El Sr. Camden.
Morgan lo miró.
—¿El suscriptor?
—De toda la vida. Tiene problemas con su entrega.
Morgan sonrió con incredulidad.
—Papá, quiere hablar con el jefe.
Clifton arqueó una ceja.
—¿Y?
—Tú eres el jefe.
Clifton le sostuvo la mirada.
Por un momento, pareció que Morgan iba a preguntar más.
No lo hizo.
Pero había visto la expresión de su padre.
Y conocía demasiado bien a Clifton como para creer que una llamada sobre un periódico perdido pudiera haberla provocado.