El Contrato de Invierno (Lazos de Hielo nº 1) CAPÍTULO 13 — CONTROL DE DAÑOS #3
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CAPÍTULO 13 — CONTROL DE DAÑOS #3

—¿Qué sugieres exactamente? —inquirió Arthur, con la mirada fija en ella.

—Enfatizar el carácter gradual del proceso —repuso Mel, articulando un relato con los matices necesarios para resistir cualquier escrutinio—.

Explicaremos que, durante las primeras semanas de trabajo conjunto, al trazar las estrategias para reconducir la crisis de imagen, pasamos innumerables horas codo a codo, compartiendo no solo solvencia profesional, sino también inquietudes personales.

Echó un vistazo discreto a Arthur, consciente de que estaba traduciendo a un lenguaje estratégico la estricta verdad emocional de lo vivido entre ambos.

—Mencionaremos, por ejemplo, cómo la nevada que nos dejó incomunicados durante dos días forzó una cercanía que rebasó el ámbito estrictamente laboral —añadió, dejando entrever la emoción real tras el planteamiento—.

Cómo, al hilo de las conversaciones junto a la chimenea, descubrimos una afinidad que ninguno de los dos preveía encontrar en un principio.

Arthur permaneció inmóvil, observándola al otro lado de la mesa con una expresión en la que se adivinaba algo más profundo que la mera admiración profesional.

—Estás describiendo lo que ocurrió paso a paso —comentó al fin, con voz baja y pausada—. No estás inventando una ficción. Simplemente estás expresando ante el público la verdad que hemos vivido en privado.

—Exacto —asintió Mel, experimentando la satisfacción del entendimiento mutuo—.

Las mejores estrategias se asientan sobre bases reales, Arthur.

No estamos fabricando un afecto ficticio para consumo mediático; estamos reordenando el contexto y la cronología de lo sucedido para que resista cualquier investigación periodística.

La voz de Renée resonó con entusiasmo por el altavoz:

—Es un planteamiento impecable. Incorporaré estos puntos a la declaración oficial. También tendremos que prepararlos a los dos para las entrevistas de seguimiento que puedan solicitar los periodistas más insistentes, asegurándonos de que ambos mantengan un relato coherente y convincente.

Arthur volvió a asentir, contemplando a Mel con un respeto que trascendía lo laboral y lo formal.

—Eres sumamente brillante, Melissa —dijo con total sinceridad—. No solo salvaste mi posición financiera con la propuesta que me presentaste en la biblioteca semanas atrás; lo estás haciendo de nuevo ante una crisis aún más compleja.

Mel sintió que se le coloreaban ligeramente las mejillas ante el reconocimiento, que tenía un peso emocional más profundo que cualquier validación profesional previa.

—Aún debemos pulir cada detalle de la nota con el máximo cuidado —puntualizó, buscando mantener el rigor a pesar de la emoción—. Nos quedan menos de dos horas y media para el límite fijado.

Arthur asintió y regresó su atención a la pantalla. Mel apreció en sus gestos la huella de esa mirada de respeto: la constatación silenciosa de que lo que estaba naciendo entre ellos superaba con creces los límites de un acuerdo formal.

La pieza que faltaba

A las 7:47, exactamente trece minutos antes de que venciera el plazo crítico fijado por el comité de Boston, Renée confirmó por el altavoz que la nota oficial ya se había distribuido simultáneamente a todos los medios de prensa financiera relevantes, además de publicarse de forma directa en los canales corporativos del Sterling Group.

Mel sintió que los hombros se le relajaban ligeramente ante la noticia, aunque su mente analítica le advertía que aquel alivio era solo temporal y no resolvía la amenaza de fondo que aún los acechaba.

—La declaración se está difundiendo con rapidez por múltiples vías —informó Renée; su voz recuperaba la eficiencia habitual, aun con las huellas de cansancio tras horas de trabajo ininterrumpido—.

Las primeras reacciones que hemos monitorizado son considerablemente más favorables de lo previsto.

El tono equilibrado entre los hechos y la verdad de la relación parece estar funcionando tal como lo planeamos.

—Sigue atenta a cualquier novedad en las próximas horas —le encomendó Arthur con prudencia—. Debemos estar preparados ante cualquier pregunta de seguimiento de los periodistas más insistentes.

Tras dar por concluida la llamada, Arthur permaneció en silencio frente al portátil. Sus dedos golpeaban de forma rítmica sobre la mesa, un gesto en el que Mel reconoció de inmediato el discurrir de un nuevo proceso de análisis.

—Aún debemos resolver el asunto de fondo —comentó él al fin, girándose para mirarla—.

La declaración soluciona la percepción pública inmediata, pero no neutraliza el peligro.

Si hay alguien dentro de la organización dispuesto a filtrar documentación reservada, tenemos que identificar a esa persona antes de que cause un perjuicio mayor.

—Mencionaste antes que solo tres personas tenían acceso legítimo a ese contrato —recordó Mel, siguiendo el hilo de la reflexión.

—Tenemos que confirmar si la filtración procedió de una de esas tres fuentes o si existe la posibilidad de que un tercero haya accedido sin autorización por medios técnicos —respondió Arthur mientras tecleaba nuevas instrucciones en la tableta corporativa—.

Indicaré a nuestro equipo de seguridad que priorice esa investigación.

—¿Y Thomas? —inquirió Mel, sintiendo una punzada de inquietud al nombrarlo.

—Ordenaré que vigilen de cerca todos sus movimientos en Chamonix —aseguró Arthur con firmeza—. Si está involucrado en esta maniobra a través del competidor local, debemos reunir todas las pruebas antes de cualquier confrontación directa.

En ese instante, mientras Arthur terminaba de redactar las instrucciones, el teléfono volvió a vibrar. La pantalla mostraba el nombre del jefe de seguridad personal del complejo.

Arthur descolgó de inmediato y activó el manos libres con su habitual agilidad.

—Monsieur Sterling —resonó la voz grave y profesional del jefe de seguridad—, tenemos una novedad importante sobre la persona a la que nos pidió vigilar de forma discreta.

—Te escucho —dijo Arthur, en tensión.

—Nuestro equipo ha localizado a Thomas Reston hace unos cuarenta minutos.

Se ha citado con un individuo en un área poco concurrida cerca del teleférico principal —relató el jefe de seguridad con gravedad—.

Lo hemos identificado mediante el sistema de reconocimiento facial de nuestras cámaras.

Se trata de Pierre Laurent, un alto ejecutivo vinculado a Alpine Luxury Resorts, nuestro principal competidor en la zona.

Mel se erizó al escucharlo: las sospechas sobre la alianza entre Thomas y la competencia quedaban respaldadas por un hecho indiscutible.

—Hay un dato adicional que debe conocer —añadió el jefe de seguridad con cautela—. Nuestra división de inteligencia corporativa ya investigaba a Pierre Laurent de forma independiente desde hace tres meses por sospechas de espionaje industrial en varias propiedades del Sterling Group en Europa.

Arthur y Mel intercambiaron una mirada de gravedad ante la revelación.

—Mantengan el seguimiento con la máxima discreción —ordenó Arthur con voz fría—. Necesito documentación completa y con validez legal de cada interacción entre ellos, en especial cualquier prueba de una transacción financiera que confirme la conspiración.

Al terminar la llamada, Arthur se quedó inmóvil. En la intensidad de sus ojos grises se adivinaba la puesta en marcha de un plan de mayor alcance.

—Esto ya no se reduce a proteger nuestra imagen pública —sentenció con voz baja pero tajante—. Si Pierre Laurent dirige una red de espionaje industrial contra el Sterling Group y Thomas participa en ella, nos enfrentamos a una amenaza mucho más seria que la filtración de un contrato.

Mel asumió la gravedad del escenario, consciente de que aquel episodio distaba mucho de haber concluido.

—Está dispuesto a llegar mucho más lejos de lo que ha llegado hasta ahora —advirtió ella con tono sombrío.

—Debemos estar preparados para cualquier escenario —concluyó Arthur, sin apartar la mirada de la pantalla mientras trazaba los pasos a seguir—. Porque si la red es tan amplia como sospechamos, esto es solo el comienzo de algo mucho más complejo y peligroso de lo que previmos.