CAPÍTULO 10 — EL BAILE DE INVIERNO #4
—Necesito apenas unos minutos con el equipo jurídico en la sala reservada para la directiva —murmuró Arthur, dejando entrever en su rostro una sincera renuencia a alejarse de ella en ese momento—. ¿Estarás bien sola este breve intervalo?
—Buscaré un poco de aire fresco —respondió Mel, sintiendo la necesidad real de quedarse a solas unos instantes para asimilar la intensidad emocional acumulada durante el baile—. ¿Hay alguna terraza o balcón exterior en esta zona?
Arthur asintió y señaló hacia una puerta lateral que a Mel le había pasado desapercibida tras la elaborada decoración de la estancia principal.
—A la derecha de esa vidriera. Te buscaré allí en cuanto resuelva este asunto con los abogados.
Se alejó a duras penas, y Mel echó a andar hacia el balcón indicado, anhelando el contacto con el aire puro de la montaña tras horas en aquel ambiente caldeado y socialmente sofocante.
Al cruzar los discretos ventanales de acceso, la terraza le ofreció una vista majestuosa de los copos de nieve que caían con suavidad sobre Chamonix, envueltos en el leve resplandor de las luces distantes del valle alpino.
La brisa gélida le llenó los pulmones con una reconfortante sensación de alivio, y Mel respiró hondo, paladeando esa efímera soledad antes de verse obligada a reanudar su actuación en el evento.
De pronto, el eco de unos pasos pesados sobre la tarima de madera rasgó el silencio. Antes incluso de girarse del todo, Mel supo exactamente quién avanzaba por la penumbra gracias a ese instinto perfeccionado durante siete años de convivencia.
El rastro de su colonia —ese mismo perfume importado y anodino que ella asociaba a innumerables noches compartidas a lo largo de los años— delató su presencia antes de que llegara a articular palabra.
—¿De verdad pensaste que podías darme la espalda así como así, Melissa?
—preguntó la voz de Thomas, cargada de una mezcla compleja de rabia contenida, envidia patente y un ramalazo de verdadera desesperación, distanciado de la soberbia calculadora con la que había gestionado aquel devastador anuncio de compromiso.
Mel se giró despacio y lo encontró de pie cerca de la entrada de la terraza, cortándole parcialmente el paso hacia el interior del salón, con el rostro desencajado por la misma estupefacción que ella había percibido un rato antes en la pista de baile.
—Todo este circo con Sterling... —continuó Thomas, dando un paso al frente mientras su voz adoptaba un tono casi suplicante, salpicado de rastros de su antigua arrogancia—, ¿crees que engañas a alguien, Mel? Yo te conozco. Sé perfectamente quién eres detrás de toda esta puesta en escena.
—Tú no sabes absolutamente nada sobre quién soy, Thomas —replicó Mel, manteniendo una firmeza calculada a pesar del nudo de ansiedad que comenzaba a apretarle el estómago ante aquel cara a cara tan temido como imprevisto.
—Estás usando a ese multimillonario para vengarte de mí —insistió él, ignorando su respuesta y hablando con una prisa creciente—.
Por mi compromiso con Beatriz, por la humillación pública que te imaginas que planeé a propósito contra ti.
¿Cuánto te está pagando, Melissa? ¿Cuánto cuesta fingir que amas a alguien ante un grupo de inversores cínicos?
Esas palabras la golpearon con una precisión hiriente. Reconoció en ellas los interrogantes que más temía afrontar en un choque directo, precisamente porque albergaban los matices de verdad necesarios para tambalear la seguridad que se había esforzado por edificar en las últimas semanas.
—Eso no es asunto tuyo —repuso Mel, forzándose a erguir la postura ante el regreso invasivo de su antigua inquietud.
—O tal vez —prosiguió Thomas, bajando la voz hacia un registro más calculado y cruel— seas tú la engañada en todo este asunto.
¿De verdad te crees que un hombre como Arthur Sterling podría llegar a quererte, Mel?
Con todo lo que tiene y todas las opciones a su alcance...
¿O prefieres ignorar que esto no es más que otro acuerdo comercial calculado, como cualquier contrato corporativo que firma, donde tú cumples un papel temporal hasta que dejes de serle útil?
El dardo atravesó la coraza de Mel con un dolor punzante, alcanzando esa sombra de duda que aún albergaba en silencio, pese a los momentos de auténtica vulnerabilidad compartidos con Arthur en las últimas semanas.
Abrió la boca para articular alguna réplica que desmintiera rotundamente la acusación, pero antes de que pudiera pronunciar palabra con la garganta encogida, una sombra imponente bloqueó el acceso a la terraza.
La silueta recta de Arthur Sterling llenó por completo el espacio con su sola presencia física.
A la tenue luz procedente del salón principal, Mel distinguió en la cara de Arthur algo que rebasaba con creces la habitual frieza ejecutiva con la que solía manejarse en público.
Era la mirada contundente de un hombre dispuesto a intervenir de inmediato ante cualquier amenaza contra los suyos, con unos ojos grises que despedían un fulgor peligroso, bajo un control absoluto que solo se sostenía mediante un esfuerzo firme y deliberado.