El Contrato de Invierno (Lazos de Hielo nº 1) CAPÍTULO 8 — EL DÍA SIGUIENTE #3
59%

CAPÍTULO 8 — EL DÍA SIGUIENTE #3

—También está esto —dijo finalmente, abriendo una segunda pestaña en el navegador y mostrándole un artículo específico publicado por un portal de noticias brasileño de perfil más tradicional y menos dado al chisme de celebridades—.

Un medio de comunicación de prestigio en Brasil está cuestionando abiertamente los pormenores de mi salida repentina de Vanguard Marketing, dejando caer interrogantes sobre por qué una consultora de estrategia sin proyección internacional previa ha conseguido, de la noche a la mañana, una posición tan relevante junto al Grupo Sterling apenas unos días después de dejar su empresa anterior en circunstancias aparentemente tensas.

Arthur frunció ligeramente el ceño mientras leía la noticia con doble atención, y Mel vio cómo una sombra de preocupación real cruzaba su rostro, por lo general imperturbable.

—¿Mencionan explícitamente alguna relación entre tu salida de Vanguard y nuestro vínculo actual? —preguntó él, con un tono cargado de esa gravedad táctica que ella ya conocía bien de los momentos en que analizaba amenazas potenciales para la historia que habían construido con tanto celo.

—No de forma directa, por ahora —contestó Mel, siguiendo las líneas de aquel texto con un cuidado cada vez mayor—.

Pero las cuestiones que plantean apuntan a que hay una investigación periodística más profunda en marcha.

Alguien, probablemente un periodista de investigación más perseverante que un simple columnista de variedades, tiene verdadera curiosidad por la cronología exacta de los hechos: cómo logré este puesto con tanta rapidez y si hay alguna trama más compleja detrás de mi salida abrupta de la agencia brasileña y mi contratación inmediata por el Grupo Sterling.

Sintió que esa zozobra específica se intensificaba a medida que daba voz a sus temores, tomando plena conciencia de la dimensión real del peligro que una indagación de ese calibre podría suponer para toda la farsa que con tanto cuidado habían urdido.

—Si un periodista con la suficiente tenacidad consigue reconstruir una línea de tiempo lo bastante detallada —añadió, dejando entrever un desasosiego creciente en su voz—, incluyendo tal vez testimonios de compañeros de Vanguard que presenciaron mi despido público, existe el riesgo real de que la sospechosa rapidez de los acontecimientos despierte dudas legítimas sobre la autenticidad de nuestra relación.

Arthur se mantuvo en silencio durante un largo instante, con la mirada fija en aquel artículo. Tras su semblante metódico, Mel adivinó una intensa actividad estratégica, una evaluación relámpago de múltiples variables y posibles maniobras de contención.

—Debemos vigilar esa vía de investigación con especial cuidado —declaró al fin, recuperando ese tono más formal y resolutivo propio de las grandes decisiones ejecutivas—.

Si esa línea periodística cobra más fuerza, necesitaremos una estrategia preventiva bien articulada antes de que se establezca públicamente cualquier vínculo explícito entre tu salida repentina y nuestra alianza actual.

Mel asintió, sintiendo cómo la inquietud profesional recobraba terreno sobre cualquier complicación emocional de índole personal que hubiera ocupado sus pensamientos durante la mañana.

Comprendió, a través de ese intercambio pragmático, que el paréntesis de aislamiento e intimidad, por significativo que hubiese sido en el plano afectivo, debía dar paso a las urgencias estratégicas que el implacable mundo exterior no dejaba de exigir, al margen de las vivencias profundas que hubieran compartido en aquellas horas de retiro forzado.

La reacción corporativa

Arthur aún sostenía el teléfono de Mel, examinando el artículo brasileño con concentrada atención, cuando el aparato vibró de nuevo en sus manos, mostrando esta vez una llamada entrante con el nombre de Renée destacado en la pantalla.

—Es mejor que atiendas —dijo él, devolviéndole el móvil a Mel, aunque permaneciendo lo bastante cerca como para seguir de primera mano la conversación.

Mel deslizó el dedo por la pantalla, activando de inmediato el manos libres y dejando el teléfono sobre la encimera entre ella y Arthur, al intuir que cualquier información que Renée estuviera a punto de comunicar exigiría una decisión estratégica conjunta e inmediata.

—Melissa, gracias a Dios que han recuperado la luz —resonó la voz de Renée a través del altavoz, impregnada de su eficacia práctica habitual, si bien Mel captó en su tono, ligeramente más acelerado de lo normal, una premura real tras el saludo inicial—.

Necesito hablar con los dos de inmediato sobre unos acontecimientos importantes que han tenido lugar mientras estaban aislados.

—Te escuchamos, Renée —respondió Arthur, recuperando por completo su registro corporativo formal y directivo.

—El comité de inversiones de Boston se ha puesto en contacto por canales informales en las últimas horas —prosiguió Renée, con un matiz en la voz casi animado, francamente entusiasmado—.

Les ha encantado la repercusión de la fotografía inicial en la nieve.

El señor Vance en persona comentó, durante una llamada preliminar con nuestro equipo jurídico, que la narrativa del «romance inesperado» ha humanizado considerablemente la imagen pública de Arthur a sus ojos, justo como preveía el plan trazado.

Mel experimentó un alivio momentáneo ante la confirmación práctica de que la estrategia daba los frutos esperados, pero la tranquilidad apenas duró unos segundos antes de que Renée continuara con datos adicionales de consecuencias harto más complejas.

—Quieren adelantar de forma significativa el calendario para la firma del precontrato de fusión —añadió Renée—.

En lugar de las tres semanas previstas en un principio antes de la reunión decisiva del comité, proponen fijar una fecha concreta para este mismo fin de semana, aprovechando precisamente la ola de entusiasmo público favorable antes de que cualquier posible giro mediático negativo pueda alterar la percepción actual.

—Eso supone una aceleración considerable respecto al cronograma inicial —observó Arthur, cruzando con Mel una rápida mirada que contenía tanto satisfacción estratégica como cierta aprensión ante la repentina presión del tiempo.

—Hay una condición más que imponen de forma específica —continuó Renée, y Mel notó, en la breve vacilación de la asesora antes de seguir, que lo que venía tenía un peso no menor—.

Exigen que Melissa esté presente en persona en la cena de gala oficial que se celebrará este fin de semana, donde se festejará la firma formal del precontrato ante todo el comité ejecutivo y los demás inversores de relevancia.

A Mel se le encogió el estómago ante semejante exigencia, consciente al instante de las profundas implicaciones que conllevaba.

Hasta ese momento, toda la farsa se había articulado mediante fotografías fríamente calculadas y momentos públicos de duración limitada y controlada: poses concretas ante las cámaras, breves apariciones susceptibles de ser orquestadas y ejecutadas minuciosamente dentro de unos márgenes temporales acotados.

Una cena de gala oficial planteaba un escenario de naturaleza totalmente distinta.

Implicaba horas enteras de interacción social directa y continua ante inversores curtidos y cínicos, adiestrados precisamente para detectar el más mínimo atisbo de artificialidad o incomodidad en relaciones supuestamente auténticas.

Ya no habría margen para pausas tácticas entre pose y pose, ni tiempo para consultas privadas sobre los pasos a seguir.

Sería una actuación ininterrumpida ante un público con amplia experiencia en evaluar la sinceridad emocional en el marco de complejas negociaciones comerciales a lo largo de toda su carrera.

—Han dejado absolutamente claro —enfatizó Renée, con una marcada nota de gravedad en la voz— que la presencia de Melissa no es opcional.

De no acudir, el señor Vance y los demás miembros del comité interpretarían la ausencia como una señal de alarma, pensando que tal vez este romance no sea más que una cortina de humo estratégica urdida por nuestro gabinete de comunicación, desprovista de sustancia genuina tras esa fachada pública tan meticulosamente elaborada.

Un pesado silencio cayó sobre Arthur y Mel mientras ambos asimilaban el alcance real de aquella exigencia y sus consecuencias para el plan que con tanto empeño habían urdido hasta la fecha.

—Entendido, Renée —habló al fin Arthur, conservando su aplomo profesional, aunque Mel apercibió, por la cercanía física que aún compartían, una incipiente tensión en sus hombros—. Organiza la logística necesaria. Asistiremos según lo requerido.

Renée confirmó a toda prisa algunos detalles prácticos sobre horarios y localizaciones antes de dar por terminada la llamada, dejando de nuevo a Arthur y a Mel a solas en la cocina.

El silencio que se instauró entre los dos poseía ahora una cualidad considerablemente más tensa que la de cualquier quietud compartida durante la noche de creciente intimidad previa.

Mel alzó la mirada y se encontró con los ojos de Arthur en la escasa distancia que los separaba, reconociendo en él la misma inquietud calculada que ella sentía ante un reto inminente, infinitamente más complejo que cualquiera de los afrontados hasta ese momento en la elaborada farsa.

—Una cena entera —murmuró ella despacio, dando forma en voz alta a la preocupación que los dos procesaban a la vez—. Horas de trato continuo ante personas entrenadas para cazar la menor inconsistencia en el comportamiento.

—Tendremos que resultar absolutamente convincentes —repuso Arthur, con una firmeza en la voz que, a juzgar por la atenta mirada de ella, ocultaba también cierto recelo ante la verdadera magnitud del reto.