El Contrato de Invierno (Lazos de Hielo nº 1) CAPÍTULO 5 — LA PRIMERA FOTO #4
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CAPÍTULO 5 — LA PRIMERA FOTO #4

Resultaba extraño, no podía negarlo, observar cómo un momento tan intensamente privado —al menos en su vivencia personal, al margen del marco contractual que regulaba la farsa— era consumido y destripado públicamente por miles de desconocidos, cada uno elucubrando sus propias teorías sobre la autenticidad de esa conexión.

Mel bebió un sorbo de chocolate caliente sin apartar la mirada de la pantalla.

Una vez más, esa inquietud persistente volvió a aflorar bajo la superficie de su éxito profesional.

Lo que había sentido en la nieve, aquel instante en que el resto del mundo pareció desvanecerse, no se ajustaba a la categoría cómoda de una simple «excelente ejecución profesional».

Había algo más allí, algo para lo que aún no se sentía preparada para examinar con absoluta franqueza, pero que permanecía al acecho bajo su aparente control, a la espera de un momento futuro en el que no le fuera posible posponer esa certeza.

El veneno del ex

Mel dio otro sorbo al chocolate caliente, sintiendo aún esa ola residual de triunfo profesional latiendo suavemente en su interior, cuando la pantalla del teléfono se iluminó con una llamada entrante a su línea personal de Brasil, todavía activa a pesar de la distancia considerable que ahora la separaba de su país.

El nombre en la pantalla le heló la sangre al instante; una reacción física inmediata que pareció desbaratar cualquier rastro de satisfacción profesional previa con una rapidez brutal.

Thomas.

Dudó durante dos segundos enteros con el pulgar suspendido sobre la pantalla sin llegar a tocarla.

Una parte de ella se sentía genuinamente tentada de ignorar la llamada, dejarla pasar en silencio al buzón de voz y preservar la distancia protectora que tanto le había costado construir a lo largo de los últimos días.

Sin embargo, una determinación más profunda —alimentada por esa misma confianza renovada que el impacto positivo de la mañana le había ayudado a consolidar— la impulsó a deslizar el dedo y contestar con una firmeza que ni ella misma esperaba.

No iba a esconderse. Ya no.

—¿Qué quieres, Thomas? —respondió. Su voz sonó perfectamente controlada, casi sorprendente por su calma dada la intensidad de su reacción inicial.

—¡¿Qué clase de broma es esta, Melissa?!

—la voz de Thomas sonó alterada al otro lado de la línea, mezclando una furia evidente con algo más complejo y difícil de definir; una tensión que denotaba emociones mucho más confusas que la simple rabia.

—¿Quién es ese tipo? ¿Qué estás haciendo en Europa con Sterling?

Mel guardó silencio unos instantes, dejando que la pregunta quedara suspendida en el aire sin ofrecer una respuesta inmediata.

Era una técnica aprendida tras años de negociar situaciones profesionales complejas: permitir que el silencio presionara a la otra parte para revelar más de lo que pretendía en un principio.

—¿De verdad crees que esto va a durar? —prosiguió Thomas.

Su tono adquirió una matiz más calculado, casi cruel en su precisión, como si hubiera decidido abandonar la furia desmedida en favor de algo más insidioso y destructivo—.

¿Un hombre como él, Melissa? ¿Un multimillonario, dueño del mundo, rodeado desde siempre por mujeres de su nivel?

¿Crees que está interesado en ti más allá de esta...

o de lo que sea que constituya este montaje publicitario barato?

Te conozco, Mel. Sé de lo que eres capaz y de lo que no. Y esto te queda grande.

Cada palabra golpeaba a Mel con una precisión que reconocía, con creciente incomodidad, como peligrosamente eficaz; no por la verdad objetiva de esas afirmaciones, sino por cómo Thomas, tras siete años de intimidad compartida, sabía señalar con exactitud sus inseguridades más profundas.

—Te estás exponiendo al ridículo internacional, ¿lo sabes?

—continuó él, bajando el tono hacia una falsa calidez de preocupación que ella identificó como pura manipulación, precisamente porque sonaba lo bastante convincente como para desarmar cualquier defensa—.

Tarde o temprano todos se darán cuenta de que esto es una farsa patética.

Y cuando lo hagan, Mel, serás el hazmerreír de la industria, no solo en Brasil, sino en todo el mundo.

Puede que aquí ya no tengas nada que perder, pero estás a punto de arruinar cualquier credibilidad que te quedara para el futuro.

Las palabras calaron en Mel con una precisión dolorosa, avivando la misma inquietud que arrastraba desde la sesión fotográfica de la mañana: esa duda latente sobre la autenticidad, sobre el límite entre la actuación y la realidad, y sobre cuán sostenible sería semejante montaje a lo largo de los meses venideros.

—Solo intento protegerte, Mel —concluyó Thomas. Su voz adoptó esa suavidad calculada que ella recordaba de memoria, la misma que empleaba cuando quería simular un interés sincero mientras, en realidad, intentaba socavar cualquier atisbo de seguridad que le quedara.

Antes de que Mel pudiera articular respuesta alguna, mientras sentía cómo esas palabras resonaban de forma incómoda en una mente ya vulnerable, una mano grande y firme le quitó el teléfono de los dedos con delicadeza.

Enfrascada en la llamada, ni siquiera había notado la aproximación de Arthur.

Sin embargo, allí estaba él, tras haber cruzado la cafetería en silencio mientras ella permanecía distraída.

Sostenía el teléfono contra su oreja con una serenidad que contrastaba de forma drástica con la tensión que aún recorría el cuerpo de Mel.

—Le sugiero que mida el tono de su voz —dijo Arthur. Su voz era baja pero tajante, y cada palabra sonaba articulada con una precisión quirúrgica que encerraba más peso y amenaza implícita que cualquier grito. —Y borre su número.

Hizo una breve pausa. Sus ojos grises se fijaron en un punto distante mientras escuchaba, presumiblemente, cualquier réplica que Thomas intentara formular al otro lado de la línea. Su rostro permaneció impasible, sin mostrar el menor indicio de que aquella respuesta mereciera consideración alguna.

—Usted ya no tiene ninguna relevancia en su vida —concluyó Arthur con tono firme e inapelable. Sin esperar más, colgó la llamada con un gesto sencillo y pausado, devolviendo el teléfono a Mel con la misma delicadeza calculada con la que se lo había quitado.

Mel se le quedó mirando durante un largo instante con el teléfono mudo entre las manos, procesando no solo el alivio inmediato de esa intervención, sino algo más profundo que aún intentaba asimilar.

Aquello no estaba contemplado en el contrato.

Ninguna cláusula exigía que Arthur interviniera personalmente ante las amenazas de su exnovio; ningún término estratégico estipulaba semejante protección directa.

Había sido, lo comprendió con una claridad desestabilizadora, una elección estrictamente personal, una reacción nacida de un lugar ajeno a cualquier consideración profesional.

—No tenías por qué hacer eso —dijo finalmente en voz baja, aún encajando el imprevisto gesto.

—Lo sé —respondió Arthur con sencillez, manteniendo la mirada fija en ella con esa intensidad que empezaba a resultarle dolorosamente familiar—.

Se ha dado el primer golpe —continuó, recuperando un tono serio y pausado—, pero ahora tu ex sabe exactamente dónde estás.

Y los hombres heridos en su orgullo suelen volverse impredecibles.

La advertencia caló en Mel con un peso considerable. La seriedad de la observación le hizo ver que la protección que Arthur acababa de brindarle no marcaba el final del conflicto con Thomas, sino únicamente el inicio de su capítulo más tenso.