El Contrato de Invierno (Lazos de Hielo nº 1) CAPÍTULO 4 — LA INGENIERÍA DE LA FARSA #4
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CAPÍTULO 4 — LA INGENIERÍA DE LA FARSA #4

Tomó el dispositivo, desbloqueó la pantalla y revisó los avisos: antiguos mensajes de trabajo sin relevancia tras su dimisión, actualizaciones genéricas de aplicaciones y, de manera casi inevitable, una notificación de Instagram que captó su atención al instante.

Era una publicación de Thomas.

Mel vaciló un momento antes de abrirla, consciente de que cualquier novedad vinculada a él conllevaba cierto riesgo de reflotar el malestar. Sin embargo, la curiosidad, ligada al impulso recurrente tras una ruptura reciente, se impuso a la duda.

La imagen mostraba a Thomas y Beatriz posando ante la fachada principal de Vanguard Marketing, sonrientes ante la cámara y tomados de la mano de forma calculada.

El anillo de compromiso de Beatriz destacaba en primer término, captando la luz del día.

El pie de foto, redactado en el tono corporativo que Thomas utilizaba habitualmente en redes, rezaba: «Nuevos pasos, nuevos socios; el futuro es nuestro».

A Mel se le encogió oprimió el estómago, experimentando una reacción física inmediata que no esperaba del todo tras lo asimilado en las últimas cuarenta y ocho horas.

Resultaba en cierto modo desolador no solo el contenido de la imagen, sino la elección de la localización: la misma fachada corporativa donde había dedicado siete años a consolidar una trayectoria que ahora parecía omitida, reemplazada por la imagen de la pareja frente al edificio.

Sintió el impulso de apartar el teléfono, bloquear todo contacto con el perfil y evitar cualquier exposición a ese tipo de contenido.

Pese a ello, permaneció observando la imagen un instante, procesando el impacto inicial e identificando, al mismo tiempo, una determinación firme que surgía de lo vivido.

Mel apagó la pantalla y miró su reflejo en el espejo del baño, observando a una mujer exhausta pero serena, sosteniéndose en pie tras los acontecimientos recientes.

—¿Quieres jugar, Thomas? —susurró para sí misma con voz firme, recuperando el aplomo del encuentro en la sala de juntas de Vanguard—. Vamos a jugar en otra liga.

Pensó en Arthur Sterling, en la propuesta formalizada minutos atrás, en el contrato por firmar y en la oportunidad imprevista que se le presentaba.

Advertía cierto sentido de compensación al considerar que, mientras Thomas posaba ante la agencia que ella había contribuido a levantar, ella se disponía a participar en una operación de un alcance muy superior a cualquier proyecto de Vanguard Marketing.

En ese momento, con esa resolución firme en mente, el teléfono vibró de nuevo. La notificación no procedía de redes sociales ni de su etapa anterior, sino del servicio de mensajería corporativo que Renée había habilitado para las comunicaciones de la operación.

Mel abrió el mensaje, reconociendo el número de Arthur, guardado en la agenda con el nombre que figuraba en el documento pendiente de firma.

Mañana a las 8:00 h en la pista privada de esquí. Lleve ropa de abrigo. Nuestra primera foto juntos se publicará al mediodía.

Leyó el texto dos veces, prestando atención a los detalles. En la superficie, era un mensaje directo y funcional, acorde con un ejecutivo habituado a coordinar gestiones con brevedad: hora, lugar, indicación sobre la indumentaria y plazo de publicación definido.

Sin embargo, adivinaba bajo la brevedad del texto un matiz sutil, alejado del mero cumplimiento de un calendario previsto.

No era una invitación formal en sentido convencional —el contexto resultaba demasiado estricto para esa lectura—, pero transmitía una expectativa concreta, como si él mismo anticipara el primer compromiso público con cierta atención añadida al plano estrictamente profesional.

Mel notó una leve expectación interna que no experimentaba desde hacía días: no el recelo de las jornadas previas ni la carga de deber que había marcado su etapa con Thomas, sino una ligera curiosidad por comprobar qué revelaría el siguiente encuentro con un interlocutor de perfil complejo.

Recordó a Arthur junto al ventanal, con la espalda recta bajo la camisa blanca y la mirada gris fija en el análisis de la situación. Recordó su distanciamiento irónico, la atención contenida cuando ella rozó el desmayo por el cansancio y la firmeza de su mano al sellar el acuerdo.

Adivinaba matices bajo la apariencia distante que la prensa solía reflejar en los titulares.

Por primera vez desde la mañana en Vanguard Marketing, Mel experimentó un interés genuino —ajeno al temor o a la obligación— por descubrir qué depararían los días y semanas venideros junto a su socio en esta estrategia.

Escribió una respuesta breve y profesional —Estaré allí a las 8:00 h— y dejó el teléfono en la mesilla, apagando la luz principal del dormitorio y manteniendo solo la iluminación tenue junto a la cama.

Recostada en la penumbra del aposento, escuchando el silencio de la montaña, Mel conservó esa expectativa serena. La jornada siguiente traería consigo la puesta en marcha de la estrategia y, por primera vez en días, afrontaba el horizonte inmediato con cierta confianza en los pasos venideros.