El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) Epílogo
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Epílogo

Te dije al principio que los muertos no descansan, y que tardé demasiado en descubrir a dónde van de verdad y quién los espera.

Ahora ya lo sabes tú también. Perdóname por habértelo contado.

Hay verdades que pesan, y esta pesa más que casi todas.

Pero prometí no mentirte, y a estas alturas ya somos lo bastante amigos para que te deba la verdad entera.

Así que aquí la tienes, completa, por fin, con la voz solo medio temblándome: bajo el lago al que el mundo manda a sus muertos creyendo que les regala la paz, hay una boca.

Y lleva eras comiendo. Y los que mandan en ese hambre escribieron leyes, inventaron diezmos y fabricaron guardianes para que la mesa nunca se vaciara.

Te lo contaron como orden. Como descanso.

Como el modo en que son las cosas. Y casi todo lo que te contaron sobre la muerte era el menú visto desde el lado del que se sienta a comer.

Casi todo. No todo. Porque hay una manera de cruzar que el hambre no alcanza.

La conozco. Soy, que yo sepa, la única persona viva que la conoce.

Y pienso enseñarla, y tejerla, y repartirla, hasta que se me gaste la última chispa o hasta que el mundo aprenda a soltar bien a sus muertos sin necesitarme. Lo que pase primero.

* * *

[De la voz de la que fue río]

Vino a verme una noche, al final de aquella primavera. No por la puerta —los dioses no usan puertas—; estaba, sin más, al borde del embarcadero, con la piel veteada como el lecho de un río y una voz que era todo rumor de agua corriente y deshielo.

—No vengo de parte del Concilio —dijo, antes de que yo pudiera encender nada—.

Vengo a pesar de él. Fui río, hace mucho, antes de que me secaran y me sentaran en un trono de hielo a vigilar muertos.

Llevo eras dudando, y la duda, niña, es lo único que esos no saben comer.

—Me miró, y en sus ojos había algo que no había visto en ningún Antiguo: pena, y debajo, muy abajo, esperanza—.

El Heraldo te llamó hambre. Tiene razón.

Eres lo único que esos rescoldos viejos han temido en mil años, porque eres lo único que puede devolverles el agua a los ríos secos.

Y no estás sola en quererlo. Algunos de nosotros recordamos haber sido otra cosa antes que despensa de nadie.

—¿Qué me estás ofreciendo? —pregunté.

—Aún nada. —Empezó a deshacerse en niebla, como se deshacen ellos—.

Un aviso, por ahora. Van a dejar de juzgarte.

Eso ya lo sabes. Lo que no sabes es lo deprisa.

Afila la mano que aprendiste a abrir, Tejedora.

La vas a necesitar abierta y firme a la vez, que es lo más difícil que existe.

—Su voz se hizo agua, lejana—. Y cuando llegue el momento de bajar al fondo del lago a por ellos…

búscame. Yo sé por dónde corría el río antes de que lo helaran.

Sé un camino a la despensa que el Heraldo cree olvidado.

Y se fue, dejando en la piedra del embarcadero una mancha de humedad que olía, increíblemente, a deshielo, a primavera, a ríos que llevaban demasiado tiempo callados y empezaban, muy despacio, a acordarse de cómo se canta.

Me quedé sola bajo el cielo nuevo, con la marca de ceniza latiéndome firme sobre el corazón y un fuego terco ardiéndome dentro.

Hace un año hice temblar al mundo por amor.

Este año aprendí a abrir la mano, y me costó un amigo, y un vínculo, y la inocencia de creer que los muertos descansan.

Lo que viene ahora es la cosecha. La suya, que lleva eras. Y la mía, que apenas empieza: la de devolverle al mundo, alma a alma, el descanso que le robaron.

Que tengan hambre los que solo saben tener hambre.

Yo tengo manos para tejer, y por fin sé abrirlas.