El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO VEINTIOCHO Reforjar
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CAPÍTULO VEINTIOCHO Reforjar

—Aún no habéis ganado —dijo el Heraldo, y recompuso la voz, pero le había salido una fisura por la que ya entraba aire—.

Habéis soltado a vuestros muertos. Muy bien.

Pero el vínculo que os unía está disuelto.

La Brasa apenas late. Sois dos solitarios que dicen quererse sin nada que lo pruebe.

Palabras. El amor sin atadura no es nada; es una intención, un humo.

Demostrádmelo, si tanto presumís. Demostradme que hay amor donde yo arranqué la correa. Os reto. Aquí. Ahora. Delante de todos.

—Creía que no ibas a pedirlo nunca —dije.

Porque era exactamente lo que habíamos venido a hacer.

Me volví hacia Caelen, en el centro del círculo de dioses, sobre la nada, con el rescoldo de Hollín latiendo en el hueco de mi brazo. Y le tendí la mano.

—La primera vez —dije— nos ataron. ¿Te acuerdas?

La noche que anclamos la Brasa, el Juramento se forjó porque no había más remedio, porque el mundo se moría y hacían falta dos brasas y el vínculo se formó casi sin que lo eligiéramos.

Fue un nudo de necesidad. Por eso el Heraldo pudo llamarlo correa: porque en parte lo era. Nació de la urgencia, no de la calma.

—Lo recuerdo —dijo Caelen.

—Pues hagámoslo otra vez. Pero al revés.

—Le apreté la mano—. Sin urgencia. Sin Brasa muriéndose esta misma noche, sin mundo derramándose, sin nada que nos obligue.

Con todo el tiempo del mundo para decir que no.

Y digamos que sí igual. —Me acerqué—. Que esta vez el nudo no lo ate la necesidad.

Que lo ate la elección. A ver si el Heraldo distingue entonces la correa del amor, cuando le pongamos delante un vínculo que nadie ha forzado, forjado a sangre fría, por el puro gusto de escogernos.

Y allí, ante el Concilio de los Antiguos, en el corazón helado del mundo, sin que ninguna ley nos empujara y con todas las leyes en contra, volvimos a forjar el Juramento de Ceniza.

No por miedo. No por la frontera. No por la Brasa.

Por nada más que porque yo quería pasar lo que me quedara de vida —y lo que viniera después— compartiendo el peso con este hombre imposible, y él quería lo mismo conmigo, y ahora lo sabíamos sin ningún hilo que nos lo soplara, lo sabíamos a oscuras, lo habíamos sabido tres días sin sentirnos y aun así.

Lo llamé por su nombre. El verdadero, el que no voy a escribir aquí, igual que no lo escribí la primera vez, porque hay nombres que solo se dicen, nunca se anotan.

Y él me llamó por el mío, despacio, saboreándolo, como quien por fin puede pronunciar en voz alta algo que ha decidido con toda el alma.

Y la flor de ceniza volvió a encenderse sobre mi corazón.

No me la devolvieron. No me la impusieron.

La encendí yo, con él, eligiéndola hebra a hebra, y por eso ardió distinta: más caliente, más firme, más mía, porque lo que se elige pesa más que lo que se hereda.

El calor de Caelen volvió a inundarme por la ventana abierta entre los dos, pero ya no me hacía falta para saber que estaba ahí.

Esa era la diferencia. La primera vez, el vínculo me decía que lo quería.

Esta vez, yo sabía que lo quería, y el vínculo solo era el lujo de sentirlo.

Y arriba, en su sala, en su isla, al otro lado de la niebla, la Brasa Primera —el fuego del mundo, el que dos brasas sostienen y una sola no puede— dejó de parpadear.

Y ardió.

Ardió alto, dorado, firme, más que en todo el año anterior, porque por primera vez la sostenían dos personas que la sostenían queriendo, sin correa, sin urgencia, sin más motivo que el de haberse elegido.

Hollín, en mi brazo, se encendió de golpe, gordo y feliz otra vez, y me chamuscó la manga y no me importó nada.

El Solio entero se llenó de luz. La luz de una Brasa lejana que llegaba hasta el corazón helado del norte para decirle al Concilio de los Antiguos, sin una sola palabra, lo que mil años de Ley habían negado:

Que se puede amar y soltar.

Que se puede atar sin encarcelar.

Que el fuego del mundo, resulta, nunca se sostuvo con miedo. Solo aguantó a pesar del miedo, mal, agonizando, mil inviernos, esperando a que alguien tuviera el valor de sostenerlo con la mano abierta.