El compás del abismo Epílogo Las aguas de Terranova
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Epílogo Las aguas de Terranova

Terminé el último trazo oscuro con la pluma de latón temblando incontrolablemente entre mis dedos pálidos.

La tinta negra brilla aún húmeda sobre el pergamino, reflejando la escasa y anémica luz de la vela de sebo que agoniza en mi estrecho camarote del navío mercante.

Le rogué al contramaestre portugués que me facilitara estas herramientas porque necesitaba desesperadamente aferrarme a la razón.

He vaciado mi alma, mi cordura y mi culpa en estas páginas, vomitando el horror, la sangre de Silas y la geometría enferma del Maelstrom antes de que la amnesia o la locura terminen de colonizar mi cerebro.

El grueso muñón vendado de mi brazo izquierdo arde bajo la tela, pero ya no es el dolor físico de la carne cercenada o el hueso aserrado lo que me atormenta.

Es un dolor fantasma profundamente enraizado en mi ser; la sensación espantosa de que los fríos capilares de plata siguen aún allí, invisibles e inmateriales, latiendo al compás de la infernal canción que ahora resuena sin tregua alguna en mi cabeza.

Juuuuuulian...

Me llevo la mano derecha a las sienes palpitantes, apretando los ojos hasta ver luces, intentando aplastar el sonido que viene desde afuera y desde adentro al mismo tiempo.

El cántico anfibio ha alcanzado de pronto un crescendo ensordecedor.

Ya no es un lamento lejano que busca atormentar mis memorias; es una orden directa, tiránica y absoluta.

Las voces quebradas de Silas, de mi desdichado padre, del Capitán Thorne y de los treinta amotinados ahogados se unen al monstruoso coro abisal, exigiéndome sin tregua que regrese al rebaño.

Comprendo entonces, con una lucidez aplastante, que el peaje de la sangre nunca se saldó verdaderamente con la dolorosa amputación de mi brazo físico.

El abismo no es un usurero que cobra a plazos cómodos; cobra con el alma entera.

Si regreso a las comodidades de Londres, me convertiré inevitablemente en la misma abominación que fue mi padre.

Me pudriré en una habitación oscura, arañándome el rostro, infectando a otros hombres con la curiosidad enfermiza de lo desconocido.

La temperatura en mi cabina acaba de desplomarse drásticamente.

Mi respiración forma nubes de vapor blanco en el aire.

Escucho el leve crujido de la madera del São Gabriel enfrentando las olas, pero por debajo de ese sonido tranquilizador, hay algo más.

Una fricción. Un roce denso y sumamente pesado frotándose contra el acero del casco, justo debajo de mis pies.

El olor a salitre limpio que entraba por el portillo ha desaparecido por completo. El camarote se está llenando de un hedor espeso a ozono, fango milenario y ceniza seca, a pesar de que tengo la puerta de roble firmemente atrancada desde adentro con el cerrojo de hierro.

Me duele el brazo fantasma. Arde con una intensidad que me nubla la vista. El compás de plata nunca fue la verdadera llave; era solo el anzuelo. Yo soy la cerradura.

Sellaré estos pergaminos ahora mismo. Los envolveré en el hule del médico, los meteré en la botella de ginebra vacía y la arrojaré por el portillo abierto hacia el Atlántico negro.

Es lo último que haré con mis facultades humanas intactas.

Mi testamento será entregado a las olas, y ruego a un Dios en el que ya no confío que, quienquiera que lo rescate de la sal, tenga la sabiduría suficiente de tomarlo como una amarga advertencia, y no como un mapa del tesoro.

El cántico está vibrando en las tablas del suelo.

Las sombras en las esquinas de mi habitación parecen estar alargándose, retorciéndose en geometrías que ofenden a la vista.

Siento que el agua negra y aceitosa me está llegando a los tobillos, tirando de mí hacia abajo, aunque mis botas sobre la madera permanecen completamente secas.

El abismo, me doy cuenta ahora, no se conforma con esperar a que caigas en él. Cuando la deuda es lo suficientemente grande, el abismo viene a cobrarla.