El compás del abismo
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Prólogo
Extracto recuperado de un diario hallado a la deriva frente a las costas de Terranova. La tinta, corroída por el salitre, parece haber sido escrita con urgencia febril.
A quien rescate estos legajos, manchados por la sal, la sangre y una tinta demasiado febril: le ruego que no busque en ellos la bitácora de un héroe, ni la crónica de un triunfo del imperio.
Vivimos en un siglo arrogante, donde el hombre, embriagado por el humo de sus máquinas de vapor y la tiranía de sus sextantes, se ha convencido de que no existen sombras que la ciencia no pueda disipar.
Qué necios fuimos al zarpar. Qué terriblemente ciegos.
Mi nombre es Julian Sterling. Fui cartógrafo de la Real Sociedad Geográfica, un devoto de las fronteras inmutables y los mapas precisos.
Creía ingenuamente que con regla y compás podíamos encadenar el mundo.
Sin embargo, más allá del Paralelo Cero, existe un océano melancólico y pútrido que repudia nuestras leyes; un sepulcro líquido donde la brújula enloquece y las estrellas dibujan constelaciones que blasfeman contra Dios.
Fue la herencia maldita de mi linaje —y la aguja de un compás forjado en plata pagana— lo que me condenó a las entrañas del Hesperus. Buscaba el Ojo de Salgari para limpiar la deshonra de mi padre. Creí que navegaba hacia la gloria, pero solo me adentraba en las fauces de una pesadilla.
En aquel laberinto de ceniza, aprendí que no hay monstruo más implacable que la avaricia humana.
Vi a caballeros de intachable moral victoriana, hombres en los que alguna vez confié mi vida, transformarse en bestias carniceras sobre una cubierta resbaladiza.
Y cuando la sangre llamó al abismo, las profundidades respondieron.
He escuchado el cántico disonante de criaturas pálidas que no buscan seducir la carne, sino devorar la cordura, desenterrando los pecados que creíamos ocultos en el fondo del alma.
Si la civilización publica estas páginas, dirán que son los desvaríos de una mente quebrada, el testamento de un hereje consumido por el mismo delirio que mató a su padre.
Que así sea. Prefiero la condena del manicomio antes que aceptar la espantosa verdad: que el Ojo no era una joya, sino un pulso latiente, y que el mar aguarda, oscuro y famélico, bajo las quillas de nuestra vana existencia.
Lean, si el terror se los permite, cómo descendí al Maelstrom, y recen al cielo por no escuchar jamás la canción que ahora yace, imperecedera, en las bóvedas de mi propia mente.