El Código de la Alhambra (Los Secretos de España 2) CAPÍTULO 26 El pacto de Boabdil
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CAPÍTULO 26 El pacto de Boabdil

BLOQUE 1

Los disparos cesaron de repente.

El silencio que siguió resultó todavía más inquietante que las detonaciones.

Daniel observó durante unos segundos la pantalla térmica. Las figuras detectadas en las galerías habían dejado de avanzar. Dos permanecían cerca del acceso forzado, mientras las restantes se habían desplazado hacia una zona que quedaba fuera del alcance de los sensores.

—Se han detenido.

Adrián miró hacia el corredor.

—¿Se están retirando?

—No lo parece.

Daniel amplió la última imagen disponible.

—Probablemente saben que la policía ya está entrando en el recinto.

La comunicación recibida minutos antes confirmaba que los agentes habían asegurado varios accesos exteriores de la Alhambra.

Los intrusos se encontraban atrapados en una red de galerías que conocían solo parcialmente y cualquier intento de continuar avanzando aumentaría las posibilidades de ser detenidos.

Adrián decidió no perseguirlos.

Aquello correspondía ahora a las fuerzas de seguridad.

Su atención regresó a la Cámara de los Reflejos.

El prisma encontrado entre los materiales de Salvatierra había sido retirado y correctamente embalado. Las fotografías de las inscripciones estaban almacenadas en varios dispositivos y la referencia de 1502 acababa de proporcionarles una pista sólida hacia Toledo.

Parecía suficiente.

Sin embargo, Omar seguía observando una de las fotografías tomadas durante la restauración de 1978.

—Hay algo que no hemos revisado.

Lucía se acercó.

La imagen mostraba a Miguel Salvatierra trabajando junto al borde oriental del estanque. A su lado aparecía una pequeña abertura rectangular practicada en la base de uno de los pilares.

En las fotografías actuales aquella abertura no existía.

Daniel comparó ambas imágenes.

—Está cubierta.

Examinaron el lugar sin tocar la piedra. Una junta horizontal atravesaba la base del pilar y delimitaba una pieza independiente de aproximadamente treinta centímetros de ancho. No parecía una reparación moderna.

Isabel consultó la documentación de Salvatierra.

Encontró la referencia en un inventario manuscrito.

«Pilar oriental. Depósito documental. Cerrado nuevamente después de estudio preliminar.»

Debajo aparecía otra anotación.

«No incorporar al informe general hasta determinar autenticidad.»

Omar levantó la vista.

—Encontró documentos.

La apertura no podía realizarse sin autorización. Isabel se comunicó con los responsables del Patronato y explicó el hallazgo. Después de consultar los antecedentes de la intervención de 1978, recibieron permiso para realizar una inspección conservativa con presencia de personal técnico.

No utilizaron herramientas de fuerza.

Un restaurador del monumento localizó el antiguo sistema de cierre y retiró cuidadosamente la pieza exterior.

Detrás apareció una cavidad estrecha.

Dentro había un envoltorio protegido mediante varias capas de tejido deteriorado.

Omar sintió que el pulso se aceleraba.

No tocaron nada hasta documentar completamente la posición del hallazgo.

Cuando finalmente extrajeron el paquete, comprobaron que contenía varios fragmentos de pergamino y una pequeña carpeta utilizada por Salvatierra.

La carpeta era moderna.

Los pergaminos no.

Daniel leyó la primera anotación del restaurador.

«Encontrados el 18 de septiembre de 1978. Escritura árabe y castellana. Posible relación con los últimos meses del reino nazarí.»

Omar examinó los documentos sin desplegarlos completamente.

—Necesitamos llevarlos a conservación.

Adrián asintió.

No repetirían los errores de quienes habían investigado antes que ellos.

No abrirían un pergamino de siglos de antigüedad en una cámara subterránea solo para satisfacer su curiosidad.

Horas después, bajo condiciones controladas y con personal especializado, pudieron comenzar el estudio.

El primero de los documentos estaba deteriorado en sus extremos, pero conservaba buena parte del texto central.

Omar reconoció inmediatamente la fórmula inicial.

Correspondía a los últimos meses de 1491.

Y en una de las líneas aparecía un nombre que obligó a todos a guardar silencio.

Muhammad XII.

Boabdil.

Pero lo verdaderamente sorprendente se encontraba unas líneas más abajo.

El texto no hablaba de la rendición de Granada.

Hablaba de aquello que debía ser protegido antes de que la rendición se produjera.

BLOQUE 2

Omar trabajó durante horas junto a dos especialistas del archivo.

No querían precipitar ninguna traducción.

La aparición del nombre de Muhammad XII no demostraba que el documento hubiera sido escrito personalmente por Boabdil ni que llevara su firma. Podía tratarse de una orden redactada por alguien de su administración o incluso de una copia posterior de una disposición emitida en su nombre.

Adrián agradeció aquella prudencia.

Habían llegado demasiado lejos para convertir una hipótesis en certeza simplemente porque resultaba atractiva.

Finalmente Omar señaló una de las líneas mejor conservadas.

—Esto sí podemos traducirlo con bastante seguridad.

Leyó despacio.

—«Antes de entregar las fortalezas deberán ponerse a salvo los libros, medidas y relaciones pertenecientes a las aguas que no formen parte de los bienes entregados.»

Lucía se inclinó sobre la reproducción digital.

—¿Medidas de las aguas?

—Probablemente registros hidráulicos —respondió Omar—. Niveles, repartos, conducciones, derechos de uso. Granada tenía una cultura hidráulica extraordinariamente desarrollada.

Aquello encajaba mucho mejor con todo lo que habían encontrado.

Los documentos ocultos no necesitaban describir una tecnología imposible.

Podían contener siglos de observaciones acumuladas sobre el agua y sobre la manera en que determinadas estructuras habían sido conservadas.

Omar continuó.

Otra parte del texto ordenaba separar cierta documentación de los archivos administrativos ordinarios antes de la entrega de la ciudad.

La razón aparecía parcialmente conservada.

«...para que no sea confundido aquello que sirve al gobierno con aquello que sirve a la conservación...»

Adrián leyó varias veces la frase.

La distinción resultaba fundamental.

Una cosa eran los registros necesarios para administrar Granada.

Otra, los documentos que determinados responsables consideraban indispensables para preservar conocimientos que no debían desaparecer con el cambio político.

Lucía recordó las palabras encontradas en las notas de Salvatierra.

Conservar el camino.

Quizá aquella expresión no escondiera ninguna sociedad milenaria.

Tal vez se hubiera convertido, con el tiempo, en una fórmula utilizada por sucesivas generaciones de restauradores para referirse a una obligación mucho más concreta: no alterar determinados recorridos hidráulicos cuya función ya no comprendían por completo.

Daniel señaló otra parte del documento.

—Aquí hay una referencia al traslado.

Omar acercó la imagen.

Varias palabras estaban perdidas, pero una frase podía reconstruirse con bastante seguridad.

«...una copia quedará en Granada y otra será entregada fuera de la ciudad...»

El destino había desaparecido por deterioro.

Sin embargo, unas líneas después aparecía una expresión conocida.

«...hacia las tierras del Tajo...»

Nadie necesitó decir nada.

La inscripción descubierta mediante las pruebas ópticas de Salvatierra utilizaba prácticamente la misma referencia.

Adrián sintió que por primera vez las piezas comenzaban a encajar sin necesidad de atribuir al monumento capacidades inexplicables.

Antes de la rendición se había decidido dispersar determinada documentación.

Una parte permaneció en Granada.

Otra salió de la ciudad.

Siglos después, Salvatierra había encontrado indicios de aquel traslado y había seguido la pista hasta Toledo.

Pero faltaba explicar el título que el propio restaurador había escrito en la carpeta.

En la cubierta podía leerse:

PACTO DE BOABDIL

Lucía señaló las palabras.

—¿Por qué lo llamó pacto?

Omar pasó al segundo pergamino.

Ese documento era distinto.

No parecía una disposición administrativa.

Presentaba dos columnas paralelas.

Una estaba redactada en árabe.

La otra, en castellano.

El estado de conservación era peor, pero la estructura resultaba evidente.

No se trataba de las Capitulaciones de Granada.

Las fechas tampoco coincidían exactamente con su redacción conocida.

Era otro documento.

Mucho más limitado.

Y probablemente privado.

Omar comenzó a trabajar sobre las líneas conservadas.

Después de varios minutos encontró una frase que explicaba el nombre utilizado por Salvatierra.

«Lo recibido será conservado sin alterar sus aguas ni mudar sus antiguos caminos mientras no exista causa cierta para hacerlo.»

Lucía levantó la vista.

Aquello sí era un compromiso.

No para ocultar un poder.

No para proteger una máquina.

Para conservar determinadas obras hidráulicas después del cambio de dominio.

Adrián comprendió entonces la posible dimensión histórica del documento.

En los últimos meses del reino nazarí, alguien había intentado garantizar que determinados sistemas de agua sobrevivieran a la transición política.

Y para conseguirlo necesitaba que hombres de ambos lados aceptaran respetarlos.

BLOQUE 3

La parte final del segundo pergamino era la más difícil de interpretar.

Varias zonas habían desaparecido y otras presentaban manchas que impedían distinguir los caracteres. Omar se negó nuevamente a completar las lagunas mediante conjeturas.

Solo trabajarían con aquello que pudiera sostenerse.

En la columna árabe aparecía una referencia inequívoca a Muhammad XII.

No era una firma autógrafa demostrada.

Era una fórmula que indicaba que la disposición había sido emitida bajo su autoridad.

La columna castellana resultaba todavía más interesante.

Mencionaba a un representante cristiano encargado de recibir información relacionada con determinados bienes que debían preservarse después de la entrega.

El nombre estaba incompleto.

Solo podían distinguirse con claridad una inicial y parte de otra palabra.

F... T...

Daniel observó la pantalla.

—¿F. de T.?

Omar negó inmediatamente.

—No podemos afirmar eso. Salvatierra lo interpretó así en sus notas, pero el pergamino no conserva suficiente texto.

Aquella diferencia era importante.

Salvatierra había formulado una hipótesis.

Ellos no la convertirían en un hecho.

Continuaron estudiando el documento.

La cláusula principal establecía que ciertas conducciones antiguas debían permanecer sin modificaciones mientras continuaran cumpliendo su función.

También ordenaba conservar los registros que describían sus recorridos y mantener una copia separada de cualquier archivo susceptible de desaparecer durante el cambio de administración.

Lucía se quedó mirando la traducción.

—Entonces este era el pacto.

Adrián asintió.

No un acuerdo secreto entre dos coronas para custodiar una fuerza desconocida.

Algo mucho más humano.

Y precisamente por eso, mucho más creíble.

Personas que sabían que estaban a punto de perder un reino habían intentado impedir que también desapareciera una parte de su conocimiento.

El documento no demostraba que los Reyes Católicos hubieran conocido las cámaras ocultas bajo la Alhambra. Tampoco probaba que Boabdil hubiera recorrido aquellos espacios personalmente.

Pero sí sugería que, en los últimos meses del reino nazarí, existió una preocupación concreta por preservar determinados conocimientos hidráulicos y dispersar la documentación necesaria para que sobrevivieran.

Omar llegó finalmente a las últimas líneas legibles.

Una de ellas mencionaba la obligación de transmitir las instrucciones únicamente a quienes tuvieran responsabilidad sobre las conducciones.

Otra establecía que cualquier reparación debía respetar el trazado anterior siempre que fuera posible.

La frase final estaba incompleta.

Solo conservaba unas pocas palabras.

«...para quienes vengan después...»

Adrián permaneció en silencio.

No necesitaban más.

Durante generaciones habían interpretado decisiones aparentemente inexplicables de arquitectos y restauradores como indicios de una organización secreta perfectamente estructurada.

La realidad podía ser más compleja.

Quizá nunca hubiera existido una única hermandad atravesando intacta cinco siglos.

Podían haber existido pequeñas cadenas de transmisión. Maestros que enseñaban a discípulos, responsables de obras que dejaban instrucciones a sus sucesores y documentos que reaparecían cuando alguna restauración amenazaba con alterar los antiguos recorridos.

El conocimiento podía sobrevivir sin necesidad de una organización omnipotente.

Bastaba con que alguien, en cada época, comprendiera que ciertas cosas no debían modificarse sin saber primero por qué habían sido construidas de aquella manera.

Daniel abrió entonces las notas que Salvatierra había dejado junto a los pergaminos.

La última página estaba fechada en 1997.

El restaurador había escrito:

«Durante años creí que el pacto protegía Granada. Me equivocaba. Granada era únicamente el punto desde el que comenzó la dispersión.»

Debajo aparecía una referencia.

T-1502. Toledo.

Adrián recordó inmediatamente el expediente encontrado entre el material de los intrusos.

Salvatierra había seguido exactamente el mismo recorrido que ahora reconstruían ellos.

Granada.

Después Toledo.

Pero una anotación situada al final de la página añadía algo que hasta ese momento desconocían.

«La copia de 1502 menciona un traslado posterior hacia León.»

Lucía se acercó.

—Entonces León sigue estando relacionado.

—Sí —respondió Adrián—. Pero ahora sabemos por qué.

No porque una llave hubiera señalado la ciudad.

No porque los monumentos se comunicaran.

Existía un rastro documental.

Un conjunto de copias dispersadas deliberadamente para evitar que una guerra, un incendio o una decisión política destruyeran todo el conocimiento acumulado.

Omar volvió a observar los pergaminos.

El llamado pacto de Boabdil no revelaba una conspiración capaz de alterar la historia de la conquista de Granada.

Revelaba algo más discreto.

Mientras los acontecimientos que transformarían España ocupaban a reyes y ejércitos, algunas personas habían pensado en aquello que ocurriría después.

Habían comprendido que un reino podía desaparecer mientras su conocimiento sobrevivía.

Y habían intentado garantizarlo.

Daniel recibió entonces una comunicación.

La policía había detenido a dos de los intrusos dentro del recinto. Otros habían abandonado parte de su equipo durante la huida y los agentes acababan de recuperar una carpeta impermeable.

Entre los documentos había varias reproducciones de archivos históricos.

Una llevaba escrito el mismo código.

T-1502.

Pero debajo aparecía otra anotación.

LEÓN — ARCHIVO II

Adrián observó la pantalla.

El Círculo del Umbral había seguido la misma pista.

La diferencia era que ellos ya estaban un paso por delante.

Ahora comprendían qué buscaban.

No una llave.

No un artefacto.

Buscaban la documentación que permitía reconstruir cómo un conocimiento nacido mucho antes de la caída de Granada había conseguido sobrevivir a través de los siglos.

Y la siguiente parte de aquella historia los esperaba en León.