El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 14 Donde terminaba la procedencia conocida
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CAPÍTULO 14 Donde terminaba la procedencia conocida

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La hoja complementaria no estaba en San Millán.

Eso fue lo primero que pudieron confirmar.

No significaba que se hubiera perdido ni que alguien la hubiese retirado deliberadamente.

La explicación era mucho menos extraordinaria y, por eso mismo, bastante más difícil de seguir: la serie documental a la que había pertenecido había sido disgregada durante una reorganización posterior y parte de sus componentes terminaron incorporados a fondos diferentes.

Sebastián leyó tres veces la nota de transferencia.

No había nada misterioso en ella.

Era una decisión archivística.

Documentos que durante años habían permanecido juntos habían sido redistribuidos según criterios nuevos.

Algunas relaciones pasaron a fondos administrativos, otras quedaron integradas en colecciones de copias y determinados papeles fueron remitidos para estudio antes de recibir una clasificación diferente.

Con décadas de reorganizaciones superpuestas, seguir la procedencia de una sola hoja podía resultar casi tan difícil como reconstruir la historia del manuscrito al que hacía referencia.

—Entonces sabemos que salió de acá —dijo Irene.

Sebastián negó.

—Sabemos que la serie fue disgregada.

—Y una parte salió.

—Una parte.

—La hoja puede estar entre esa parte.

—Sí.

Mauro estaba junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja.

Desde que la unidad documental extraviada había aparecido en otra caja, su investigación había cambiado ligeramente de foco.

Ya no parecía concentrado únicamente en las circunstancias de la muerte de Riaño.

Ahora también quería saber quién había tenido acceso reciente a determinadas series y cómo una pieza registrada como devuelta había terminado fuera de su ubicación.

Fray Julián revisaba un antiguo inventario de transferencias.

—Hay un problema.

Sebastián levantó la cabeza.

—¿Cuál?

—La relación que buscamos no aparece identificada por título.

—¿Cómo figura?

—“Material suplementario”.

Irene dejó escapar el aire.

—Eso puede ser cualquier cosa.

—Exactamente.

Sebastián se acercó.

La transferencia incluía veintitrés unidades, pero solo siete habían sido descritas individualmente. El resto aparecía agrupado bajo denominaciones demasiado amplias:

Copias antiguas.

Relaciones incompletas.

Material auxiliar.

Papeles de trabajo.

Era el tipo de terminología capaz de volver invisible una pieza durante décadas sin que nadie hubiese intentado ocultarla.

Mauro terminó la llamada.

—¿Destino?

Fray Julián señaló la referencia.

—Logroño.

—¿Una sola institución?

—No. Dos.

Sebastián se inclinó.

Una parte del conjunto había sido remitida a un archivo. Otra, años más tarde, a una biblioteca especializada. Después, una nueva reorganización había vuelto a fragmentar el material.

Irene preguntó:

—¿Fechas?

Julián se las dio.

Sebastián las anotó.

Aquellos movimientos eran modernos y no tenían relación directa con el período histórico del manuscrito, pero podían explicar por qué la documentación que permitía reconstruir su recorrido había terminado separada.

—Necesitamos consultar las dos series —dijo.

Mauro miró el reloj.

—Puedo acelerar las gestiones.

Sebastián lo observó.

—¿Desde la investigación?

—Desde la necesidad de comprobar la procedencia de documentación relacionada con una unidad recientemente desplazada.

—Eso puede ayudarnos.

—Ésa es la idea.

Irene sonrió.

—Empieza a gustarme trabajar con él.

Mauro la miró.

—No se acostumbre.

Sebastián volvió a la fotografía del registro.

Había algo que seguía molestándolo.

Si la hoja complementaria había contenido los nombres de las personas que recibieron determinados materiales, aquella información había formado parte de un sistema de control. No era una nota casual ni una tradición transmitida de memoria.

Había sido documentación.

Y si había existido como documentación, debía responder a alguna lógica.

—Antes de buscar la hoja quiero reconstruir su procedencia —dijo.

Irene frunció el ceño.

—¿No sería más fácil encontrarla primero?

—También sería más peligroso.

—¿Por qué?

—Porque si aparece una hoja fuera de contexto y la hacemos encajar con lo que queremos encontrar, podemos equivocarnos.

Mauro asintió.

—Eso me sirve.

Sebastián empezó a ordenar lo que tenían.

Primero, la unidad actualmente conservada en Yuso.

Después, la copia fotografiada por Riaño.

Más atrás, la referencia antigua a una hoja aparte.

Y, en el extremo más remoto, el registro fragmentario reutilizado siglos después dentro de la encuadernación.

La cadena no era perfecta.

Había intervalos enormes.

En algunos puntos podían seguir la información de una fuente a otra. En otros apenas existían coincidencias suficientes para justificar el siguiente paso.

Irene observó el esquema.

—La procedencia documental se corta acá.

Señaló una referencia.

Sebastián la miró.

Tenía razón.

Hasta ese punto podían demostrar, con diferente grado de seguridad, cómo una información había sido copiada, resumida o reorganizada.

Después aparecía un vacío.

Y, al otro lado, la misma unidad volvía a ser mencionada mediante una descripción distinta.

Mauro preguntó:

—¿Cuánto tiempo falta?

—Casi un siglo.

—Es mucho.

—Demasiado.

Fray Julián miró la interrupción.

—Pueden haber desaparecido copias intermedias.

—Sí.

—O estar en otro archivo.

—También.

Irene señaló la anotación marginal.

—¿Y si la salida del volumen ocurrió precisamente dentro de ese vacío?

Sebastián permaneció inmóvil.

La posibilidad era razonable.

Habían seguido hasta entonces la procedencia de la información.

Pero el movimiento material del libro podía haber ocurrido justamente durante el período en que la documentación empezaba a perder continuidad.

—Eso explicaría por qué los registros posteriores ya no parecen entender del todo lo que había ocurrido —dijo.

Mauro lo miró.

—Explíquese.

—Estamos suponiendo que cada inventario posterior sabía exactamente por qué faltaba una unidad. Puede que no fuera así.

—¿Se perdió la memoria administrativa?

—Gradualmente, sí.

Fray Julián observó el esquema.

—Entonces hubo un momento en que todavía se sabía quién tenía el volumen.

Sebastián asintió.

—Y otro en que ya no.

Irene apoyó una mano sobre la mesa.

—Ése es el punto.

No necesitaban todavía encontrar el manuscrito.

Necesitaban localizar el último documento capaz de decir, con seguridad, quién tenía la segunda unidad antes de que su ausencia se convirtiera simplemente en un dato aceptado.

El lugar donde terminaba la procedencia conocida.