El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 50 — La última pregunta
39%

Capítulo 50 — La última pregunta

La tensión que llenaba la cámara era casi insoportable.

Todas las miradas permanecían fijas en Esteban y en la llave que descansaba sobre el pedestal.

Después de tantos años de búsqueda, parecía encontrarse al alcance de la mano, aunque todavía quedaba separada de él por los últimos círculos de la prueba que seguían iluminados bajo sus pies.

La voz guardó silencio durante varios segundos tras las revelaciones del anciano, como si estuviera valorando todo lo que acababa de escuchar antes de formular su última pregunta. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una calma que resultaba todavía más inquietante que la propia espera.

—La prueba aún no ha terminado.

—Lo imaginaba —respondió Esteban sin apartar la vista del pedestal.

Los símbolos iluminados bajo sus pies aumentaron su intensidad mientras la luz azul recorría los círculos restantes hasta alcanzar el centro de la cámara.

Raquel siguió aquel movimiento con la mirada, consciente de que apenas quedaban unos pasos para alcanzar la llave, pero también de que cada respuesta parecía acercarlos a algo mucho más peligroso de lo que habían imaginado al principio de la expedición.

—¿Qué más quiere? —preguntó Elena, sin apartar la vista de los hombres armados ni del anciano.

—Una última verdad —respondió la voz.

El anciano mantuvo la vista baja mientras el hombre vestido de negro observaba la escena con una sonrisa apenas perceptible. Esteban permanecía inmóvil, concentrado en la pregunta que flotaba en la cámara como si no perteneciera a nadie en concreto y, al mismo tiempo, perteneciera a todos.

—¿Cuál?

La respuesta tardó varios segundos en llegar, como si la propia cámara estuviera esperando el momento adecuado para pronunciarla. Finalmente, la voz formuló una única cuestión que cambió el aire de la sala.

—¿Por qué continúas?

La pregunta parecía sencilla, pero todos comprendieron de inmediato que no lo era.

Esteban observó la llave durante unos segundos, después miró a Raquel y finalmente al anciano, como si en sus rostros buscara una confirmación que no llegaba, antes de responder con algo que no fuera solo una explicación, sino una confesión.

—Porque he dedicado veinte años de mi vida a esto y necesito respuestas.

Los símbolos permanecieron sin reacción, y Raquel comprendió que Esteban volvía a cometer el mismo error que en las preguntas anteriores: responder con lógica a una prueba que no buscaba lógica, sino algo mucho más íntimo y humano.

Esteban respiró profundamente, como si por primera vez en toda la expedición dejara de buscar la respuesta correcta para empezar a decir la verdad.

—Continúo porque tengo miedo. Miedo de haber desperdiciado mi vida persiguiendo algo equivocado. Miedo de descubrir que Gabriel tenía razón. Y miedo de que, cuando todo esto termine, ya no sepa quién soy.

En cuanto terminó de hablar, la luz azul recorrió con fuerza todos los círculos y se extendió hasta el pedestal central.

La voz ordenó avanzar sin añadir nada más, y Esteban obedeció atravesando los últimos círculos hasta detenerse frente a la llave, que tomó entre sus manos tras un instante de duda.

La piedra vibró suavemente mientras un sonido grave recorría la cámara y los símbolos comenzaban a apagarse uno a uno hasta desaparecer por completo. La voz se extinguió sin despedida, dejando un silencio tan pesado que parecía ocupar físicamente el espacio entre todos los presentes.

Esteban sostuvo la llave entre los dedos, consciente de su peso y de todo lo que había costado llegar hasta aquel instante.

Mientras la observaba, Raquel notó que algo estaba cambiando en la superficie del pedestal, donde una inscripción comenzó a emerger lentamente como si hubiera estado esperando durante siglos ser leída por alguien.

—¿Qué pone? —preguntó Marcos.

Raquel acercó la linterna y leyó en voz alta mientras los demás se inclinaban hacia adelante para escucharla mejor.

—«Quedan seis sellos».

El grupo intercambió miradas sin comprender el significado de aquella frase, pero antes de que pudieran reaccionar apareció una segunda inscripción justo debajo, más antigua y distinta, como si hubiera sido grabada en otro tiempo por manos diferentes.

Raquel sintió un escalofrío al reconocer el nombre que comenzaba a formarse.

—Gabriel.

El anciano levantó la cabeza de golpe, el hombre vestido de negro perdió por primera vez su seguridad y hasta Esteban apartó la mirada de la llave, como si el nombre hubiera cambiado el centro de gravedad de toda la cámara. Debajo apareció una última frase que obligó a todos a guardar silencio.

—«No confiéis en quien abrió la puerta».

Nadie necesitó explicaciones. Todas las miradas se dirigieron hacia el anciano, que permanecía inmóvil, sin negar, sin confirmar, sin ofrecer ninguna defensa, como si comprendiera que cualquier palabra solo empeoraría lo que acababa de activarse dentro de aquella cámara.

La primera llave ya estaba en manos de Esteban, pero la sensación de victoria había desaparecido por completo, sustituida por una certeza mucho más inquietante: la búsqueda no había terminado, y quizá el verdadero peligro no era lo que habían encontrado, sino lo que acababa de empezar a señalarse entre ellos.