Capítulo 14 — La piedra del círculo partido
La exploración del monasterio resultó mucho más lenta de lo que habían imaginado.
Desde el exterior, las ruinas parecían relativamente sencillas de recorrer, pero una vez dentro descubrieron un entramado de dependencias, corredores y estancias parcialmente derrumbadas que convertían el lugar en un auténtico laberinto.
En algunos puntos era imposible avanzar debido a los desprendimientos acumulados durante siglos.
En otros, la vegetación había invadido por completo los antiguos pasillos, obligándolos a apartar ramas y raíces para continuar.
Mientras recorrían aquellos espacios silenciosos, Raquel no dejaba de recordar las últimas palabras de Gabriel.
El anciano había mencionado una piedra marcada con un círculo partido con la urgencia de quien sabe que dispone de muy poco tiempo para transmitir una información importante.
Cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que aquella referencia no había sido casual.
Gabriel llevaba décadas estudiando el monasterio.
Si había considerado necesario mencionarla en aquel momento, era porque la consideraba esencial.
La búsqueda comenzó a adquirir entonces un carácter distinto.
Ya no se limitaban a recorrer las ruinas esperando tropezar con una pista.
Observaban cada muro, cada arco y cada fragmento de piedra con una atención casi obsesiva.
Varias veces encontraron símbolos relacionados con los custodios.
Algunos aparecían grabados sobre los muros exteriores.
Otros permanecían ocultos bajo capas de musgo o entre grietas abiertas por el paso del tiempo.
Ninguno coincidía exactamente con la descripción de Gabriel, pero todos parecían formar parte de un mismo lenguaje simbólico que todavía no comprendían.
Fue en una estancia situada en el extremo oriental del monasterio donde apareció la primera señal verdaderamente prometedora.
El techo conservaba todavía parte de su estructura original y eso había protegido el suelo de siglos de lluvia y erosión.
La habitación estaba prácticamente vacía, salvo por algunos restos de mobiliario irreconocible y varias piedras desprendidas acumuladas junto a una pared.
A primera vista no parecía diferente de otras muchas dependencias que habían inspeccionado durante la tarde.
Raquel fue la primera en advertir la irregularidad.
Mientras recorría lentamente la estancia con la luz de la linterna, observó que una de las losas del pavimento reflejaba la luz de una manera ligeramente distinta.
No se trataba de una diferencia llamativa.
De hecho, probablemente habría pasado desapercibida para cualquiera que no estuviera buscándola.
Sin embargo, cuanto más la observaba, más evidente le parecía que aquella piedra había sido colocada allí en un momento distinto al resto.
Se acercó y se arrodilló junto a ella.
—Venid un momento.
Adrián y Lara acudieron inmediatamente. Los tres permanecieron observando la losa durante algunos segundos.
—¿Qué has visto? —preguntó Lara.
Raquel recorrió con los dedos uno de los bordes.
—No estoy segura todavía, pero esta piedra parece diferente.
Adrián se agachó a su lado. Durante varios instantes examinó la superficie sin decir nada. Después dirigió la luz hacia uno de los extremos y apartó cuidadosamente una capa de polvo acumulada durante años.
Fue entonces cuando apareció el grabado.
No ocupaba el centro de la losa ni estaba diseñado para llamar la atención.
Al contrario, parecía colocado deliberadamente en una zona donde resultara difícil descubrirlo.
El símbolo estaba desgastado por el tiempo, pero seguía siendo reconocible.
Un círculo dividido por una línea irregular atravesaba la piedra de lado a lado.
Ninguno habló inmediatamente. No hacía falta. Los tres recordaban perfectamente la advertencia de Gabriel.
Adrián pasó lentamente la mano por los bordes de la losa. Su expresión se volvió más seria a medida que avanzaba la inspección.
—Esta piedra no forma parte del suelo original.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
La respuesta llegó sin vacilación. Había diferencias en el corte, en el desgaste y en la forma en que encajaba con las losas contiguas. Eran detalles pequeños, casi invisibles para un observador casual, pero suficientes para convencerlo.
Lara se inclinó para examinar mejor la superficie.
—Entonces alguien la colocó aquí después.
—Eso parece.
El silencio regresó a la estancia. Más allá de los muros del monasterio, el viento agitaba las ramas de los árboles y producía un murmullo constante que se filtraba por las grietas del edificio.
Raquel sintió cómo aumentaba lentamente la tensión.
Después de tantos días siguiendo pistas dispersas por distintos lugares, tenían ante ellos algo tangible, una señal que no dependía de interpretaciones ni teorías.
Adrián introdujo los dedos en una pequeña hendidura apenas visible junto al borde de la piedra.
—Ayudadme.
Los tres aplicaron fuerza al mismo tiempo.
Al principio la losa apenas reaccionó. Parecía formar parte inseparable del suelo.
Sin embargo, poco a poco comenzó a desplazarse acompañada por un sonido áspero de piedra contra piedra.
El movimiento levantó una nube de polvo que permaneció suspendida en el aire durante varios segundos.
Cuando finalmente consiguieron apartarla, apareció una abertura rectangular excavada bajo el pavimento.
La luz de las linternas descendió hacia el interior.
Unos escalones de piedra se perdían en la oscuridad.
Raquel permaneció inmóvil observando aquella escalera.
No necesitaba que nadie le explicara la importancia del descubrimiento.
Gabriel había dedicado cuarenta años a seguir el rastro de las llaves.
Los custodios habían ocultado aquel acceso durante siglos.
Y ahora, por primera vez, tenían delante algo que no era una referencia en un mapa ni una inscripción en un muro, sino una estructura construida deliberadamente para conducir a algún lugar situado bajo el monasterio.
Adrián iluminó con mayor intensidad los primeros peldaños y comprobó que descendían varios metros antes de desaparecer en la oscuridad.
La piedra parecía encontrarse en buen estado a pesar de los siglos transcurridos.
Aquello sugería que el pasadizo había permanecido protegido del exterior durante mucho tiempo.
—Sea lo que sea lo que buscaban ocultar, está ahí abajo —dijo Lara en voz baja.
Raquel no respondió. Seguía contemplando la abertura con la sensación de encontrarse ante una frontera invisible.
Hasta aquel momento habían seguido rastros, interpretado símbolos y reconstruido fragmentos de una historia dispersa.
Descender por aquella escalera significaba algo diferente.
Significaba penetrar en un lugar que había permanecido cerrado durante generaciones y acercarse, quizá por primera vez, a las razones que habían llevado a los custodios a dividir el códice y esconder las llaves.
Mientras observaba la oscuridad que se extendía bajo sus pies, comprendió que el verdadero viaje no había comenzado cuando encontró la caja del notario ni cuando descubrió la primera llave bajo el cementerio.
Había comenzado allí, frente a aquella escalera olvidada, en el instante en que dejaban atrás las hipótesis para adentrarse en las respuestas.
Ninguno de los tres podía saber qué les esperaba en las profundidades del monasterio. Sin embargo, todos compartían la misma certeza: cuando regresaran a la superficie, si es que regresaban, comprenderían mucho mejor la naturaleza del secreto que llevaban siglos protegiendo los custodios.