EPÍLOGO — La luz que queda
EPÍLOGO
La luz que queda
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Unos días más tarde
La celebración había terminado en casa de David casi sin que nadie hubiera decidido llevarla allí.
A pocos kilómetros de Loriguilla, entre caminos estrechos y parcelas oscuras donde todavía flotaba el olor de la tierra húmeda y de las brasas apagadas, la celebración del ascenso había durado horas.
Ahora ya no quedaba nadie.
Copas vacías junto a la piscina. Sillas desplazadas. Botellas olvidadas sobre la piedra exterior.
David permanecía solo en la terraza, con una copa de vino entre los dedos y el silencio regresando poco a poco.
El móvil seguía iluminado sobre la mesa.
La primera noticia mostraba una fotografía del equipo celebrándolo sobre la pista, abrazados, empapados de sudor, llenos de esa felicidad ruidosa que todavía no sabe lo poco que falta para convertirse en recuerdo.
El CB Loriguilla logra un ascenso histórico tras proclamarse campeón en una final agónica.
David sonrió apenas.
Deslizó el dedo.
La segunda noticia llevaba la firma de Juan Villena.
El hallazgo de Montesa destapa la ocultación de unas termas romanas bajo el futuro pantano del Magro.
Las imágenes obtenidas bajo Montesa habían permitido identificar el origen de una antigua red hidráulica y relacionarla con las termas romanas descubiertas años antes en el valle.
La prospección preliminar había sido suspendida y retirada del expediente, pese a que el vaso del embalse iba a inundar el yacimiento.
La investigación situaba a Julián M. Costa al frente de la red de sociedades y a Alberto Falcó Roca como administrador y apoderado, el hombre que había convertido sus decisiones en contratos y firmas. Falcó había sido detenido minutos antes de formalizar el convenio.
El descubrimiento figuraba como hallazgo póstumo del investigador Ignacio Jonás Arcega.
David apagó la pantalla.
Ignacio habría odiado aquella expresión.
Hallazgo póstumo.
Como si uno pudiera encontrar algo después de muerto.
Volvió a mirar el móvil.
Había otras noticias, más breves, relacionadas con el caso.
El Arzobispado pide prudencia. La institución no confirma ni desmiente la relación entre el yacimiento y las tradiciones vinculadas al Santo Cáliz. Un portavoz: «Custodiamos tradición, no rumores.»
La Guardia Civil buscaba a dos hombres que seguían sin ser localizados tras los hechos del valle del Magro.
No aparecían sus nombres. Solo dos perfiles: un antiguo sacerdote vinculado a fundaciones religiosas y un afamado deportista. Ambos podían haber abandonado la zona pese a estar heridos.
Mateo Ferrer e Iván Salcedo reducidos a dos sombras sin fotografía.
David leyó la frase dos veces.
La noticia decía que los buscaban.
No estaba seguro de que «buscar» fuera la palabra correcta.
Había hombres que no huían para salvarse.
Huían para seguir obedeciendo.
Más abajo, casi perdida entre otras noticias, encontró una nota sobre Lucía.
Lucía Granero dimite del Instituto de Regeneración Celular. La bioarqueóloga abandonaba sus funciones como asesora científica externa del proyecto vinculado al difunto Julián M. Costa y Alberto Falcó Roca, y anunciaba un informe independiente sobre las muestras del yacimiento.
No había declaraciones. Solo una frase entrecomillada:
«Hay hallazgos que no deberían convertirse en propiedad antes de ser comprendidos.»
El Arzobispado pedía prudencia. Villena hablaba de documentos. La Guardia Civil hablaba de desaparecidos.
Lucía hablaba tarde.
Quizá no demasiado tarde.
Pero tarde.
David apartó finalmente el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesa.
No vio cómo la pantalla volvía a encenderse.
No vio el nombre de Gapi.
Ni escuchó la voz entrecortada del mensaje que acababa de llegar desde el otro lado de la noche.
Mateo me ha llamado.
Está vivo.
Creía que yo ya había recogido el cofre de Zaragoza.
No sé por qué me lo ha pedido a mí ni quién más sabe que existe. Pero ha dicho que no pertenece al cáliz.
Pertenece a la Cruz.
Y que, si se abre, nadie volverá a entender la Orden de Montesa del mismo modo.
Oyó abrirse la puerta corredera detrás de él.
Francesca apareció descalza, con una camisa blanca demasiado grande y el cabello aún húmedo.
Atravesó la terraza lentamente. La luz azulada de la piscina dibujó reflejos móviles sobre sus piernas.
David la observó sin decir nada.
Ella dejó la copa en el borde de la piscina y giró ligeramente la cabeza hacia él.
—Parece que sigues pensando demasiado.
—Después de estos días creo que ya no sé hacer otra cosa.
Francesca sonrió apenas. Una sonrisa pequeña. Ambigua.
Luego sostuvo su mirada.
—Supongo que todavía te preguntas si sigo siendo aquella niña de Santo Domingo.
David observó cómo la camisa resbalaba primero por un hombro, luego por el otro, antes de caer blanca y silenciosa a sus pies.
Pensó en Ignacio.
En la montaña.
En el lago oculto bajo siglos de piedra.
En todo lo que había estado a punto de desaparecer bajo el agua para siempre.
Y luego volvió a mirarla a ella.
Dejó escapar una leve risa cansada.
—No. Creo que el problema es que empiezo a sospechar que nunca lo fuiste.
La copa de Francesca permaneció en el borde de la piscina, con el reflejo del agua moviéndose sobre el cristal.
Y el silencio que siguió no fue incómodo ni incierto.
Fue, simplemente, el comienzo de algo que Ignacio, desde algún lugar, habría llamado la jugada más importante.
La que se juega cuando apenas quedan segundos en el reloj.
La que nadie ve venir hasta que el balón ya ha cambiado de manos.
Sobre la mesa, el móvil seguía boca abajo.
Mudo.
Encendido.
FIN