CAPÍTULO 27 — ELEGIR QUEDARSE | SELAH #2
—Tuve miedo de que un hombre poderoso pudiera separarme de ti si yo no hacía lo que quería. Y otra persona me prometió que si aceptaba la culpa, el castigo sería pequeño.
June frunció el ceño.
—¿Y le creíste?
—Sí.
—Fue tonto.
Selah soltó una risa.
—Muchísimo.
June pareció aliviada porque su madre podía admitirlo.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó Selah.
La niña miró sus zapatos.
—A veces.
Selah respiró.
—Eso está bien.
—Tía Miriam dice que no debería porque intentabas protegerme.
—Tu tía quiere ayudar.
—Pero yo sí estoy enfadada.
Selah se agachó hasta quedar a su altura.
—Puedes estarlo.
June la miró.
—¿Y no te irás?
La pregunta rompió algo.
Selah tuvo que tragar antes de responder.
—No.
—¿Aunque esté enfadada?
—Especialmente entonces.
June asintió como si acabara de comprobar una regla importante.
Continuaron caminando.
Al llegar a la escuela, la niña dudó.
Después abrazó a Selah rápidamente y corrió hacia sus amigas.
Selah permaneció en la acera.
No lloró hasta que June entró al edificio.
Aquella tarde fue al bazar.
Idella había movido una mesa al antiguo almacén y colocado encima dos cajas de fichas, un archivador y el Libro.
—¿Qué es esto?
—Tu escritorio.
Selah la miró.
—No recuerdo aceptar.
—Te pago poco. Eso ya lo aceptaste.
—Pensé que trabajaba en la tienda.
—Ahora trabajas en la tienda y en otra cosa.
Wren estaba sentada detrás del escritorio con los pies encima.
—Yo pedí la silla grande.
Selah empujó sus pies al suelo.
—Tú tienes quince años.
—Discriminación.
Idella abrió una carpeta.
La Sociedad Auxiliar había aprobado un pequeño fondo comunitario. No controlaba el Libro. Esa había sido condición de Idella.
El fondo tenía reglas visibles.
Préstamos pequeños.
Ayuda de emergencia.
Donaciones.
Una lista de personas dispuestas a ofrecer transporte, alojamiento temporal o trabajo.
Y al lado, en el cajón, seguía el Libro con sus claves, su memoria y sus historias que no pertenecían a ningún comité.
—Quiero que lo administres conmigo —dijo Idella.
Selah levantó la cabeza.
—El fondo.
—Y el Libro.
Wren dejó de mover el lápiz.
Selah tocó la cubierta negra.
—Pensé que era tuyo.
—Ese es el problema. Nunca fue mío.
Idella sonrió.
—Solo me tocó cuidarlo un tiempo.
Selah pensó en la prisión.
En la vida que había imaginado recuperar.
Nunca había incluido sentarse detrás de una tienda ayudando a otras personas a resolver deudas invisibles.
—Me quedo —dijo.
Idella asintió como si ya lo supiera.
—Bien.
—Pero Wren no toca el fondo sin supervisión.
—Abuso de autoridad —dijo Wren.
—Primera decisión administrativa.
Wren sonrió.
Al cerrar la tienda, Selah encontró a Thomas afuera.
Llevaba una caja pequeña.
—No sabía si entrar.
—Eso es nuevo.
Él aceptó la burla.
Desde la reunión, Thomas se había mudado temporalmente a una pensión. Everett no le hablaba. Louetta se había instalado con una prima mientras consultaba a un abogado sobre sus bienes.
El juez seguía trabajando, aunque el consejo del condado había iniciado una revisión ética y el banco había retirado formalmente su participación en varios asuntos para evitar conflicto de interés.
No había final limpio.
Solo consecuencias avanzando a la velocidad de instituciones reales.
Thomas le entregó la caja.
Dentro había papeles.
—Copias de mis cuentas de aquella época. Préstamos, deudas. Y una carta que escribí a mi padre la semana después de tu arresto.
Selah abrió.
La carta nunca enviada decía que Thomas quería confesar.
Al margen, con la letra de Everett, había una nota:
Esto termina ahora. Piensa en tu madre.
Selah sintió frío.
—¿Dónde estaba?
—En la caja fuerte de mi padre.
—¿Robaste esto?
Thomas sonrió sin humor.
—Parece que no aprendí del todo.
—Thomas.
—Era mío.
Selah cerró la caja.
—Esto puede ayudar al abogado.
—Lo sé.
Se quedaron en la acera.
—Mi padre dice que vas a destruir a la familia.
Selah lo miró.
—¿Qué dices tú?
Thomas tardó.
—Que la familia ya estaba rota. Solo estaba bien vestida.
Selah pensó en Louetta.
—Eso suena a algo que ella diría ahora.
Thomas bajó los ojos.
—¿Alguna vez crees que podremos…?
No terminó.
Selah entendió.
Ser amigos.
Perdonarse de verdad.
Volver a algo que quizá nunca había sido sano.
—No sé.
Thomas asintió.
Pareció aceptar la respuesta.
Selah añadió:
—Y no necesito saberlo hoy.
Él la miró.
—Eso es más de lo que merezco.
—No tiene que ver con merecer.
Selah sostuvo la caja.
—Tiene que ver con que ya no voy a tomar decisiones para que tú te sientas mejor o peor.
Thomas dejó escapar aire.
—Justo.
Se marchó.
Selah lo observó caminar hacia la pensión.
No sintió necesidad de llamarlo.
Tampoco de odiarlo.
Eso era suficiente.
Volvió a entrar al bazar.
Idella había dejado una lámpara encendida en el cuarto trasero.
El Libro estaba sobre el escritorio.
Selah abrió una página nueva.
Escribió la fecha.
Luego una entrada:
S. — nombre devuelto — pagar hacia delante.
La ley todavía tardaría en limpiar oficialmente su condena.
Pero Selah ya sabía algo que el tribunal no podía concederle ni quitarle.
Su libertad había empezado el día que salió de prisión.
Su dignidad, en cambio, nunca había entrado allí.