El Club de las Renacidas CAPÍTULO 26 — DESPUÉS DEL ESCÁNDALO | RUTH
91%

CAPÍTULO 26 — DESPUÉS DEL ESCÁNDALO | RUTH

La primera mañana después de la reunión, Ruth despertó antes de las cinco por costumbre.

Durante unos segundos no recordó nada.

Luego vio un par de zapatos que no eran suyos junto a la puerta del dormitorio de invitados y comprendió que Wren estaba durmiendo al otro lado del pasillo.

Se quedó sentada en la cama.

La casa seguía siendo la misma. El techo todavía necesitaba reparación. El tractor continuaba haciendo un ruido desagradable al arrancar. En el cajón de la cocina esperaba una carta del banco que no había dejado de existir porque un salón lleno de mujeres levantara la mano.

Sin embargo había unos zapatos en el pasillo.

Ruth se vistió sin hacer ruido.

Encontró a Wren en la cocina cinco minutos después.

—Creí que dormías.

—Creí que tú también.

—Vivo en una granja.

—Yo he vivido en un orfanato. Despertarse antes de que alguien ordene hacerlo es una forma de entretenimiento.

Ruth encendió la cocina.

—¿Huevos?

—¿Es una pregunta de desayuno o una entrada del Libro?

Ruth la miró.

Wren sonrió.

—Desayuno —dijo Ruth.

—Entonces dos.

Prepararon comida sin hablar demasiado. No era incómodo. Ruth había olvidado que una casa podía contener otro cuerpo sin exigir conversación constante.

Cuando puso el plato delante de Wren, la muchacha lo observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirando los huevos como si sospecharas de ellos.

—En el Hogar Estatal daban uno los domingos. Compartido entre dos, a veces.

Ruth dejó el tenedor.

—Puedes comer tres.

—No quiero tres.

—Era una oferta.

—Lo sé.

Wren empezó a comer.

Ruth comprendió que había ofrecido un huevo cuando lo que quería ofrecer era una casa.

Probablemente era mejor empezar por lo pequeño.

Después del desayuno fueron al granero.

Wren insistió en ayudar.

Resultó terrible ordeñando.

—La vaca me odia.

—La vaca no piensa en ti tanto como imaginas.

—Eso es exactamente lo que diría una vaca manipuladora.

Ruth rio.

El sonido la sorprendió.

A media mañana llegó Harold Vickers.

Esta vez el Buick levantó menos polvo porque Ruth lo vio llegar desde el porche.

Wren estaba a su lado con una escoba.

—¿Ese es el banco?

—Parte de él.

—Parece decepcionante.

Vickers bajó del automóvil con el sombrero en la mano.

—Señora Calloway.

—Señor Vickers.

Sus ojos se detuvieron en Wren.

—Tenemos visita.

—Tenemos familia en trámite —dijo Ruth.

Wren dejó de mover la escoba.

Vickers se aclaró la garganta.

—He venido por el asunto de su préstamo.

—Imaginé que no era por los huevos.

Él no sonrió.

—El banco ha decidido suspender temporalmente cualquier acción de ejecución mientras se revisan ciertos procedimientos internos.

Ruth no se movió.

—¿Cuánto dura “temporalmente”?

—No puedo darle una fecha.

—La última vez sí pudo.

Vickers miró el suelo.

—Hay preocupación por la documentación de algunos expedientes.

—¿Mi documentación?

—Por el proceso en general.

—¿Mi deuda desapareció?

—No.

Ruth asintió.

Aquello importaba.

No quería una mentira cómoda.

—Entonces seguiré pagando lo que pueda.

—El banco probablemente ofrecerá una renegociación.

—Probablemente no es una cifra.

Por primera vez, Vickers la miró con algo parecido a respeto.

—No.

—Cuando tenga cifras, vuelva.

Él se puso el sombrero.

—Señora Calloway... lo de anoche ha causado bastante preocupación.

—Me alegra saber que el banco ha descubierto esa emoción.

Vickers se marchó.

Ruth observó el Buick desaparecer.

Wren dejó la escoba.

—¿Ganamos?

—No.

La muchacha frunció el ceño.

—Parecía bastante parecido.

—Conseguimos tiempo.

—Eso era lo que necesitabas.

Ruth pensó en la primera carta.

Sesenta días.

Después cincuenta y nueve.

Durante semanas el tiempo había sido una cosa que el banco le quitaba.

Ahora alguien acababa de devolverle una parte.

—Sí —dijo—. Era lo que necesitaba.

***

Tres días después, Beckett llevó los documentos de custodia al bazar.

No eran definitivos.

Nada parecía ser definitivo en Bellhaven últimamente.

Pero la oposición formal de Hargrove había desaparecido.

—¿Por qué? —preguntó Wren.

Beckett la miró por encima de sus lentes.

—Porque una revisión del condado sobre traslados anticipados no es el momento ideal para que una directora insista en decisiones que ahora debe justificar por escrito.

Wren sonrió.

—Entonces los papeles asustan a la gente.

—Cuando están bien colocados, sí.

Idella golpeó el mostrador.

—Eso debería bordarse en una almohada.

Ruth firmó donde le indicaron.

Wren observaba cada movimiento.

—¿Esto significa que puedo quedarme en la granja?

Beckett guardó la pluma.

—Significa que existe una colocación temporal reconocida mientras el tribunal revisa la custodia permanente.

—¿Eso es sí en idioma de abogado?

—Es “sí, por ahora” en idioma de abogado.

Wren aceptó aquello con un gesto serio.

Después fue al fondo de la tienda como si necesitara buscar algo.

Ruth la dejó.

Había aprendido que la muchacha escondía algunas emociones del mismo modo que escondía objetos: rápidamente y en lugares pequeños.

Selah apareció desde el almacén con dos tazas de café.

Le dio una a Ruth.

—Así que tienes tiempo.

—Parece.

—Y ella tiene un techo.

Ruth miró hacia el fondo.

—Por ahora.

—Todo es por ahora.

Ruth tomó café.

La frase habría sonado triste semanas atrás.

Ahora no.

—¿Qué haremos con la tienda? —preguntó.

Selah arqueó una ceja.

—¿La tienda?

—El Libro. Todo esto.

Era la primera vez que hablaban del futuro sin que detrás de la palabra hubiera una amenaza inmediata.

Idella, que fingía ordenar botones, dejó de fingir.

—Yo pensaba jubilarme a los noventa y dos —dijo—, así que tienen tiempo para decidir.

Selah sonrió.

—No puede seguir dependiendo de ti.

—Gracias por anunciar mi mortalidad en horario comercial.

Ruth apoyó los codos en el mostrador.

—Tampoco puede depender de que todo permanezca secreto.

Idella miró el Libro, guardado en su cajón.

—No.

—Pero algunas cosas sí tienen que seguir siendo privadas —dijo Selah.

—Sí.

—Entonces necesitamos reglas nuevas.

Wren volvió desde el fondo.

—Y mejor letra.

Las tres la miraron.

—La de Idella parece escrita durante un terremoto.

—Sal de mi tienda —dijo Idella.

—Vivo prácticamente aquí.

—Ese es el problema.

Ruth rio otra vez.

Esta vez no le sorprendió tanto.

Fuera, Bellhaven continuaba igual de caluroso, igual de pequeño y probablemente igual de dado al chisme.

Pero dentro del bazar, por primera vez, hablaban de construir algo sin estar primero obligadas a salvarlo.

La primera consecuencia del escándalo fue que nadie en Bellhaven pudo comprar pan sin escuchar una opinión sobre el juez Pruitt.

La segunda fue que el banco telefoneó a Ruth.

No envió una carta.

No mandó a Vickers.

Telefoneó.

Aquello, por sí solo, pareció un cambio histórico.

Ruth atendió en la cocina de la granja dos días después de la reunión.

—¿Señora Calloway?

—Sí.

—Habla Martin Reese, vicepresidente del Primer Banco.

Ruth se sentó.

Wren, al otro lado de la mesa, dejó de comer una manzana.

—¿Qué quiere?

—Me gustaría conversar sobre su cuenta.

—Ya hemos conversado bastante por correo.

Wren sonrió.

Reese hizo una pausa.

—El comité ha decidido suspender temporalmente cualquier acción de ejecución mientras revisamos la documentación asociada a la tasación y a posibles conflictos de interés.

Ruth no respondió.

Había esperado esa llamada desde la reunión.

Aun así no confió inmediatamente en las palabras.

—¿Suspender cuánto tiempo?

—Treinta días inicialmente.

Wren abrió mucho los ojos.

Treinta días.

Un mes antes, esa cantidad había sido la cuenta regresiva de su traslado. Ahora sonaba a oportunidad.

—¿Y después?

—Revisaremos un plan de regularización basado en el valor actual de la cosecha y en los pagos que usted ya realizó.

—Quiero eso por escrito.

Otra pausa.

—Por supuesto.

—Y quiero que la tasación utilizada para cualquier negociación sea realizada por alguien que no trabaje para los Pruitt.

Wren levantó ambos pulgares.

Ruth le dio una mirada.

—Eso también puede discutirse.

—No. Eso es condición para que yo discuta lo demás.

El hombre respiró.

—Entiendo.

—Bien.

Ruth colgó.

Wren esperó exactamente un segundo.

—¿Ganamos?

Ruth miró el teléfono.

—No.

—Eres terrible celebrando.

—Conseguimos treinta días.

—Eso suena como ganar treinta días.

Ruth sonrió.

—Sí.

Wren mordió la manzana.

—Entonces ganamos un mes.

La tercera consecuencia llegó esa tarde.

La señora Hargrove apareció en la granja.

Ruth salió al porche preparada para otra pelea.

La directora no llevaba carpeta.

Eso la desconcertó.

—He venido a hablar sobre la solicitud de custodia.

Wren apareció detrás de la puerta.

—Estoy aquí.

Hargrove la miró.

—Ya veo.

Ruth cruzó los brazos.

—¿Qué ocurre?

La directora tenía el rostro más cansado que de costumbre.

—El consejo del hogar ha recibido una solicitud de revisión de nuestras políticas de traslado.

—¿De quién?

—Varias personas.

Ruth imaginó «varias personas» con sombreros de la Sociedad Auxiliar y tuvo que contener una sonrisa.

—Mientras se realiza la revisión, no objetaremos una colocación de Wren con usted siempre que el tribunal confirme su capacidad básica de cuidado.

Wren dejó de masticar.

Ruth sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

—¿No se opone?

—No.

La palabra parecía costarle.

Wren preguntó:

—¿Porque cambió de opinión o porque ahora hay cien mujeres preguntando?

—Wren.

Ruth la reprendió por reflejo.

Hargrove, sorprendentemente, respondió:

—Ambas cosas pueden ser verdad.

Wren frunció el ceño.

La directora se volvió hacia ella.

—No estoy de acuerdo con la forma en que te fuiste. Ni con muchas de tus decisiones.

—Eso también puede ser verdad.

Hargrove casi sonrió.

—Pero quizá el traslado se manejó con demasiada prisa.

Era lo más parecido a una disculpa que Wren iba a recibir.

Ruth lo supo.

Wren también.

—Bien —dijo la muchacha.

Hargrove asintió.

Antes de marcharse, miró la granja.

—Es mucho trabajo.

Ruth pensó que iba a cuestionar otra vez su capacidad.

—Sí.

Hargrove miró a Wren.

—A ella no le hará daño.

Wren abrió la boca.

Ruth respondió antes:

—En eso estamos de acuerdo.

La directora se marchó.

Wren miró a Ruth.

—No voy a trabajar gratis.

—Tienes habitación y comida.

—Eso suena a institución estatal.

Ruth soltó una carcajada.

Wren también.