CAPÍTULO 17 — LA NOCHE DEL RESCATE | RUTH #3
—Si nos dicen que no, no haré una estupidez sin avisarte.
Ruth casi rio.
—Eso no es tranquilizador.
—Es lo mejor que tengo.
La línea se cortó.
Ruth dejó el auricular.
Todos la miraban.
—Están dentro.
Nadie celebró.
Idella anotó una hora junto a la entrada.
Una y diecisiete.
Entonces empezó otra clase de espera.
Beckett llegó a la una y cuarenta. A las dos, el teléfono volvió a sonar y era una empleada de la institución preguntando si la petición de custodia existía realmente.
Ruth tomó el auricular.
—Existe.
—¿Está concedida?
—Está presentada.
—No es lo mismo.
—No.
Ruth se obligó a no adornar la verdad.
—Pero fue presentada antes de que adelantaran el traslado sin notificación suficiente.
Beckett asintió desde el otro lado del mostrador.
—¿La menor tiene que comparecer? —preguntó la empleada.
Ruth miró al abogado.
Él escribió en una hoja: PUEDE SER REQUERIDA.
—Puede ser requerida para revisión —dijo Ruth.
Silencio.
—Voy a hablar con mi supervisora.
La línea murió otra vez.
Ruth sostuvo el auricular unos segundos.
—Acabo de hablar como Selah.
Idella negó.
—No. Hablaste como tú cuando dejas de pedir disculpas antes de terminar una frase.
A las tres, Calvin regresó a la granja.
A las cuatro, la señora Delaney cambió los bocadillos porque los primeros se habían secado.
A doscientos kilómetros de allí, Selah entró en la institución con un vestido oscuro, sombrero prestado y una carpeta bajo el brazo.
Maylene esperaba en el automóvil.
La enfermera Delaney había llamado una hora antes.
La empleada de recepción leyó el recibo de custodia.
—No tenemos orden de salida.
Selah sintió que el plan se detenía.
—La menor debe comparecer para revisión.
—¿Quién la trae de vuelta?
Selah pensó en mentir mejor.
No lo hizo.
—Eso dependerá de la decisión del tribunal.
La empleada frunció el ceño.
—Necesito hablar con la supervisora.
Fue el momento más largo.
Selah esperó junto a la mesa.
Vio archivadores.
Un reloj.
Una lista de nombres.
Pensó en la prisión.
Instituciones distintas usaban el mismo tono de pintura.
La supervisora llegó.
Leyó los documentos.
—No veo firma del juez.
Selah señaló el sello de presentación.
—Porque la audiencia es para decidir la petición.
—Pero no tenemos orden de transporte.
—¿Quiere llamar al juzgado de Bellhaven?
La mujer miró el teléfono.
Selah sintió el corazón golpearle el pecho.
Si llamaba a Pruitt, se acababa.
La supervisora suspiró.
—La directora Hargrove debería haber enviado esto con el expediente.
Selah vio la oportunidad.
—La directora adelantó el traslado antes de la fecha original.
La mujer la miró con evidente irritación.
Burocracia contra burocracia.
Era casi hermoso.
—Espere aquí.
Quince minutos después apareció Wren escoltada por una empleada.
Llevaba uniforme gris.
La cinta azul estaba atada en la muñeca.
Al ver a Selah, no sonrió.
Eso fue peor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente.
—Hola —dijo Selah.
Wren tragó.
—Tardaste.
—El tráfico.
La empleada entregó una maleta.
—Debe regresar si el tribunal no aprueba la colocación.
Selah tomó el asa.
—Entendido.
Era la mentira más importante que había dicho desde su confesión.
Esta vez, al menos, era suya.
Caminaron hasta el automóvil.
Wren esperó hasta que estuvieron fuera de la puerta.
Luego se lanzó contra Selah.
No fue un abrazo elegante.
La golpeó con todo el cuerpo.
Selah dejó caer la maleta.
La rodeó con ambos brazos.
Wren lloró en silencio durante menos de un minuto.
Después se apartó furiosa consigo misma.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—A nadie.
—Nunca ocurrió.
Maylene se volvió desde el asiento delantero.
—¿Esta es la famosa ladrona?
Wren se secó la cara.
—¿Quién pregunta?
Maylene sonrió.
—Sí. Es ella.
Regresaron por caminos secundarios.
No para esconderse de la policía, se dijo Selah.
Para evitar preguntas.
La diferencia seguía siendo estrecha.
En Bellhaven, Ruth estaba frente al bazar cuando el automóvil dobló la esquina.
Wren la vio y abrió la puerta antes de que se detuvieran completamente.
—¡Espera! —gritó Selah.
Wren saltó al suelo.
Ruth corrió hacia ella.
Se detuvieron a un paso.
Durante un segundo ninguna supo qué hacer.
Entonces Ruth la abrazó.
Wren permaneció rígida.
Luego apoyó la cara contra su hombro.
—Pensé que habías cambiado de opinión —murmuró.
Ruth cerró los ojos.
—Nunca.
—Tardaste dos días.
—Me alegra que tu primera preocupación siga siendo la puntualidad.
Wren soltó una risa ahogada.
Idella salió de la tienda.
No lloró.
Dijo que el polvo le había entrado en los ojos.
Nadie la contradijo.
La celebración duró siete minutos.
Después Selah vio el problema.
En la esquina, un automóvil del condado estaba estacionado frente a la farmacia.
El conductor las observaba.
No había visto la salida de la institución.
Pero vio la llegada.
Vio a Wren.
Vio a Selah.
Y vio el Bazar y Mercería Bellhaven.
Selah tocó el brazo de Ruth.
—Tenemos compañía.
Ruth siguió su mirada.
La alegría desapareció de su rostro.
El rescate había funcionado.
También había dejado un rastro que terminaba exactamente donde Pruitt esperaba encontrarlo.