CAPÍTULO 11 — EL REGISTRO INCOMPLETO | SELAH
El archivo del condado olía exactamente como Selah recordaba: polvo, tinta y el cansancio de hombres convencidos de que todo papel importante debía guardarse en una habitación sin ventanas.
El empleado se llamaba Vernon Pike.
Tenía cuarenta y seis años, un bigote estrecho y una deuda de juego que, según Idella, ascendía a cuarenta dólares con un hombre de Macon que no era conocido por aceptar disculpas.
Selah no necesitaba comprarlo.
Solo necesitaba darle una razón para mirar hacia otro lado.
—Busco el expediente del caso 318-B —dijo.
Pike levantó la vista.
La reconoció.
Todo el mundo la reconocía.
—Los expedientes cerrados requieren autorización.
—Es mi expediente.
—Precisamente.
—No entiendo la lógica.
—No tiene que entenderla.
Selah apoyó las manos sobre el mostrador.
—¿Cuánto tiempo tardaría una autorización?
—Depende.
—¿Del juez?
Pike no respondió.
Selah sacó dos dólares.
Los dejó sobre el mostrador.
Él miró el dinero.
—No sé qué cree que está haciendo.
—Pagando una deuda.
—No me debe nada.
—Entonces tiene suerte.
Añadió otros dos.
Pike tragó saliva.
—Esto podría causarme problemas.
—No le estoy pidiendo que cambie un papel. Solo que me permita leer algo que lleva mi nombre.
Otros dos dólares.
Seis.
El hombre miró la puerta.
—Diez minutos.
Selah deslizó cuatro más.
—Veinte.
Pike recogió el dinero sin contarlo.
—Quince.
—Trato hecho.
Volvió con una carpeta gris.
Selah reconoció el número.
318-B.
Tres años dentro de menos de un centímetro de cartón.
La abrió.
Había copias de la denuncia, la declaración, la sentencia y varias hojas mecanografiadas.
Buscó la primera declaración que había hecho a la policía.
No estaba.
Buscó la lista de personas con acceso a la oficina de depósitos.
No estaba.
Buscó el inventario original del dinero faltante.
Había una hoja.
Le faltaba la segunda página.
Selah sintió el pulso en la garganta.
—Pike.
El hombre fingió no escuchar.
—Faltan documentos.
—Los expedientes viejos no siempre están completos.
—Este tiene tres años.
—Para el gobierno eso es viejo.
Selah pasó páginas más rápido.
Encontró algo.
Una nota de evidencia.
Testigo: T.P.
Declaración retirada antes del juicio.
Selah dejó de respirar.
T.P.
Thomas Pruitt.
—¿Dónde está esa declaración?
Pike se acercó.
—No lo sé.
—Aquí dice que existió.
—Entonces existió.
—¿Quién puede retirarla de un expediente?
—No sé.
—Sí sabe.
Pike miró el reloj.
—Se acabó el tiempo.
Selah copió la referencia en un papel.
Caso 318-B. Evidencia 7. T.P. Declaración retirada.
Luego vio una anotación al margen de la sentencia.
Recomendación judicial: no suspensión.
E. Pruitt.
Selah sintió que algo helado le recorría los brazos.
Thomas le había dicho que su padre conseguiría probation. Una sentencia suspendida. Quizá meses, no años.
Everett había recomendado lo contrario.
No solo la había coaccionado.
Después se aseguró de que desapareciera.
—Señorita Marsh.
Pike cerró la carpeta.
—Ya.
Selah no discutió.
Tenía suficiente.
No para probarlo.
Para saber dónde cavar.
Antes de salir del archivo, Selah pidió una hoja adicional.
Pike se negó.
—Ya tuvo sus quince minutos.
—No quiero el expediente. Quiero saber qué significa «evidencia retirada» en el índice.
—Significa lo que dice.
—¿Se destruye?
Pike miró hacia la puerta.
—No necesariamente.
Selah sintió atención total.
—¿Dónde queda?
—No dije que quedara.
—Pike.
El hombre bajó la voz.
—Algunas declaraciones retiradas se archivan en cajas de material no presentado. Si el fiscal cree que pueden tener valor administrativo.
—¿Dónde están esas cajas?
—No puedo decirle.
—¿En este edificio?
Pike apretó los labios.
Selah sonrió.
—Gracias.
—No le dije nada.
—Exactamente.
Salió del cuarto principal pero no abandonó el juzgado. Caminó por el corredor hasta la oficina del fiscal. La puerta estaba abierta y una secretaria joven mecanografiaba.
—Busco registros de evidencia no presentada de 1943.
La mujer levantó la cabeza.
—¿Caso?
Selah dio el número.
El reconocimiento fue más lento que con Pike, pero llegó.
—Necesita autorización del fiscal.
—¿Dónde está?
—Almorzando.
—¿Quién era fiscal en 1943?
—Señor Harlan.
Selah recordaba a Harlan. Había hablado de ella durante el juicio como si la conociera mejor que su propia hermana.
—¿Sigue aquí?
—Se jubiló el año pasado. Vive cerca de Columbus.
Otra dirección potencial.
Selah anotó el dato.
—¿Y el ayudante que trabajó mi caso?
La secretaria consultó un directorio.
—Frank Willis.
Selah recordó a un hombre delgado que nunca la había mirado directamente.
—¿Dónde está?
—Atlanta. Oficina del fiscal federal, creo.
Dos nombres más.
La verdad empezaba a parecer menos una gran revelación escondida en una caja y más un rompecabezas repartido entre personas que habían seguido con sus vidas.
Eso la enfurecía.
Para ellos, su caso había sido trabajo.
Para ella, tres años.
En los escalones del juzgado vio a una mujer vendiendo flores. La reconoció como la viuda de Calvin Brooks, pero al acercarse comprendió su error: era su hermana, Etta.
—Señorita Brooks.
La mujer levantó la cabeza.
—Selah.
No había juicio en su voz.
Eso la hizo peligrosa para las emociones.
—Busco a Calvin.
Etta frunció el ceño.
—Se mudó.
—Lo sé. Augusta.
—Entonces sabes más que yo la mitad del tiempo.
—¿Escribe?
—A mamá.
Selah respiró.
—Necesito hablar con él sobre mi caso.
Etta dejó las flores.
—Siempre dijo que algo no le gustaba de aquello.
Selah sintió un golpe.
—¿Qué?
—Después del juicio. Dijo que los papeles cambiaban demasiado.
—¿Qué papeles?
—No sé. Yo no pregunté.
Selah se sentó en el borde de la fuente cercana.
—¿Puedes conseguirme su dirección?
Etta la observó.
—¿Vas a meterlo en problemas?
—Espero meter en problemas a otra persona.
La mujer casi sonrió.
—Eso suena más a ti.
Prometió buscar la dirección.
Selah salió de la plaza con una lista mucho más larga que cuando había entrado.
Harlan.
Willis.
Brooks.
Evidencia no presentada.
Cada nombre era una puerta que Pruitt quizá no podía cerrar al mismo tiempo.
Salió del archivo con la nota escondida dentro del zapato.
No había avanzado ni media calle cuando oyó su nombre.
—Selah.
Se detuvo.
Thomas Pruitt estaba junto a un Ford estacionado frente a la ferretería.
Durante tres años Selah había imaginado ese encuentro.
En algunas versiones lo abofeteaba.
En otras él caía de rodillas.
En las peores, Selah no sentía nada.
La realidad fue más desagradable.
Thomas parecía enfermo.
No físicamente. Llevaba buen traje, zapatos lustrados y tenía el cabello peinado como siempre. Pero la piel bajo sus ojos era oscura y sostenía un cigarrillo sin fumar entre dos dedos.
—Me dijeron que habías salido.
Selah siguió caminando.
—Los rumores funcionan.
Thomas se puso a su lado.
—Necesito hablar contigo.
—Tuviste tres años.
—No podía escribir.
—Podías.
—Mi padre…
Selah se detuvo tan rápido que él dio otro paso antes de notarlo.
—No uses a tu padre para explicarme por qué eres cobarde. Él ya ocupa demasiado espacio en mi vida.
Thomas palideció.
—Lo siento.
—Eso sí podías escribirlo.
Él miró alrededor.
—No aquí.
Selah casi sonrió.
Todos los Pruitt querían conversaciones privadas.
—Aquí está perfecto.
—Selah, por favor.
Había dolor real en su voz.
Eso la enfureció más.
—¿Sufres, Thomas?
Él bajó los ojos.
—Sí.
—Bien.
La palabra salió antes de que pudiera decidir si la quería.
Thomas la recibió sin defenderse.
Selah sintió una punzada de vergüenza.
No por él.
Por sí misma.
Idella tenía razón. Era demasiado fácil confundir verdad con castigo.
—¿Por qué retiraste tu declaración? —preguntó.
Thomas levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Había una declaración tuya en mi expediente.
El miedo apareció con tanta claridad que Selah supo que la nota importaba.
—¿Dónde viste eso?
—Existe o existió.
Thomas apagó un cigarrillo que nunca había encendido.
—Mi padre dijo que no era necesaria.
—¿Qué decía?
Él guardó silencio.
—Thomas.
—Que yo había estado en la oficina esa noche.
Selah sintió el mundo estrecharse.
—¿Y qué más?
—Nada que…
—¿Qué más?
—Que tú saliste antes que yo.
Ahí estaba.
Selah había dicho desde el principio que no estaba en el edificio cuando desapareció el dinero.
Thomas lo había confirmado.
Y la declaración había desaparecido.
—¿Por qué la firmaste?
—Al principio pensé que tenía que contar algo de verdad.
—Qué momento de lucidez.
—Después mi padre la vio.
Selah soltó aire lentamente.
—¿La tienes?
—No.
—¿Una copia?
—No.
—¿Quién más la vio?
Thomas pensó.
—El ayudante del fiscal. Tal vez Pike. El alguacil adjunto que tomó la declaración.
—Nombre.
—Calvin Brooks.
Selah lo anotó mentalmente.
—¿Dónde está?
—Se mudó a Augusta después de la guerra.
—¿Dirección?
—No sé.
Selah volvió a caminar.
Thomas la siguió.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que debí hacer hace tres años.
—Mi padre no va a permitirlo.
Selah se volvió.
—Eso es lo que todavía no entiendes. Tu padre no tiene que permitirme recordar.
Thomas se quedó quieto.
—Yo puedo ayudarte.
Selah lo miró.
Era tentador.
Demasiado.
—Entonces empieza por encontrar a Calvin Brooks.
—¿Y después?
—Después veremos si tu culpa sirve para algo más que enfermarte la cara.
Lo dejó allí.
Cuando regresó al bazar, Wren estaba detrás del mostrador con un sobre abierto en las manos.
Selah ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle por qué abría correspondencia ajena.
La muchacha estaba pálida.
—¿Qué pasó?
Wren le tendió la carta.
En la esquina superior aparecía el membrete del Hogar Infantil del Condado.
—Hargrove tiene fecha —dijo.
Selah leyó.
Treinta días.
La investigación acababa de encontrar una pista.
El tiempo, en cambio, acababa de empeorar.
La carta de Calvin Brooks llegó al bazar dentro de un sobre sin remitente.
Idella se la entregó a Selah sin comentario.
Selah reconoció el nombre de Etta en la primera línea.
Calvin escribió poco.
Eso hizo que cada frase pesara más.
Recordaba la noche del robo.
Recordaba a Thomas Pruitt llegando antes que el sheriff.
Recordaba una declaración inicial en la que Thomas había dicho que Selah había abandonado el edificio antes de que faltara el dinero.
Y recordaba que, a la mañana siguiente, esa declaración ya no formaba parte de la carpeta.