El Club de las Renacidas CAPÍTULO 7 — LA MISMA AMENAZA | RUTH #2
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CAPÍTULO 7 — LA MISMA AMENAZA | RUTH #2

Selah sonrió ligeramente.

—Ahora estás haciendo preguntas peligrosas.

Ruth pensó en la tumba de Samuel.

—Empiezo a encontrarles gusto.

Ruth visitó el cementerio el domingo siguiente.

No iba todas las semanas.

Al principio lo había hecho porque parecía lo que una viuda debía hacer. Después descubrió que Samuel no estaba más allí que en la cocina, el granero o el campo norte.

Su cuerpo ni siquiera estaba allí.

La lápida era memorial.

Samuel Calloway. 1917–1945. Amado hijo y esposo.

Demasiado espacio alrededor de una vida.

Ruth dejó un ramo pequeño de flores silvestres.

—Tu hermana quiere comprar la granja —dijo.

Una cigarra respondió desde un árbol.

—O su marido. Ella hace esa cosa en la que no dice exactamente lo que quiere para poder ofenderse si una lo entiende.

Ruth se sentó en la hierba.

—Vendí las perlas de tu madre.

Eso sí le produjo culpa.

No porque Samuel hubiera querido conservarlas. Probablemente no recordaba dónde estaban.

Porque vender objetos de su familia parecía reconocer que Ruth era la última persona intentando sostener una casa que quizá ya había terminado.

—También el reloj de tu padre.

Pasó una mano por la inscripción de la lápida.

—No me digas que era importante. Nunca lo usaste.

Cerró los ojos.

Podía oír la voz de Samuel si se esforzaba.

No las palabras exactas.

El ritmo.

Eso era lo que empezaba a perder y la aterraba.

Los muertos se desvanecían en orden extraño. Primero el calor de la piel. Luego el olor. Más tarde la manera precisa de girar una frase.

Ruth había creído que recordar sería una forma de mantenerlo.

Ahora comprendía que recordar también cambiaba.

—No sé si debo luchar por la granja porque la quiero o porque era tuya.

La pregunta había estado evitándola semanas.

—Y no sé si hay diferencia.

Una sombra cruzó la hierba.

Ruth pensó en Louetta diciendo Samuel no habría querido verte convertirte en esto.

La frase todavía dolía.

Pero también empezaba a enfadarla de otra manera.

Samuel no era propiedad de Louetta.

Ni de Ruth.

Nadie podía utilizarlo como voto después de muerto.

—Así que voy a decidir sin ti —dijo.

La idea habría parecido una traición meses atrás.

Ahora sonó como amor de una clase distinta.

—Y si me equivoco, tendrás que soportarlo.

Se levantó.

Antes de marcharse tocó la piedra.

—Yo sí quiero la granja.

Era la primera vez que lo decía en voz alta.

No por Samuel.

No solo.

Por ella.

***

Al día siguiente fue al registro de tierras.

Selah había mencionado que Pruitt parecía demasiado interesado en archivos. Ruth decidió comprobar qué podía aprender alguien que no estuviera intentando ocultarlos.

Vernon Pike la recibió con menos hostilidad que a Selah, lo que a Ruth le pareció una evidencia útil sobre Bellhaven.

—Busco ventas por ejecución de los últimos diez años —dijo.

—¿Todas?

—Las cercanas a mi propiedad.

Vernon sacó mapas.

Ruth conocía cada curva de los caminos, pero nunca había visto el condado dividido en parcelas numeradas.

El papel hacía parecer la tierra dócil.

Encontró la granja Calloway.

Luego las propiedades vecinas.

Henderson.

Lee.

Carter.

Los Henderson habían perdido su granja en 1937. Ruth lo recordaba vagamente. Se mudaron a Alabama.

Los Lee, en 1940.

—¿Quién compró estas? —preguntó.

Vernon consultó un libro.

—Henderson pasó al banco y después a Pruitt Land Holdings.

Ruth levantó la vista.

—¿Qué es eso?

—Compañía privada.

—¿De quién?

—No consta aquí.

—¿Y Lee?

Pasó una página.

—Banco. Después Bellhaven Agricultural Investment.

—¿Propietario?

—Tendría que consultar constitución mercantil.

Ruth escribió los nombres.

—¿Ambas parcelas tocan terrenos de Everett Pruitt?

Vernon la miró.

—Yo no dije eso.

—Yo sí.

Extendió el mapa.

Las dos estaban en el mismo corredor al este del pueblo.

La granja Calloway completaba una franja casi continua.

Ruth sintió una frialdad conocida.

—¿Puedo copiar esto?

—Puede tomar notas.

Copió números de parcela, fechas y compradores.

Al salir encontró a Louetta bajando de un automóvil frente al juzgado.

Las dos se vieron.

Louetta miró los papeles en la mano de Ruth.

—¿Qué haces aquí?

—Aprendiendo geografía.

—Ruth.

—¿Sabías que los Henderson y los Lee perdieron sus tierras antes de que empresas relacionadas con tu marido las compraran?

Louetta quedó inmóvil.

—No sé de qué hablas.

—Entonces pregúntale.

—Everett tiene inversiones. Eso no significa...

—No dije qué significa.

Louetta bajó la voz.

—Estás buscando problemas.

Ruth guardó los papeles en el bolso.

—No. Los problemas ya encontraron mi casa.

—No entiendes cómo funcionan estas cosas.

—Esa frase se está volviendo muy popular.

Louetta miró alrededor.

—Vende la granja.

—No.

—Por una vez, escucha a alguien que intenta ayudarte.

Ruth la estudió.

Había miedo en la cara de su cuñada.

No solo irritación.

—¿Ayudarme de qué?

Louetta apretó los guantes.

—De convertir esto en algo peor.

—¿Peor para quién?

La respuesta no llegó.

Louetta subió los escalones del juzgado.

Ruth la vio entrar.

Aquella tarde llevó el mapa al bazar.

Selah extendió sus notas junto al Libro.

—Henderson —dijo.

—Y Lee.

Selah señaló otro nombre.

—Mi caso tuvo una transferencia de fondos desde una oficina del condado vinculada a una sociedad que usaba el mismo despacho de Pruitt.

Ruth la miró.

—¿Estás diciendo que todo está conectado?

—Estoy diciendo que el apellido aparece demasiado.

Idella puso café delante de ambas.

—Los apellidos poderosos suelen hacer eso.

Ruth tocó el mapa.

—Quieren mi tierra porque completa algo.

Selah la observó.

—Entonces ya no basta con demostrar que puedes pagar.

—¿Qué quieres decir?

—Si alguien quiere la granja por una razón, retrasar la deuda solo retrasa el próximo intento.

Ruth pensó en el Buick.

En Holloway.

En Louetta.

Por primera vez comprendió que sus cincuenta y tantos días no eran la historia completa.

Eran una herramienta de presión dentro de otra historia.

Y aquella historia tenía archivos.

El bazar estaba a cuatro calles.

Llegó todavía enfadada.

Idella no estaba. Wren tampoco.

Selah ocupaba el mostrador con tres carpetas abiertas frente a ella.

Al ver a Ruth, deslizó una hoja debajo de otra.

—Si vienes a vender el anillo, Idella dijo que te eche.

Ruth levantó la mano izquierda.

—Sigue aquí.

—Entonces puedo ser amable.

Ruth dejó la carta del banco sobre el mostrador.

Selah leyó el nombre al final.

Everett Pruitt.

Su expresión se endureció.

—Interesante.

—No es la palabra que usé.

Selah giró una de sus carpetas.

Era una lista de nombres del juzgado.

—Estoy buscando información sobre Pruitt.

Ruth la miró.

—¿Por tu caso?

—Entre otras cosas.

Ruth sacó la tarjeta que le había dado la señora Delaney.

La dejó al lado de la carta.

—Parece que también debería buscarla yo.

Selah se apoyó en el mostrador.

—¿Qué sabes?

Ruth pensó en Louetta.

En la carpeta CALLOWAY.

En las tierras adyacentes.

—Sé que Everett quiere mi granja.

—¿Para qué?

—Unirla a propiedades de su familia.

Selah no mostró sorpresa.

Eso inquietó a Ruth.

—¿Qué sabes tú?

—Sé que un hombre como Pruitt rara vez hace una sola cosa de la misma manera.

Ruth recordó la nota en la carpeta.

—¿Crees que ha hecho esto antes?

Selah miró el cajón del Libro.

—Creo que deberíamos averiguarlo.

Ruth no confiaba en Selah.

No todavía.

Selah probablemente tampoco confiaba en ella.

Pero la confianza, pensó Ruth, podía ser un lujo de personas con tiempo.

Ella tenía cuarenta y siete días.

—Te digo lo que sé —dijo— si tú me dices lo que encuentres.

Selah extendió la mano.

No para estrecharla.

Para pedir la carta.

Ruth se la dio.

—Empieza por aquí —dijo.

Y sin ceremonias, sin promesas y sin llamar alianza a lo que acababan de hacer, las dos comenzaron a intercambiar información.