El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Capítulo Veintiséis

Noah

Llueve sangre.

Extiendo las manos. Gotas viscosas me golpean los dedos, dejan surcos rojo oscuro en mis nudillos y se cuelan en cada resquicio de mi piel.

¿Dónde estoy?

La hierba roza mis pies descalzos. Está fría y húmeda. El olor del incienso me envuelve. Y oigo susurros. No entiendo lo que la gente dice; solo percibo siseos y carraspeos inquietos.

«En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», resuena una voz masculina y profunda, a medio camino entre el canto y la palabra.

Silencio.

«Amén», responde el coro.

Me estremezco y, de pronto, lo veo.

Justo delante de mí.

Una lápida. Brilla, aunque el sol no luce.

¡No! Por favor, aquí no.

Alguien me coloca una flor en la mano. Unos ojos de un gris claro como la niebla de noviembre me miran con reproche.

—Lo siento. Esa es la verdad. Lo siento.

« No basta», dicen los ojos cubiertos de niebla.

«No basta, no basta, no basta» canta el coro que ni siquiera alcanzo a ver.

Alguien me empuja.

Tropiezo hacia delante.

Mis pies caen en un charco.

Un charco de sangre, y más sangre que gotea del cielo con cada segundo que pasa.

—Mira, cobarde. Mira lo que has hecho.

No puedo. Es imposible. Algo duro y helado se me clava en la nuca. Me empuja hacia delante y no puedo resistirme. La rodilla choca contra la piedra y me desplomo en el suelo.

—Mira, cobarde. Mira lo que has hecho.

¡No!

Mis dedos rozan la piedra, siguiendo el contorno de la inscripción grabada.

Ahí está la J, luego la U.

Un estruendo recorre mi cuerpo.

—Julian —murmuro, con los ojos apretados todo lo que puedo.

Pero es como si los párpados fueran de cristal. Y mis ojos se quedan fijos en la piedra, hipnotizados.

05.09.1992 - 05.09.2021

—Lo siento. —Las palabras apenas son un gemido. Hundo las manos en la tierra empapada. Siento su frío que se me mete en los huesos y me llega el olor metálico de la sangre pegada a ella.

«Mira, cobarde. Mira lo que has hecho», se burla el coro.

Abro los ojos.

Hay otro nombre: «Elina».

Enseguida entiendo que también es culpa mía.

Todos mis músculos se tensan.

—¡No! —grito con todas mis fuerzas.

De pronto, la oscuridad me envuelve. La lluvia ha cesado, pero la frente sigue húmeda.

Me llevo la mano a esa humedad.

No es sangre. Es sudor.

¿Y lo que me rodea?

No es un cementerio. Es mi cama.

Jadeando, me incorporo de un golpe.

—Una pesadilla. Solo fue una pesadilla —me repito una y otra vez, pero el recuerdo de las imágenes espantosas que la noche dibujó en mi mente no se desvanece.

Han pasado más de ocho meses desde el entierro de Julian, el otoño pasado. Ni una sola vez he soñado con él.

¿Por qué ahora, de repente?

Enciendo la luz de la mesilla para tranquilizarme, y entonces lo recuerdo.

Elina.

Su nombre también estaba en la lápida, y sé exactamente lo que mi subconsciente intenta decirme.

Ella volverá a Viena para perseguir su sueño.

En mi mente la veo. Su sonrisa luminosa, sus ojos radiantes. La forma en que me mira y la fuerza con la que lucha por mí. Siento el hogar que encuentro en su presencia y mi propia incapacidad para resistirme a él cada vez que estoy con ella.

Desesperado, me paso las manos por el pelo. Porque hay algo que tengo muy claro: aunque en realidad ya no tenga derecho a volver a ser feliz, hay un anhelo en mí que no puedo ignorar.

Tampoco puedo perderla a ella.

¿Pero no la voy a perder de todas formas, sobre todo cuando se entere de la verdad sobre Julian?

No. No puede pasar. El pasado descansa dentro de mí y dentro de todos los que lo conocen.

Desde hace meses nadie habla de ello, ni siquiera yo. No tiene sentido volver sobre lo que ocurrió. No serviría de nada. Ni siquiera para Elina.

Hanna dice que soy más fuerte que los fantasmas de mi pasado. Tiene razón. Lo que sucedió debe seguir encerrado porque nadie conoce toda la verdad. Ni siquiera yo.

A pesar del cansancio, me arranco de la cama y me arrastro hasta el baño. Después reúno todo lo necesario para el desayuno, para el encuentro que tengo hoy con Elina, y lo meto en el coche.

Una hora antes de lo acordado, me planto frente a la casita de Elina y llamo con suavidad. Ojalá ya esté despierta. Las asas de la bolsa de tela presionan contra la cicatriz de mi hombro. El simple hecho de saber que en seguida voy a ver a Elina acelera mi respiración.

Como no se oye ningún movimiento dentro de la casita, vuelvo a llamar.

—Voooy —oigo de pronto que gruñe alguien, seguido de unos pasos arrastrados.

La llave gira ruidosamente en la cerradura y, un instante después, aparece ante mí una Elina adorablemente despeinada.

Su pelo rubio está revuelto y bosteza con los ojos a medio abrir.

En la mano sostiene una taza humeante de café.

—¿Qué pasa? —murmura, todavía parcialmente dormida.

—¿Alguien ha pedido desayuno? —doy golpecitos de forma teatral en la bolsa que llevo bajo el brazo e intento descifrar algo en su expresión. Algo que me dé una pista de lo que en realidad siente por mí.

Con esfuerzo, por fin levanta los párpados. Como si acabara de darse cuenta de quién tiene delante, se cubre la cara a toda prisa con las manos.

—¡Noah! —Da un paso hacia mí y me besa en la mejilla. Cuando se gira, alcanzo a ver fugazmente su expresión insegura antes de que desaparezca dentro de la casa—. Me arreglo en un segundo.

¿Por qué? Está deslumbrante sin una gota de maquillaje. Muchísimo más que con todo ese maquillaje en la cara, para ser sincero.

—Para mí siempre estás hermosa —le digo mientras se aleja.

Se detiene en seco y se gira poco a poco hacia mí. Su mirada incrédula se cruza con la mía y, entonces, su expresión se suaviza.

—Eres único —dice con un tono que me recorre la espalda entera.

Está enamorada de mí. Sin la menor duda.

Pero ¿es suficiente?

En un instante estoy a su lado y la atraigo hacia mis brazos.

—Te he echado de menos—acierto a decir antes de que nuestros labios se encuentren. Se acurruca contra mí como un gato y me invade una sensación de calor y de seguridad que querría sentir a cada segundo.

—Y yo a ti, todavía más —susurra entre beso y beso. Me acaricia la espalda con suavidad. Dejo caer la bolsa al suelo y me pierdo con ella en el mar de emociones que me desbordan por dentro.

Tan cálida. Tan hermosa.

De pronto, oigo cómo le ruge el estómago con estrépito. Me echo a reír y la suelto.

—Ahora, a desayunar —digo, dirigiéndome con la bolsa hacia la pequeña cocina.

Saco las cremas caseras y el pan, junto con los huevos duros y el queso. También hay mermelada, uvas y unas cuantas fresas que acabo de llevarme del jardín de Hanna.

—¿Todo esto es para mí? —pregunta Elina, pegándose a mi costado.

Coloco una servilleta en la cesta de mimbre y la lleno de pan.

—Y esto también.

Apenas han salido las palabras de mi boca cuando me besa con entusiasmo. Cuando nos separamos, alza las cejas con intención.

—Mmmm, eso me gusta —bromea, pasándose la lengua por el labio inferior.

De pronto me mira sobresaltada, como si algo acabara de ocurrírsele, algo que por un instante había olvidado.

Aparta la vista con rapidez y abre el cajón de los cubiertos.

¿También estaba pensando en que ya está a punto de dejarme?

Trago saliva y agarro los tarros de crema para untar.

Camino hacia la pequeña mesa del comedor en el rincón del salón y hago todo lo posible por distraerme.

—¿Ya han llegado los resultados del estudio del sueño? —pregunto, intentando desviar la atención.

—Sí —responde con un matiz de remordimiento.

Me giro hacia ella y veo sus hombros vencidos mientras alarga la mano hacia la bandeja de queso.

—¿Y? ¿Has encontrado algo? —pregunto, sabiendo hasta qué punto la atrapa este tema.

Deja la bandeja sobre la mesa con estrépito.

—Nada —su mirada suplicante se cruza con la mía—. Salvo una fase REM ausente al quedarte dormido, que quizá simplemente pasé por alto. No hay anomalías significativas. Nada de nada. Revisé los valores varias veces.

Así que al final es cáncer.

Me quedo clavado en el sitio.

—¿Y ahora?

Da un paso hacia mí con su expresión de médica decidida.

—Estoy dándole vueltas a algo. No te preocupes, vamos a averiguar qué te pasa. Te lo prometo.

A regañadientes, asiento.

—Si alguien puede conseguirlo, eres tú.

Aunque antes se comportó de forma extraña, me rodea con los brazos con todo su cariño.

—Nada está perdido mientras no renunciemos a ello —dice. Habla con tanta seguridad que, de pronto, yo también la siento.

Con suavidad, correspondo a su abrazo.

—¿Qué haría yo sin ti? —pregunto. Al instante siguiente noto una punzada dolorosa en el pecho.

—Lo mismo que yo sin ti.

Me estrecha con fuerza, y solo eso basta para encender en mí la esperanza de que al final aún pueda salir todo bien. Pero ¿podría quedarse aquí conmigo y renunciar a su mayor sueño? ¿Y cómo podría yo vivir con la culpa de haberle arrebatado eso?

No debería hacer esto. No debería estar aquí, abrazándola, sabiendo que tengo que dejarla ir. Y, sin embargo, aquí estoy. Y la sujeto con fuerza. Porque sencillamente no sé qué otra cosa podría hacer.